Omar García Sandoval

Somos demasiado terrenales,
y si aceptamos el agotamiento,
no acordamos que se
frustre la labor.
Ramón López Velarde

Tenue, como el vapor que se pega a los cristales y va empañando de a lento hasta impedir cualquier contacto visual con el exterior. Vapor de aliento. Así es hacer hablar a un muerto. Sostener su suspiro, tibio y eterno, en un carrusel frío y macabro, que gira por siempre en la duda y el remordimiento. Tiranía contra los suspiros de los vivos, que en su afán de retorcer sus existencias míseras y cadavéricas, se agolpan y encaraman contra el tirano para saber de su experiencia de muerte.
¡Vaya tarea la de Gonzalo Valdés Medellín! Su Xavier Villaurrutia / La estatua asesinada, es proclive a descobijar las penas de las almas erizadas por la añoranza del amor inacabado. Es notable cómo el dramaturgo propone un momento que pudiese haber sido el último del poeta, para explayar en la voz del mismo, lo que aquél opina; ocupando con grácil cadencia los poemas que Xavier hubo escrito.
De trama sencilla y comprometedora, el dramaturgo ofrece una sazón reflexiva, tomando como ficción el momento de la muerte, en este caso, la de Xavier Villaurrutia. Y la pregunta que se desprende es: ¿Qué sabré que he sido en el exilio de mi vida? Una cuestión ética con profundas motivaciones personales. Y justo es este punto el que me intriga con suficiente fascinación como para atreverme a especular la respuesta del escritor. Dicha respuesta se halla subterránea, inevitable, en su puesta en escena de este mismo texto. Así es, Gonzalo Valdés Medellín es a la vez que autor, director de su obra. Y plasma en el escenario su visión erótica del amor, “una envidia verde y muda, una sutil y lúcida avaricia”; visión que comparte con el poeta muerto. Escénicamente es observable la multitud de sombras bohemias que esparcen su tenue aliento tibio y eterno, para sucumbir ante la vida, ante esa vida cruel que menoscabó su entereza humana, que vilipendió su fortuna maldita, que despreció su aroma rancio y escondido. Qué prístino epitafio deja caer sobre las cabezas de los vivos el dramaturgo: Aquí yace un muerto de amor, por el Amor muerto. O, como lo diría Federico García Lorca, “tómame la mano, Amor,/ que vengo muy mal herido,/ herido de amor huido,/ herido,/ muerto de amor”.
Me parece que el respeto por el amor de los muertos es una cosa repugnante; Valdés Medellín se atreve a escudriñar irrespetuoso la lujuria del muerto, para terminar de sepultar su suspiro. Cuánto goce. Y esto es al mismo tiempo un duro golpe político. Notable juicio hace el dramaturgo a los jueces; cuando el autor habla del poeta muerto, inevitablemente acusa de las maledicencias y perjurios cometidos. Que se siguen cometiendo. Acusa a los traidores, a los hipócritas, a los blasfemos. A esos, que en la agonía de la vida sólo saben mentir para salvar sus fundamentos hostiles y abominables, sostenidos únicamente por el terror de vivir. Y es que, gozar frente a la política, es escupir el oro del palacio.
La acción dramática estriba en el pensamiento de Xavier Villaurrutia, el personaje; se despliega en las metáforas de la Vida, la Muerte y el Amor. El discurso dramático es colocado en las vivencias del personaje principal y la experiencia del amor. El diálogo se entreteje descubriendo al mismo tiempo las complejas relaciones del amor entre hombres: reflexiones demasiado íntimas, demasiado seductoras, demasiado viles (y viriles). Así, Valdés Medellín resuelve la escena con un sillón, qué más necesario para un discurso reflexivo. Nada más. La limpieza escénica deja mirar el trabajo de los actores. Permite escuchar la voz de la poesía. Porque, no está de más decir que, el director, obedece el dulce arte de la oratoria, e impele a los ejecutantes a la pulcritud de la voz hablada. Poesía hecha sonido. Y es este último punto el que reclama el dramaturgo como su oficio. Escribir, qué más, sino eso y nada más. Queda claro que es la escritura el triunfo del poeta, del dramaturgo, del director.
Aunque, claro, a mí me queda la picazón por saber, qué tácita e irrevocable respuesta da el mismo autor a su propuesta: ¿Qué sabré que he sido en el exilio de mi vida? Respuesta, a saber, sólo por él. Porque, a fin de cuentas, es el individuo, solo, el que responde en su último estertor, a su propia vida.
“Complementariamente, nos aterra el fantasma de la vida en la abolición del ser,/ cuando se arrastra un esqueleto valetudinario, un pensamiento inhibido/ y un corazón en desuso”, había escrito ya Ramón López Velarde.
La segunda temporada de Xavier Villaurrutia/La estatua asesinada, drama poético escrito y dirigido por Gonzalo Valdés Medellín, se llevará a cabo en el Teatro Benito Juárez de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal, a partir del 13 de noviembre, todos los miércoles y jueves, a las 20:00 horas, con el siguiente reparto: Ginés Cruz, Axel Arenas, Juan Carlos Sáenz, Eduardo Vangel, Xavier Nogueira, Gabriel Hernán y Alfonso Jusa. Música original y ejecución en vivo de Jesús Balderramos y Alberto Mendoza Bernabé. Coreo­gra­fía: Eduardo Vangel. Asis­tente de dirección: Axel Arenas. Escenografía, iluminación, vestuario y producción general: Erick Tapia Macías.

Omar García Sandoval eslicenciado en Teatro por la UNAM en 2003. Bailarín clásico por el INBA en 2002. Maestro en Investigación y Psicoterapia Gestalt por el Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt en 2011. Actor y bailarín en activo. Actualmente imparte la cátedra Especificidad del lenguaje teatral en Educación Continua de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.