A Patricia Teja, por lo que ella tuvo
que ver en la elaboración de este libro
Claudio R. Delgado
El Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) con motivo de la celebración de los 200 años del natalicio del italiano Giuseppe Verdi (que se están cumpliendo este 2013), ha tenido el acierto de editar en versión facsimilar por vez primera, el delicioso libro de Rafael Solana (Puerto de Veracruz 1915-ciudad de México 1992), titulado: Oyendo a Verdi.
Este ensayo, publicado por Don Rafael el 12 de diciembre de 1962 fuera de comercio y como regalo a sus amigos con motivo de la Natividad y Año Nuevo de ese año, con un tiraje de tan sólo 500 ejemplares, hoy vuelve a ver la luz después de 51 años de haber aparecido entre un corto número de lectores. Con esta nueva edición, el INBA lo pone ahora a la disponibilidad del gran público, como homenaje al autor de Rigoletto y como un reconocimiento al trabajo y al saber de Solana sobre la obra y la vida del “maestro de Busseto”.
El escritor veracruzano durante algunos años tuvo la costumbre de felicitar a sus parientes y amigos, por las fiestas de fin de año, no con una simple tarjeta, como decía él, sino con “algún pequeño libro, que de esta manera circulaba dentro de un grupo íntimo”.
En algunas ocasiones ese “librito” pasaba a formar parte de otro que era destinado al público general. Así sucedió con algunos de sus cuentos, los cuales más tarde pasaban a formar parte de un libro.
Don Rafael reunió en 1969 tres de esos “libritos” dedicados a un muy corto número de lectores, en una edición que el Fondo de Cultura Económica edito bajo el título de: Musas Latinas y que iba dirigido al grueso del público. En él se contienen tres ensayos en los que Solana se regocija y entretiene (literalmente) haciendo alarde de su conocimiento sobre la vida y obra del francés Pierre Loti, del lisboeta Eça de Queiroz (padre de la literatura moderna de Portugal) y por supuesto del italiano Giuseppe Verdi.
Aquí me voy a permitir abrir un paréntesis amigo lector, para recordar que en el año de 2002 y con motivo de la polémica desatada por la censura que el mismo clero ejerció en torno a la mala película de Carlos Carrera: El crimen del Padre Amaro, que estelarizaran los entonces aun jóvenes, Ana Claudia Talancóny Gael García Bernal, con guion de Vicente Leñero, y que no es otra cosa más que la adaptación de la novela de Queiroz del mismo nombre (aunque mal llevada al cine y que la dicha censura catapultara al éxito), tuve la oportunidad (por mi trabajo periodístico) de conocer y hacer una excelente amistad con el entonces Embajador de Portugal en México, el señor Antonio Antas de Campos, actualmente retirado ya del servicio diplomático y un enamorado de nuestro país.
Lo anterior derivó en que yo irremediablemente hiciera cometarios sobre el libro que Don Rafael escribió en torno a Eça de Queiroz, debido al desconocimiento abrumador de lo que opinaban sobre el tema en ese momento y peor aún, por la enorme ignorancia de no pocos en torno a la novela del portugués, tema que inmediatamente interesó al entonces embajador y en una entrevista hecha en ese tiempo por Guadalupe Loaeza, el mismo Antas se refirió al trabajo y al análisis hecho por Solana, particularmente al capítulo que el veracruzano dedica precisamente al Crimen del Padre Amaro y a las coincidencias o parecido que esta novela “pudiera” tener con la novela de Emilio Zola titulada:La falta del abate Mouret.
Las conclusiones hechas por el señor De Campos, coincidían en que se trataba de un desconocimiento total y penoso de la obra de Queiroz, una mala adaptación cinematográfica y recomendaba se le echará un ojo al trabajo publicado por el maestro Solana en el capítulo V, en el que trataba el tema de El crimen del Padre Amaro. Cierro el paréntesis.
En cuanto al libro de Verdi, escrito por Don Rafael, resultó de los tres, el más solicitado. Fue requerido muy particularmente en España, y claro está, en Italia. En la prensa se hicieron repetidas reproducciones de algunos de sus capítulos.
Dice Solana de su Musas Latinas, modestamente, que: “no se trata de biografías, ni tampoco de estudios eruditos sobre los autores escogidos; son solamente cometarios, juicios personales, recopilaciones de datos acerca de esos escritores encontrados al azar en otros libros, y no tras de una búsqueda cuidadosa; no son estudios de valor académico, son mera constancia de simpatías; crítica impresionista, o subjetiva…”
Don Rafael siempre se sintió orgulloso de sus tres ensayos, ya que además señalaba que su “critica impresionista”, como llamaban algunos a este género despectivamente, era (¿o es?) “…sin embargo, el que cultivaron algunos maestros…”
Y la maestría prevalece amigo lector, ya que a pesar de la enorme modestia que distinguió al maestro Solana en su vida, es menester señalar honesta y contundentemente que en Oyendo a Verdi, ésta se deja sentir, vamos: se escucha y prevalece; está aderezada con un estilo claro y sencillo, acompañada (además) de una frescura que hace del libro un divertimento informativo a la hora de su lectura.
Hasta donde yo he investigado, no ha habido ni hay escritor alguno, o aficionado o experto en el tema operístico y particularmente en el estudio de la vida y obra del creador de “Otello”, que haya creado en nuestro país un libro como el que nos regaló Solana sobre Verdi.
Está tan bien escrito, tan bien documentado y los juicios que en él sobresalen son tan contundentes e incluso en algunos momentos tan deslumbrantes, que Oyendo a Verdi, fue celebrado y reconocido por los críticos más exigentes del músico en su país.
En está ocasión y a propósito de lo deslumbrante del libro de Solana, sólo me referiré a una parte del capítulo VIII, y citaré donde el autor hace las siguiente preguntas: “¿Corresponde Verdi, por su personalidad dentro del mundo de la música, por sus ideales estéticos, por su magnitud, por su estilo, a lo que en el terreno de las letras es Shakespeare? ¿Es Verdi el Shakespeare de la música, o fue Shakespeare el Verdi del teatro?
Y se responde Solana: Se nos antoja pensar que no. Verdi escribió la música para convertir en dramas liricos las obras de Shakespeare porque no lo había hecho el músico que habría debido hacerlo, a quien correspondía por derecho: Beethoven. La grandeza musical de Beethoven sí habría estado a la medida de la grandeza literaria de Shakespeare. Verdi no es el Shakespeare, sino… el Víctor Hugo de la música. Y, curiosamente, Víctor Hugo nunca fue admirador de Verdi; al contrario, le tomó muy a mal que usara sus obras (“Hernani”, “El rey se divierte”) para hacer óperas”.
Y en otra parte del capítulo Solana enfatiza: (sic) “…crearon una obra torrencial y gran parte de la cual obtuvo una popularidad inmensa, y la conserva todavía; hay en los dos grandezas… diríamos físicas, obras monumentales, majestuosas, imponentes, más que finas y profundas, catedrales novelísticas y poemáticas en uno, como la de Nuestra Señora de París, y catedrales musicales, como esa montaña de mármol que es la de Milán en el otro; y a ratos alguna vulgaridad, demasiado énfasis, una pasión por demás ardiente y poco sentido de la medida en la administración de los efectos; poeta, novelista y músico que no temen usar el boombo y los platillos ni se arredran ante lo grandioso; sí, Verdi y Víctor Hugo se corresponden; a Shakespeare quien debería haberlo musicado es Beethoven; no Thomas, ni Mendelson, ni Nicolai, ni Gounod, ni Tchaikowski, ni siqueraBerlioz, que es el más chakespearino de todos los compositores.”
Y una vez encarrilado y metido en materia, Don Rafael se permite el siguiente juego de ideas: “…cabe pensar que a Goethe quien habría debido musicarlo (como hicieron Gounod, Thomas, Boit, Masseenet) habría sido Wagner, si no hubiera este máximo autor del mundo alemán padecido de la soberbia de querer ser creador no solamente de la música, sino también de la parte literaria de sus óperas. Mozart es perfecto para Beaumarchais y para Moliére, y lo habría sido también para Goldoni. Tchiaikowsky para Pushkin. ¿Y para Schiller? Pues para Schiller, Verdi también, como para Víctor Hugo, aunque menos exactamente, pues no tiene la obra literaria del poeta alemán aquel sentido de lo popular y del éxito de taquilla que la de Víctor Hugo sí tiene, sino se inviste de una cierta nobleza literaria, un poco levantada y pedante, que no se advierte en la música de Verdi; a Schiller, en realidad, a quien habría más exactamente correspondido musicarlo habría sido a Brahms, si Brahms hubiese mostrado la menor inclinación por el arte de la ópera”.
Solana llevo su afición más allá del mero ámbito periodístico, pues con la publicación de este libro, nos da muestra no sólo de su afición y de sus simpatías operísticas, sino que además se dio el lujo de asistir cada año a Nueva York a la temporada de ópera, además de que pudo presenciar durante una gran parte de su vida y durante los muchos años que viajo al viejo continente, lo mejor de este género musical en teatros de Europa como la Scala de Milán, lugar en el que contaba Don Rafael, tuvo la oportunidad de compartir durante la Segunda Guerra mundial con Mussolini la ópera, cuando junto con el maestro Pagés, se repartieron Europa para cubrir el conflicto bélico. Incluso también pudo presenciar lo mejor de este género en teatros de Sudamérica, principalmente en Argentina y Chile.También lo hizo en el Japón, aunque allí más exactamente su atención se enfocó al teatro.
Desde su más temprana edad, Solana asistió con sus hermanos, a las temporadas de ópera en lugares como el viejo teatro Iris, de la ciudad de México; más tarde siguió las temporadas del Arbeu, el Olimpia, el Regis, el Fábregas y otros teatros que la albergaron, y una vez la ópera ya establecida definitivamente en el Palacio de Bellas Artes, acompañaba a su padre (Rafael Solana Cinta, “Verduguillo”, cronista de toros y fundador de El Universal y en algún tiempo subdirector de ese diario) a las funciones de ópera que allí se daban.
Don Rafael era conocedor de muchas obras operísticas, apasionado de Mozart; fue reconocido incluso en nuestro país con la Medalla Mozart. Es decir, que estamos hablando de un libro hecho por un verdadero conocedor del arte operístico, de un apasionado al bel canto, de un verdadero conocedor, de un erudito de la ópera.
Enhorabuena a la Directora General del INBA, María Cristina García Cepeda y a su Subdirector, Sergio Ramírez Cárdenas, por el acertado rescate que han hecho de este trabajo tan importante y fundamental para México, dentro de la crítica y análisis de la obra de Verdi y de la ópera en general.
En una plática sostenida con Sergio Ramírez Cárdenas, nos decía a los familiares del maestro Solana y a mí que Oyendo a Verdiya se encontraba en tierras de Chile y Argentina, en manos de conocedores de temas operísticos y de Verdi. Me congratulo que se hayan preocupado nuestras autoridades del INBA por rescatar de las catacumbas del olvido uno de los libros emblemáticos de Rafael Solana dentro de su bibliografía, la cual aún aguarda para seguir siendo rescatada y revalorada el próximo 2014 y principalmente el año 2015, fecha en la que estará cumpliendo Solana cien años de haber venido al mundo y deberá de ser homenajeado por su centenario por nuestras autoridades federales y locales de Veracruz y de la ciudad de México, encargadas de administrar la política cultural de nuestro país y de esas dos regiones de nuestro suelo.
Ojalá los jóvenes críticos y músicos expertos en temas operísticos y en la obra de Verdi, se interesen por leer este libro de Solana y homenajear con ello al gran músico y maestro de Busseto.
