Pável Granados

Encuentro en Jaime Torres Bodet una descomposición del mundo en partes en conflicto. Los pasos se adelantan, dejando atrás al hombre que los sigue. El tiempo y el reloj no son lo mismo. Los atributos se esfuman del objeto al que ciñen. De ahí que el hombre persiga a su prisa. En el mundo poético de Torres Bodet, apresar al hombre es perseguirlo entre sus propios elementos dispersos. Como lectores, no estamos en mejores condiciones, ya que él también se persigue y no se encuentra. Como un vaso que se estrella y cuyos fragmentos caen en todas direcciones, el poema en la época de este poeta, se cae, se fragmenta y en el momento de enunciar, se descubre que la misma voz se ha quebrado. La misma palabra “yo” se ha descompuesto en partes desiguales, ya que generalmente la palabra sujeta fuertemente una serie de componentes que, de otra manera, volarían libres. La palabra aprieta con fuerza un hato de contenidos. Si pierde fuerza, lo que estaba dentro sale. O bien, el poeta fuerza a que la mano se abra y salga de ahí todo lo que contenía. Se abre la palabra “patria” y se desploman los teléfonos, los caminos, los horizontes y las montañas. Es cosa de recogerlos, de amontonarlos, de intentar darles un sentido ya que de pronto todo se ha vuelto incomprensible. Poesía analítica, dedicada a dividir en partes, su método multiplica los seres ya que entre un segundo y otro caben todas las concepciones del tiempo. Entre el poeta y el lector hay un mecanismo literario hecho para distraer, para disolver al lector y hasta la misma pregunta que se tenía clara en la mente antes de comenzar la lectura se vuelve evanescente.

Cuánto tiempo el poeta tardó en construir su propio instrumental literario. Cuando era joven usó las herramientas retóricas hechas para mostrarlo. La casa era cristalina, la juventud servía para disfrutar el placer del tiempo que transcurre, el sol alumbraba hasta las entrañas más profundas. Era necesario mostrarse al mundo y decirle que había entre sus montañas y ríos un nuevo poeta. Acostumbrado como estaba el mundo a festejar este suceso, el nacimiento de un poeta siempre es cosa digna de notarse. El amor es un beso y dentro del beso sólo hay un aire pleno y perfumado. Los conceptos están llenos de sí. De una manera hasta cierto punto desvergonzada, las palabras se muestran. “Palpar, en un durazno, la redondez del mundo. / Saber que todo cambia y que todo es igual”. Tal es la enseñanza del poema: el mundo es lo que muestra. Magia tautológica. Delicia de tomar la fruta y saborear el mundo, con la certeza de que no esconde nada. El fenómeno en su esplendor. El público de pie, ovaciona al joven poeta. Al adolescente que le muestra a su lector que ya todo está conquistado, que la poesía es un terreno racional, limpio, que ya no hace enrojecer a nadie. En ese mundo pleno, en el que las cosas están llenas de sí mismas, no hay lugar para la intimidad. El amor es público y maravilloso. Ya estábamos llenos de nosotros mismos. Y el amor nos llena más, si eso fuera posible… La poética de los veinte años pide que el mundo no dé más que lo que puede dar: “¡No quieras que la rosa / dé más que su perfume!”

Esta poesía juvenil no tiene la experiencia del tiempo. Poesía idéntica a sí misma. Poesía que se deja en la tarde para continuar su lectura al otro día en la mañana. Mira: la fruta que dejé sobre la mesa ayer es la misma que hoy tomo en mi mano, y yo soy el mismo que ayer la dejó. Lo cual no es más que una manera de ocultar que la fruta de ayer se quedó en el ayer y aquel que la depositó en la mesa no regresó nunca. No saben los que se encuentran que son, en realidad, dos desconocidos engañados por la memoria. Jaime Torres Bodet inicia su poesía con una metáfora intemporal, quiere que su experiencia sea intacta. Qué improbable que exista el mañana. La felicidad es plenitud, se alimenta de si misma. El instante, ha escrito Gaston Bachelard, es la única realidad del tiempo. Ni el pasado ni el futuro existen: están unidos a él por eslabones muy precisos, desde su inexistencia. En la poética Octavio Paz existe la idea de que el poema vuelve eterno el instante. Se nos ha repetido que el instante se salva, que persiste de alguna misteriosa manera dentro del poema, como un mosquito prehistórico en una gota de ámbar. Aunque un poco mejor, ya que este mosquito del poema, en teoría, aún puede picar. No me refiero a eso. En la poética de Paz, me parece, conviven tiempos superpuestos. La poesía de Torres Bodet me parece, fundamentalmente, crisis de una poética situada en el tiempo. Es una ruta: el poeta avanza por ella. O tal vez, sea la muerte la que viene en dirección del que enuncia el poema, acortando la distancia, dándole una medida a la eternidad. “Entre la pulpa / del minuto impermeable, / se introdujo esta larva / de la nocturna fruta / que lo devora todo / sin dientes y sin hambre…” Frente al tiempo real, implacable y siempre igual, en la poesía de Torres Bodet existe un tiempo moldeable. También en el tiempo se opera ese desmantelamiento. Existe, por una razón que le atañe al mecanismo del poema, un instante (o un no-instante) durante el cual el poeta se detiene a pensar en la implicación del tiempo. Son poemas en donde todo es escenografía, en donde la Luna es un símbolo de algo más, el mundo puede ser el pensamiento del Sol. Por el Sol habla el mundo. Ni en su juventud literaria, hecha de materia plena, de palabras rotundas, este poeta se atreve a la irresponsabilidad frente a la realidad que tiene Novo, por ejemplo. Su obra es un paso antes del creacionismo: es una prolongación del simbolismo: todavía hay materia atrás de sus poemas. No saca de la nada un mundo, como Huidobro. ¿Qué es entonces todo lo que leemos en esta obra que contiene una realidad huidiza, que siempre cambia de forma? Parece provenir de un punto de fuga que ya no existe. Puede ser la luz de una estrella extinta.

Es que en su tiempo, el poema parecía esconder la fórmula de la propia personalidad. No se podía decir: soy feliz, ya que eso podría ser incluso considerado una afrenta en la sociedad de la represión personal. De hecho, no se podía decir: soy feliz, ahora que lo pienso. Y quiero recordarlo para que no se olvide, ya que los instintos deben desviarse como un río por los manglares de los simbólico. Era una época de sutilidad, en donde era mejor no ser comprendido. Crear un poema lleno de sobreentendidos, un laberinto con un mensaje escondido al final, y luego tirar la llave. Era fundamental que no se tuviera acceso al contenido. Antes, en López Velarde se puede ver una especie de transformación del Yo: no es el mismo yo el que entró al poema que el que salió de él. En el camino, se han operado transfiguraciones que no lo han dejado intacto. Incluso, se ha convertido en paño de ánimas y en una nave de iglesia, lo mismo que en un recuerdo de la infancia. No es el camino de donde proviene la poesía de Torres Bodet. La suya viene de la educación literaria de Enrique González Martínez; es decir: un simbolismo poco hermético, el ocultismo ha quedado atrás y la concepción del mundo es más bien materialista. El símbolo ha quedado atrapado en la mente. Para González Martínez, a diferencia de los poetas que lo precedieron, el símbolo es un mecanismo específicamente psicológico (apenas pre-freudiano) que explicaba poéticamente el mundo y lo interiorizaba. El poeta recoge sus redes y se retrae en sí mismo. En esta poética se formaron literariamente Villaurrutia, Novo, y fundamentalmente Torres Bodet. De hecho, es el que menos se alejó de esa poética. Pero decía que la poesía de entonces es una especie de fórmula más o menos compleja, o una enunciación a la que bastaba con ver desde el ángulo preciso para que adquiriera claridad. Así la obra de Villaurrutia y de Pellicer, por ejemplo (la de Novo no necesitaba alumbrar sus oscuridades). Se busca desentrañar el enigma. Se persigue a aquel que habla en el poema –muchas veces, el poeta también lo busca– y es posible que se encuentre.

De los poetas de Contemporáneos, Torres Bodet es el más lejano, el más desconocido. Para usar una imagen suya: detrás de estos poemas hay una estrella apagada. Usaré otra imagen: el poeta creó un discurso al cual alejó de sí lo más rápido que pudo, lo aventó de inmediato: hay tan poco de sustancia vital en ellos, que deben de vivir por sí mismos. Yo los veo vivir como pueden. Son poemas que pueden vestirse. Uno entra perfectamente en ellos, se acomodan a cualquier forma. Dicen cosas generales: hablan del tiempo, del devenir, de la muerte. Son quizá, una maquinaria retórica que se autoconduele. Así de amplios son. Al lector incapacitado para reflexionar, le permiten hacerlo. Reflexiones abstractas. Se entra por el verso a un laberinto, a una construcción retórica compleja. Aquel que lo construyó debió de sufrir mucho, debió de ser muy sensible. Qué mal que haya dejado tan poco de sí en estas palabras. Su pensamiento amplio, demasiado amplio, le da entrada a la humanidad, a un sentimiento colectivo. No quiero decir que no sean efectivos: de pronto, se recibe un pinchazo, una emoción viva. Pero no es suficiente: hay más construcción que vida. Demasiada arquitectura. Pero no quiero vaciar de contenido esta poesía, no la quiero convertir en un armatoste inútil. Ya bastante hizo en este sentido Octavio Paz en Poesía en movimiento. La siguiente es la nota que presenta el capítulo dedicado a Torres Bodet:

De la poesía juvenil normalmente sentimental, Jaime Torres Bodet fue a la poesía que testimonia no sólo la emoción personal sino el influjo de aquello que el hombre descubre a su alrededor. La contemplación del mundo, al calor de los viajes y al contacto con sus semejantes, hizo que Torres Bodet reafirmara su decisión de rescatar en el verso la conciencia de su tiempo. La ‘afición por la poesía’ no dio visible tregua a la decisión de escribirla. Aquellas vetas iniciales, remozadas con nuevas experiencias, se diluyeron hasta convertirse en actitudes reflexivas, siempre renovadas, que pronto anunciaron la madurez del poeta. Dueño de una obra equilibrada, distante a veces de la efusión, la poesía de Torres Bodet constituye a menudo el ámbito del hombre en quien el mundo encuentra su reflejo.

Y en el prólogo de ese mismo libro, Paz critica el “humanismo a la UNESCO” del poeta. (Al reseñar uno de los tomos de su autobiografía, Carlos Monsiváis lo llamo: “Memorias de un funcionario de 9 a 5”.) En el fondo hay un odio a la tradición que proviene de González Martínez, un exiliado de la poética de Paz. Poesía “moralizante”, poesía de ideas. Ni siquiera debo decir que requiere una nueva lectura, que su poesía debe de volver a ser considerada en términos nuevos, pues va siendo necesaria una reformulación. Durante una gran temporada, la tradición poética se leyó en los términos de una supuesta “tradición de la ruptura”. Desvencijada esa visión totalitaria (y esquemática), vuelve la necesidad de leerlo todo, de reagrupar, de volver a categorizar… Torres Bodet fue un poeta caído en la lucha por el canon. Una tradición literaria impuesta y poco funcional en la actualidad. Como es bien sabido, la República de las Letras Mexicanas es monárquica. Quién sabe qué tanto se puede hacer al respecto. Sucesión, abdicación, degollamiento… Estas palabras tan gustadas categorizan el mecanismo de la historia literaria. Y el diálogo directo con el poema está algo mediatizado por una crítica bastante esclerotizada. Una crítica inmóvil a la cual paradójicamente contribuyó a instaurar el libro de Poesía en movimiento.

Este texto no puede apresar la obra de Torres Bodet, ni siquiera puede hacer un rodeo a su obra. Dije (véase arriba) que había quedado sólo el instrumental retórico, que era demasiada la arquitectura del poema; pero, ¿eso en que lo distingue de cualquier otro poeta? Que dentro de los poemas esté el hombre no es más que una figura retórica. Un poco manipulada en este caso, pues se quiere evidenciar que el hombre se ha retirado de su obra y que ha dejado sólo una muy visible arquitectura: ¿es posible que la arquitectura sea el hombre?, ¿que mano y herramienta sean lo mismo? Por lo menos eso creo. Sólo así puede esa gran ausencia convertirse en presencia, pues parece que esta obra es la puesta en escena de una personalidad en fuga. El caracol marino vacío y lleno. El mar visto como un gran contenedor. No es poesía personal en el sentido más literal. Es poesía impersonal, transferible. Un poeta que busca identificarse con el otro. Y el otro siempre pone restricciones. Sobre todo cuando yo es el otro. Esta obra poética es un gran espejo puesto de pronto ante el lector. No refleja nada. Es el espejo, precisamente, el verdadero reflejo.