Nelson Mandela
Bernardo González Solano
¿Desde qué óptica hay que ver la herencia política y moral —muy rara combinación, casi imposible— que legó Nelson Rohilhala Mandela (Mvezo, Cabo Oriental, Sudáfrica, 18 de julio de 1918-Johannesburgo, 5 de diciembre de 2013) a Sudáfrica, al continente negro y al mundo? Hay que hacerlo con unas lentes propias de la época moderna, como las que poseía este icono de la negritud —el último de África y del resto del planeta—, y que le permitieron ver que todos los problemas de su país provenían de la superstición y que ésta empantanaría su nación en una guerra civil infinita y que para evitarlo había que buscar soluciones racionales. “La igualdad ante la ley es racional y la democracia es racional. Si para conseguirlas era necesario el perdón, entonces también el perdón es racional, o, cuando menos, razonable”, como reflexiona el escritor vasco Jon Juaristi, en un artículo sobre la muerte del luchador surafricano. Mandela fue el apóstol del perdón.
De tal suerte, continúa Juaristi, exdirector del Instituto Cervantes: “A la hora de instar al perdón, Mandela recurrió a su propia ejemplaridad. Perdonó a quienes lo habían perseguido, torturado y encarcelado durante tres décadas. Su actitud personal fue decisiva para que la mayoría negra consintiera en renunciar a la venganza. Demostró una estricta coherencia con lo que preconizaba en sus escritos y discursos: la necesidad de liberarse de la superstición. En eso, sobre todo, consistió su ejemplaridad pública. Porque Mandela no había sido un pacifista, ni un predicador de la no violencia. Por el contrario, fue el líder y el ideólogo de una insurrección armada. No dudó en comenzar una guerra civil, pero, al contrario de todos los demás promotores de guerras civiles, supo terminarla con una auténtica reconciliación”.
Dispuesto a la clemencia
Si acaso hubo un secreto en el éxito público de Mandela, éste se encuentra en su disposición al perdón. Aunque jamas presumió de santo, ni mucho menos, Mandela “nunca identificó el perdón con el olvido”. Aunque como cualquier ser humano se equivocó muchas veces y erró una y otra vez, sobre todo al solapar las corruptelas y los crímenes de su mujer, Winnie, de la que no se separó hasta 1994, poco antes de entrar en la liza presidencial. Si de algo estuvo seguro, fue de que sólo la disposición al perdón permitiría una paz compatible con la democracia. Esto, que parece tan sencillo —poner la otra mejilla y perdonar al ofensor— fue “una de las pocas muestras de verdadera genialidad política en el terrible siglo XX”.
Esa sencillez que resalta su grandeza es lo que hace que desde el día que falleció —después de una larguísima agonía innecesaria— la sociedad sudafricana viva una fiesta cívica que no parece velorio ni exequias en la que los políticos habituales no pintan nada, aunque no han faltado los que pretenden sacar raja de su muerte. Los 53 jefes de Estado o de gobierno que asistirían al funeral oficial en la ciudad del fútbol de Johannesburgo —entre los que se contaban el presidente Barack Obama, la presidenta Dilma Rousseff y el presidente Enrique Peña Nieto, entre muchos otros— lo hicieron, en su mayoría, porque personalmente no podían faltar a la despedida del personaje.
Cuenta John Carlin, uno de los periodistas biógrafos de Madiba, que una mujer blanca que acudió, como otros miles, a los alrededores de la casa donde vivió el luchador contra el apartheid, le hizo un interesante comentario: “¿Sabe por qué se respira un aire tan fresco y puro aquí? Porque no hay políticos de por medio”. “Era verdad”, acotó Carlin, autor del famoso libro Playing the Enemy, traducido al castellano como El factor humano, que inspiró la película Invictus en 2006. Aunque sí ha habido discursos pomposos como el del presidente Jacob Zuma, se tiene la impresión de que nadie en el pueblo sudafricano les hace caso. La grandeza del personaje fallecido supera a todos. Si se borra la clase política de la foto, ésta brilla más.
Un personaje “bueno”
Mandela fue un político. Uno de los más brillantes de la historia reciente. Prácticamente sometió a todo un pueblo —el más dividido de África y de muchas otras partes del mundo— a su voluntad; enemigos y partidarios. Blancos y negros. Y no sólo porque era un personaje bueno, sino porque era el mejor en el arte de la persuasión: de propios y extraños. Sobre todo con estos últimos. Así lo demuestran sus encuentros secretos con los gobernantes del gobierno del apartheid (separación) cuando aún estaba en la cárcel, condenado por ellos mismos. No sé quién lo admiraba y lo admira más: si los blancos o los negros.
El problema salta con los gobernantes que han seguido a Mandela desde que terminó su único periodo presidencial (1994-1999). Esta decisión, de no buscar de ninguna forma la reelección —aunque se la exigían de todos lados—, es, para mí, lo más grandioso del exprisionero de la isla de Robben. Por voluntad propia, al finalizar su gobierno, dejó el poder y se fue a casa. Los que sucedieron en la presidencia a Madiba ni han sido buenos ni han sabido conquistar las mentes y los corazones de los sudafricanos. No obstante, la herencia política de Mandela a su pueblo es muy grande, aunque Sudáfrica sea un país donde la corrupción estatal crece y el abismo entre los pobres y los poseedores de la riqueza ha crecido a gran prisa. Obvio que nadie puede culpar a Mandela del fracaso de sus sucesores en el gobierno.
Aunque Mandela tuvo, como todo ser humano, sus altas y sus bajas, en el momento de hacer su balance personal fue claro y directo. El primer párrafo de El largo camino hacia la libertad, su famosa autobiografía publicada en castellano por la editorial Aguilar, de España, reza: “Además de la vida, una constitución fuerte y una vinculación con la casa real de Thembu, lo único que mi padre me dio al nacer fue un nombre: Rolihlahla. En xhosa, Rolihlahla quiere decir literalmente arrancar una rama de un árbol pero su significado coloquial se aproxima más a revoltoso. Yo no creo que los nombres predeterminen el destino, ni que mi padre adivinara de algún modo cuál iba a ser mi futuro, pero en años posteriores, tanto mis amigos como mis parientes llegaron a atribuir a ese nombre las muchas tempestades que he causado, y a las que he sobrevivido. Mi nombre inglés, o cristiano, más familiar, no me fue dado hasta mi primer día de colegio, pero me anticipo a los acontecimientos”.
El clan Madiba
Perteneciente al clan Madiba de la etnia xhosa, fue uno de los trece hijos que tuvo su padre, Gadla Henry Mphakanyiswa; a su vez, era bisnieto del rey Ngubengcuka; su madre era Nonqaphi Nosekeni Fanny, la tercera de las cuatro esposas de Gadla. Tras acabar los estudios de secundaria ingresó en el colegio universitario de Fort Hare. Abogado (se graduó en 1942 en la universidad de Watersrand) y político, se casó tres veces y tuvo seis hijos. Su matrimonio más controvertido, desde el inicio, fue el segundo, con la activista Winnie Madikizela, de la que se separó tras 38 años de matrimonio a causa de los escándalos políticos en que se vio involucrada. Cuando cumplió 80 años contrajo matrimonio con Graça Machel, viuda de Samora Machel, el mítico presidente de Mozambique.
Fue el primer presidente en la historia de Sudáfrica en ser elegido democráticamente mediante sufragio universal después de purgar 27 años de prisión en Robben Island con el número 466/64 (es decir, el preso 466 del año 1964), 18 en condiciones precarias, los últimos diez en otras cárceles del régimen del apartheid que combatió desde su militancia en el Congreso Nacional Africano (CNA).
En el tercer capítulo de su autobiografía, Mandela escribe: “No puedo precisar en qué momento se produjo mi politización, cuándo supe que dedicaría mi vida a luchar por la liberación. Ser negro en Sudáfrica supone estar politizado desde el momento de nacer, lo sepa uno o no… No experimenté ninguna iluminación, ninguna aparición, en ningún momento se me manifestó la verdad, pero la continua acumulación de pequeñas ofensas, las mil indignidades… despertaron mi ira y mi rebeldía, y el deseo de combatir el sistema que oprimía a mi pueblo”.
El 20 de abril de 1964 Mandela fue condenado a cadena perpetua. Ese día, ante el Tribunal Supremo de Pretoria pronunció su gran discurso de defensa que ha pasado a la historia y que así finaliza: “La del CNA es una auténtica lucha nacional… de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos y contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”.
Pese a todas las fallas y carencias de Sudáfrica, Mandela hizo realidad su sueño. Ahora toca a las nuevas generaciones mantener este ideal. Mandela no resucitará.
