BALLESTA
Hay que celebrar
Mireille Roccatti
Los fastos del último mes del año han comenzado. La ciudad ha comenzado a pintarse del rojo inigualable de la bella flor mexicana de Nochebuena. Los camellones de las avenidas, los mercados, la oficinas, las casas se observan ya salpicadas de flores de Nochebuena que provocan en el ánimo y en el espíritu la alegría de la inminente Navidad y el Año Nuevo. Esta bella flor de origen mexicano que botánicamente fuese registrada por el diplomático norteamericano Joel R. Poinsett —durante su estancia en nuestro país en la coyuntura histórica de la independencia de México y que fuera llevada por éste a su natal Carolina— recibe por ello botánicamente el nombre de Poinsetia. El cultivo de esta flor que es del orden de 20.5 millones de plantas y genera ganancias por 720 millones de pesos, además de generar alrededor de 15 mil empleos directos e indirectos, es una tradición que se ha extendido a muchos lugares del mundo.
El rojo característico de la Nochebuena viene acompañado de todos los tonos de rojos que tiñen las tradiciones de Santa Claus, que de alguna manera ha venido a desplazar la antigua tradición judeocristiana del niño Dios y los Reyes Magos; sin que ello implique que no continuemos viendo transitar por las calles a Melchor, Gaspar y Baltazar que buscan un ingreso manteniendo otra tradición mexicana, como retratar a los niños con los Reyes Magos. Conviene recordar que nuestro Santa Claus anglosajón trasminado del marketing norteamericano tiene orígenes mucho más antiguos de las culturas nórdicas y bálticas del Papá Noel y de San Nicolás. El caso es que en estos días se cotidianiza la presencia y la publicidad consumista alrededor de estas celebraciones.
Por otra parte, también testimoniamos el inicio de las peregrinaciones que de todos los lugares del país arriban a la Basílica de Guadalupe y que terminarán el día 12 de diciembre por abarrotar ese muy importante santuario del catolicismo, del cual se dice que después de la Basílica de San Pedro es el más visitado del mundo. Esta antigua tradición mexicana encierra un sincretismo religioso entre la antigua deidad azteca de la Tonatzin y el culto mariano que trajeron los hispanos al conquistar el nuevo mundo; constituye sin duda la mayor celebración religiosa de México. Vale recordar el antiguo dicho popular de que hasta los comunistas mexicanos eran guadalupanos.
Las carreteras de entrada a la ciudad de México comienzan a congestionarse por las largas caravanas de los peregrinos provenientes del Estado de México, y el Bajío principalmente; comienzan a arribar rumbo al Santuario del Tepeyac para celebrar como cada año, en una mezcla también sincrética de paganismo y catolicidad a la Morenita del Tepeyac. Esta faceta del mexicano debe valorarse en sus características sociológicas porque indudablemente constituye una parte de la identidad nacional y de la forma de ser del mexicano.
En esta algarabía del fin de año y las celebraciones, las actividades de las oficinas del sector público y del privado comienzan a relajarse y a ser penetradas por un ánimo festivo de celebraciones, de buenos deseos, de felicitaciones; y por esas inexplicables razones del transcurrir del tiempo comienzan a realizarse evaluaciones de los logros o a acentuarse las frustraciones por lo no alcanzado, e incluso hay quienes se deprimen, que detestan o huyen de estas celebraciones y aun estadísticamente se produce un repunte en la tasa de incidencia de suicidio. Finalmente, el farragoso tránsito de las calles por lo inmenso de nuestra capital se acentúa y se vuelve más agobiante, aunque los enfrenones, claxonazos y demás incidentes inexplicablemente se nos vuelven más soportables, quizá porque la mayoría —influidos por un afán consumista— están poseídos de una fiebre por gastar y endeudarse, y así vemos totalmente abarrotados tiendas y restaurantes. En fin, es fin de año y hay que celebrar.
