Julián Ríos
El poeta Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, 1972) vino a verme hace un par de años, no en París (donde él viene con mucha frecuencia), sino en México, justo un Día de Muertos, cuando yo acababa de llegar a México, para presentar alguno de mis libros, y con el pretexto de hacerme una entrevista me tendió un par de libros Yunque de sueños y El espacio vacío, que en realidad son una trampa. Una trampa me apresuro a añadir, que lleva a las galerías subterráneas del arte y de la creación poética, allí donde el poeta tiene su forja y fragua a martillazos sueños, visiones, figuras y juicios, con palabras encendidas que serán además entendidas, extendidas entre el análisis crítico y la intuición fulgurante. El poeta aspira también a ser —como el calificativo dantesco con que Eliot honró a su maestro Paund— il miglior fabbra, es decir; en español el mejor herrero. Y aunque de sueños es el yunque y el espacio vacío, según los títulos, el primero tomado a préstamo de Eduardo Chillida, el poeta se acerca a la pintura con la sabía estrategia y clave de Paul Klee: “Entrar en un cuadro como en un sueño”. El poeta nos guía en este sueño de la pintura y, de paso, lo interpreta. Esta aproximación a la obra de varios notables artistas contemporáneos se realiza en un doble asedio, en prosa y en verso. Algunos de ellos son: Antoni Tâpies, Esteban Vicente, Luoise Bourgeois, Robert Rauschenberg, Bil Viola, Luis Feito, Joan Hernández Pijuan, Eduardo Chillida, José Luis Cuevas, Ignacio Iturria, Ricardo Martínez, Giorgio Morandi, Miquel Barceló, Joan Miró, Pablo Picasso, Francesc Torres, Râfols-Casamada, Alberto García Alix, Anselm Kiefer, Matta, Rafael Canogar, Antonio Saura, Francesco Clemente… El poeta —quiero recordar aquí que Muñoz fue y es amigo de poetas que han escrito de arte: John Berger, José Ángel Valente, José Hierro, John Ashbery y Yves Bonnefoy—, se acerca a cada artista personalmente, trata de comprender y explicarnos su obra y luego, a modo de síntesis, exprime su prosa, la concreta en grado sumo en un poema que es también una suerte de lupa que nos permite ver lo invisible de la obra pictórica. En este Yunque de sueños despiertos —con los ojos muy abiertos— bate, late el poema. El hierro se retuerce a martillazos, ¡chilla, dice!, hasta recobrar la forma austera que le inventa Chillida. ¡Tap!, ¡tap!, se tapían a cal y canto ventanas y huecos de paredes que oyen, hasta que tatúan los signos del alfabeto de Tâpies. Entre el fuego y los carbones se escapan humaredas que serán sombras que se forman y deforman por las paredes de la forja: auras de Saura. Dice Muñoz: “si acaso existe un ejemplo claro de monstruosidad en la pintura, éste es, sin duda, Antonio Saura. Es ahí, bajo este testimonio donde reveló no sólo el espíritu de hombre sino la existencia plena, ideada para reflexionar sobre su estética. A mi juicio, el único método válido para entender el arte mágico de Saura”. José Luis Cuevas de alta y baja mirada observa donde se graban las obras rupestres de Quevedo, Kafka y el Marqués de Sade. Cuevas y adanes en el jardín de las delicias y de los suplicios. Cuevas a las que baja el artista —pelele espeleóloga de sí mismo— para mejor autorretratarse. “Los males de Cuevas son permanentes —dice Muñoz—, visibles. La forma es inquietante. El resultado sorprendente. Monstruos inofensivos, perforación que define espacios humanos: locura, virginidad natural cuya circunstancia transforma signos y que, por eso, recrea antigüedad”. El poeta bate en su fragua imágenes de incertidumbre de Baselitz y les da vuelta hasta encontrar la base. El mundo está al revés y la obra lo certifica. El yunque y el espacio vacío de la forja del poeta es también del oído. Las imágenes entran por los ojos del poeta y le salen por los oídos, traducidas en palabras. Abrir Yunque de sueños y El espacio vacío es como abrir una trampa, señalaba al comienzo, que nos permite acceder a una extraordinaria galería de artistas contemporáneos. Pasen y vean, o mejor dicho, pasen y lean; es decir, oigan la voz del poeta en sus libros.
