Carmen Galindo
Nos invitaron, hace muchos años, a mi hermana Magdalena y a mí a dar una conferencia en la Casa del Lago sobre el tema del feminismo acerca de un libro por escribir que nos había solicitado para su editorial Don Joaquín Diez-Canedo. Llegamos y, como a mucha gente sin experiencia le sucede, a los 20 minutos habíamos acabado con lo que teníamos que decir. Tal vez era mi segunda o tercera conferencia y la primera o segunda de mi hermana. El moderador invitó al público a que participara. De las filas de atrás se levantó una mano y dijo algo así como “a las compañeras Galindo les faltó decir” … y comenzó a comentar lo que, en su opinión habíamos omitido. Habló, y lo digo con reloj en mano, 40 minutos. El doble que nosotras. En efecto, no nos rebatió, sólo amplió el tema. Al terminar, tanta era nuestra ignorancia, preguntamos quién era la señora. Estábamos medio apenadas, medio agradecidas y completamente abrumadas. Era Raquel. Siempre ha sido así. No sentí que quisiera “lucirse”. Simplemente dejar claro el asunto, que lo pensáramos entre todos. Es una de las pocas personas que lleva a efecto, lo que solía proponer Alfonso Reyes: todo lo sabemos entre todos.
Raquel en la Facultad de Arquitectura
Había tanta gente en el auditorio que en el medio muro forrado de madera se habían trepado un montón de muchachos que no querían perderse la mesa redonda. Iban a hablar Mathías Goeritz, Manuel Felguérez, José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis, creo que Pepe de la Colina y varios más. El estrado era larguísimo y la expectación enorme. Cada uno que tomaba la palabra deslumbraba más que el anterior. El público aplaudía, se reía, gritaba. Al terminar la mesa, desde el público, pide la palabra Raquel y comienza a rebatir, a corregir a casi todos. La gente empieza a aplaudir lo que ella dice. Los ánimos (me refiero a los del público y los de Raquel porque los ponentes estaban mudos) se exaltan. De repente, el público comienza a pedir que suba Raquel al escenario. Los ponentes, unos con gusto y otros a disgusto, aceptan. Unos jóvenes toman la silla de Raquel y la ponen en el escenario y Raquel se convierte en la protagonista de una mesa redonda a la que no había sido convidada.
El otro homenaje en la Sala Ponce
La semana pasada Armando Ponce, Teresa del Conde y Renato González Mello participaron en la Sala Ponce en el homenaje a Raquel por sus 90 años. En otro homenaje, también en la Sala Ponce, intenté un retrato de Raquel. No recuerdo si cumplía sesenta o setenta años, pero el crítico de arte Armando Torres-Michúa me proporcionó todos los datos para que yo pudiera rendir un homenaje a Raquel con conocimiento de causa. Como ese texto lo perdí dos días después, junto con mi coche, no puedo recuperar datos, como la fecha en que se nacionalizó mexicana, su llegada a México invitada por Diego Rivera. Pero, claro, recuerdo otros detalles más personales. A Cuevas diciendo que Raquel era muy guapa y tenía un cuerpazo. A Raquel haciéndonos reír en casa de Armando luego del homenaje. A Raquel conversando en la embajada de Holanda, un día que premiaron a Carlos Monsiváis. Ahí estaba Raquel platicando con los holandeses y cuando, sorprendida, le pregunté si hablaba holandés, me dijo no, yo estoy hablado yidish y ellos me entienden y yo a ellos. Es, me explicó como cuando usted va a Italia y conversa, usted en español y ellos en italiano y se entienden.
Raquel y Siqueiros
Recuerdo ¿y quién no? la anécdota (para la historia) de Raquel abofeteando a Siqueiros. Ella misma, alguna vez, contó el suceso. En su relato, Raquel siempre resume diciendo que fue por culpa de unas expresiones xenofóbicas del artista, pero si no me falla la memoria, lo que Siqueiros le dijo a Raquel fue: “extranjera perniciosa” a lo que la Sra. Tibol contestó con una bofetada. Según dice la propia Raquel, la fotografía que perpetúa el suceso ocurrió unos segundos después, en que Raquel repitió el gesto, pero ya no en el rostro del pintor. Uno de los textos más sorprendentes de Raquel y que incluso comenté hace unas semanas en este mismo suplemento, a propósito de la exposición de Diego y Frida en París, es que ella asegura que el atentado a Trotsky perpetrado por Siqueiros fue en la camioneta de Diego Rivera.
En un texto, la argentina Martha Traba, especialista en arte, criticaba un cuadro de Diego Rivera, con el argumento, bastante absurdo, de que el artista pegaba un boleto del Metro de París, cuando el collage ya estaba pasado de moda. Raquel le recomendaba que cuando escribiera sobre un cuadro se tomara la molestia de ir a verlo (en persona o de bulto añado yo), porque resulta que Rivera había allí pintado, no pegado, el boleto del Metro.
En la legendaria revista Política, de Manuel Marcué Pardiñas, colaboraban de tiempo completo Raquel y Boris Rosen que, creo, era el jefe de redacción. Aquí como en todos lados donde escribe Raquel, hay en sus textos un profundo conocimiento y una arrebata pasión.
Raquel en tres coloquios
Dos o tres veces he tenido la oportunidad de compartir unos días con Raquel, porque ambas fuimos invitadas a un encuentro cultural. Voy a contar unas anécdotas que me encantan. Estábamos desayunando y una de las escritoras, famosa por su libro en que los protagonistas hacen el amor a lo ancho y largo de la república mexicana, contó que había conocido a su marido en un congreso y que había pasado una vergüenza horrible, porque su compañera de cuarto le había pasado un papel, que todos leyeron antes de llegarle a ella, en el que decía: “¿por qué no viniste anoche al cuarto? ¿dónde te quedaste?” Todas, había sólo mujeres, nos reímos. Raquel, que estaba junto a mi, susurró casi consternada: “Y yo que siempre pensé que los congresos eran para presentar ponencias”.
En otra ocasión, Mariano Flores Castro le reclamó a una ponente que su texto estaba mal informado y mal escrito. La aludida, desde la mesa, le contestó: “Lo que pasa es que anoche quisiste meterte a mi cuarto y no te dejé”. Mariano se declaró culpable, pero aclaró “quería ver a tu compañera de cuarto, no a ti”. Todo mundo se quedó estupefacto. Raquel, no. Levantó la mano y dijo: “Como yo no traté de meterme al cuarto de (y aquí el nombre de la autora del texto), puedo decir que la que acabamos de oír es una ponencia primitiva, indigna de este coloquio y de la universidad en la que estamos”. (Estábamos en la de Morelia).
En otro coloquio llegó la noticia de la muerte de Gabriel Fernández Ledesma y Raquel dijo, llorando, unas palabras sobre él.
Raquel como compiladora
Fui a escucharla, en una ocasión, a un lugar en Chapultepec. Fue cuando presentó un libro con cartas de Frida Kahlo en que se revelaban varios de los amores de la pintora. Otro libro de Raquel sobre Frida (medio escalofriante) es uno en que recopiló los partes médicos sobre la pintora. (También Raquel criticó al guionista que en la película de Ofelia Medina sienta a Frida en una silla de ruedas a partir del accidente del tranvía, cuando, alegaba Raquel, “todo mundo sabe” que estaba sólo por temporadas en la silla de ruedas. Raquel ha recopilado, y a mi hermana Magdalena le ha tocado en suerte presentarlos, dos libros de Raquel. En el que recupera los textos del revolucionario cubano Julio Antonio Mella (sí, el de Tina Modotti) para la revista El machete y ese volumen, de una importancia inconmensurable, que reúne escritos de Diego Rivera sobre arte y política.
Raquel y Boris
Claro que recuerdo a Raquel con Boris Rosen, su marido, cuando la querida Martha Tamayo ofreció una taquiza de El Portón con motivo de la recopilación que hizo Boris de la obra de Francisco Zarco y que mi hermana Magdalena prologó. Boris merece capítulo aparte, recopiló, además de las de Zarco, obras de Juárez y de su yerno Pedro Obregón Santacilia. Pero sobre todo recuperó la obra del más radical de los liberales: Ignacio Ramírez, el Nigromante. Eso hizo Boris y sigue haciendo Raquel por México, es decir, por todos nosotros. Felicidades por esos 90 años Raquel.
