Poco frecuentada es la literatura del siglo XIX y menos todavía la de Juan A. Mateos; sin embargo vale la pena. El cerro de las campanas, al que pertenece este brevísimo fragmento, narra la invasión de Napoleón el Pequeño, apodo que acuñó el mismo Víctor Hugo. Aquí se narra un baile recién llegado Maximiliano y se ridiculiza a los mexicanos serviles que tratan torpemente de imitar las costumbres y modas de los invasores e incluso llegan a ofrecerles a sus hijas. Los Fajardo, Modesto y Doña Canuta, pertenecen a este grupo y el alférez Poleón, rudo y sin educación, es uno de los obligados huéspedes en las casas más ricas. Modesto Fajardo pertenece al cuerpo diplomático.

—Vámonos, le dijo, estoy rendida.

—Esperaremos un momento, respondió la señora Fajardo, tengo dada esta contradanza a un caballero que me la ha pedido para un amigo.

La música anunció la contradanza.

El amigo a que se refería doña Canuta, se presentó seguido del alférez Poleón, que venía de punta en blanco, es decir, con su sable y sus acicates de Cazador de África.

—Le presento a usted al alférez Poleón.

—¿Es esta señora, dijo el cazador, la pareja que me tenéis destinada?

—La misma, respondió doña Canuta que se había propuesto bailar a todo trance.

—Bien, dijo Poleón, bailemos, y le presentó el brazo a la señora Fajardo, que se quedó al nivel del puño del sable.

Tomóla el alférez por la cintura, y levantándola por el aire, giró con ella como un desesperado.

—Me vengaré de esta bruja, decía en su interior el alférez.

Doña Canuta estaba medio muerta.

En uno de aquellos giros gimnásticos, atoróse el acicate del alférez en el traje y lo desgarró completamente.

—Ese hombre va a descuartizar a mi esposa, clamaba el diplomático.

¡Poleón seguía en el vértigo de su vals!

En una de las ascensiones aerostáticas que efectuaba doña Canuta en los brazos del militar, acertó a introducir la punta de su larga y prominente nariz en un ojo del alférez.

—¡Me ha chafado! [i], gritó Poleón, y plantó en medio de la sala a la infeliz señora, dejándola abandonada y atarantada como si hubiera caído de la luna.

Un aplauso salió de uno de los palcos terceros y resonaron dos ¡bravo!, que llamaron la atención de la concurrencia.

Enrique y Luis reían a carcajadas.

Clara y la infeliz hija de los Fajardo se cubrían con los abanicos.

—Vámonos, dijo don Modesto, he estado a punto de enviudar.



[i] me ha estropeado o echado a perder.