Ricardo Muñoz Munguía

Armando Fuentes Aguirre Catón (Saltillo, Coahuila, 1938), escritor y periodista, es el cronista oficial de la ciudad de Saltillo. El humor que lo caracteriza lo lleva a todo terreno. Nos recibe en su domicilio de su ciudad natal para abordar, entre otros temas, sobre el poeta saltillense Manuel Acuña y su suicidio por Rosario de la Peña y Llerena, quien tuvo su gran amor en Manuel, pero no Acuña, sino en M. Flores.

—¿Qué tanto cree que se ha ahondado en torno a la vida de Manuel Acuña?
—Hay mucho material. Existe una biografía muy completa sobre Acuña que hizo José López Portillo y Rojas, el abuelo del ex presidente de México. Y si profundizamos en todas las páginas que escribió su amigo de Manuel Acuña, el poeta Juan de Dios Peza, sería más que suficiente. La vida de Manuel Acuña fue tan breve y su muerte tan impactante que muchos se ocuparon de él, ya sea en su tiempo o después. Existen muchas obras de teatro sobre Acuña, alguna por lo menos muy buena. Existe bastante material bibliográfico de él, principalmente de sus coetáneos y en especial de Juan de Dios Peza, su amigo más cercano, y quien recibió una especie de testamento, que fue el “Nocturno a Rosario” y, además, fue la última persona que lo vio con vida.
—¿Nos puede hablar de Acuña: el mito o la mentira?
—Se ha dicho que no se suicidó y muchas cosas más pero no es así. La misma Rosario trató de exculparse a sí misma diciendo que Acuña se había suicidado por trastornos mentales, derivados del consumo excesivo de café. Eso es una de las tantas tonterías que existen.
—Rosario no se fijó ni mínimamente en Acuña…
—Acuña es de Saltillo y se va a estudiar Medicina a la Ciudad de México, donde conoce a Rosario, ella originaria del Distrito Federal y de una extraordinaria belleza. Por eso pienso que varios intelectuales y artistas estaban enamorados de ella, como el caso de Acuña, quien era de una extraordinaria fealdad y, sobre todo, más culpa todavía, muy pobre. Hay un dicho que dice “más pobre que un ratón”, pues así Acuña. Y con Rosario de la Peña y Llerena, que era el nombre de la musa, se codeaban los intelectuales de su tiempo: Ignacio Ramírez, José Martí, Ignacio Manuel Altamirano… hasta que ella cae en brazos de otro poeta: el poblano Manuel M. Flores, que él sí era extraordinariamente bien parecido; autor de un libro sumamente interesante y muy curioso, se titula Rosas caídas. En éste narra la historia de todas las mujeres que él sedujo, por eso se llama así el libro; yo me tomé el trabajo para subrayar cada una de las mujeres, y conté 36 de ellas. Este poeta seducía a la señora de la casa y a la sirvienta de la casa, o sea, como dice Don Juan Tenorio, “desde una princesa real hasta la hija de un pescador ha recorrido mi amor toda la escala social”, y lo mismo era con el poeta Manuel M. Flores. No sé si has escuchado una canción muy popular que dice: “como en la sacra soledad del templo sin ver a Dios se siente eso”, pues la letra es precisamente de Manuel M. Flores. Rosario había oído hablar de él y Manuel M. Flores también había oído sobre ella, una especie de comunicación sin hablarse y a la distancia, suficiente razón para M. Flores, quien llega a la Ciudad de México especialmente a conocerla: toca a la puerta de la casa y aparece ella, quien sin haberlo visto nunca le dice: “Manuel…” y él menciona: “Rosario…”, también sin haberla visto jamás. Se enamoran, por supuesto. Él fue el gran amor de Rosario: Manuel M. Flores, el poeta. Rosario sufrió mucho por él porque el poeta había contraído Sífilis y perdió la vista…, pero a pesar de todo eso, ella estuvo con él hasta su muerte.
—¿Se casaron?
—No. Sólo vivieron juntos, era lo más seguro porque Rosario era una mujer muy liberal.
—¿Qué actitud tiene Rosario cuando le avisan del suicidio de Manuel Acuña?
—Lo toma con cierta displicencia. Ya le había dicho ella a Acuña que nunca podría amarlo, y le ofrecía su amistad, etcétera, etcétera… Ella tenía tantos adoradores, incluso algunos habían muerto en duelo por ella, por eso no le trajo mucho su atención la muerte de Manuel Acuña, quien era muy apreciado por sus compañeros de la Facultad de Medicina, además muy reconocido ya como poeta, pues su nombre ya sonaba, incluso, fuera de México a pesar de que estaba en la más extremada juventud, tenía 24 años de edad. Entonces la opinión pública empieza a culparla del suicidio. Ella vivió una larga vida, más de ochenta años, y toda su vida cargó con el estigma de haber sido la causante del suicidio de Acuña por haberlo desdeñado pero no se le puede culpar de modo alguno. Ella era extraordinariamente hermosa, de familia muy acomodada y Acuña feo y pobre, entonces no se puede culpar a esa mujer de no haber correspondido a ese amor, un amor verdaderamente imposible para Manuel Acuña, además se sabía que Manuel Acuña tenía un hijo natural.
—¿Con quién tuvo ese hijo?
—Lo tuvo con su lavandera, con una mujer que la llamaban Chole. Y el hecho de ser padre de hijo bastardo, y más habido en una mujer del pueblo, una criada, pues eso pesaba mucho sobre su prestigio personal, algo con lo que no podía Acuña.
—¿Acuña reconoció a su hijo?
—No. Fue hijo natural. Entonces esa era otra razón para que Rosario lo despreciara. De ese único hijo de Acuña nunca se volvió a saber nada.
—¿Después del suicidio de Acuña, qué tanto se ocupan de su vida y obra?
—De entrada, su sepelio fue uno de los más concurridos que se hayan visto entonces en la Ciudad de México. Hay una crónica muy completa de lo que pasó ese día. El sepelio terminó a las sombras de la noche, se dijeron diecisiete discursos, se recitaron poemas, hablaron personalidades, entre ellos el presidente de sus compañeros, lo que sería ahora el secretario de Educación. Fue una cosa en grande y de inmediato empieza a surgir una especie de leyenda. López Portillo y Rojas hace una biografía muy bien escrita y bien documentada que ya te comenté. Con todo eso llega a alcanzar la inmortalidad para que el pueblo aprenda de memoria sus versos, mucha gente sin saber de quién son. De hecho hay una canción con la letra del “Nocturno a Rosario”.
—¿Hay algún suceso relevante que nos comparta?
—Hay uno que me tocó vivir a mí en el año 1949. Tenía yo once años de edad. Acompañé a mi madre al Cine Palacio —que aún funciona— aquí, en Saltillo (Coahuila), a la gran ceremonia de la celebración del centenario de Manuel Acuña. Era gobernador Raúl López Sánchez —que luego de la gubernatura de Coahuila, fue secretario de Marina—, un hombre espléndido en lo que representaba gastar el dinero. Él era muy amigo del presidente Miguel Alemán, por cierto, decía una caricatura en la que él aparecía vestido de marinerito y atrás el retrato de Alemán: “Yo no soy marinero, por ti seré”. López Sánchez era un hombre culto, muy educado, y entonces hizo una gran ceremonia, una gran velada; contrataron a Manuel Bernal, el llamado Declamador de América, con el exclusivo propósito de que recitara el “Nocturno a Rosario”. Aparece en escena Manuel Bernal, se hace un silencio absoluto, y empieza: “Pues bien, yo necesito decirte que te adoro,/ decirte que te quiero con todo el corazón…”, y entonces se le olvidó el poema. Ya no pudo pasar de ahí, se le puso la mente en blanco. La gente angustiada. Todo mundo sabía lo que seguía. Me acuerdo que mi mamá intentaba soplarle lo que seguía, a pesar de que ella y yo estábamos sentados en la sexta o séptima fila. Nadie se había ido. Después de un largo silencio, dice Bernal: “respetable público, les pido una disculpa. La fatiga del viaje por tren me ha borrado de la memoria los hermosos versos de amor de Manuel Acuña”. Y sale del escenario. Algunos aplaudieron por cortesía. Imagínate, se le olvidaron los versos de Manuel Acuña en su gran festejo del Centenario.
—Y de la familia de Manuel Acuña…
—Aún existen familiares de Manuel Acuña. Y otro dato curioso es que mi bisabuelo era primo segundo de Manuel Acuña, se apellidaba Fuentes Narro y el poeta era Manuel Acuña Narro.