Juan Antonio Rosado

El “espíritu”, en su acepción más amplia, más abarcadora, es la otra cara de lo material, así como la materia es la otra cara de lo espiritual. Cuando hay equilibrio o armonía de ambos en la sociedad o en el individuo, constituyen un solo fenómeno. Lo mismo ocurre en un buen texto literario u obra artística: fondo es forma y viceversa. La materia o la forma siempre es el vehículo que lleva consigo y muestra el espíritu o fondo. El espíritu es, por tanto, el intelecto, lo que nos lleva más allá de lo instintivo animal, es decir, lo que transfigura lo natural y lo convierte en humano en un sentido constructivo. Sin embargo, lo que más se nota en la actualidad es la mutilación: obras artísticas que son pura forma; sociedades o individuos desequilibrados, en los que sobresale ya sea lo espiritual o lo material, o uno de ambos oculta o destruye al otro. Cuando la vida se inclina sólo hacia lo espiritual y olvida lo primero, produce locura, exaltación, padecimiento o pasión incluso destructiva (sobran ejemplos de locos religiosos o gente tan metida en lo intelectual que olvida su cuerpo; de religiosos asesinos seriales o inquisidores que imponen su “verdad” y hasta tocan el timbre de casa en casa para ofrecernos su panacea doctrinaria y salvar nuestra “alma” de no sé qué). Pero si la vida se inclina sólo hacia la materia y olvida lo intelectual, que también incluye valores, moral, cultura, conocimiento y ¿por qué no? la religión instituida para la mayoría de la gente, entonces puede caerse en el abuso, en la corrupción, en el afán de fama y poder a toda costa, aun pisoteando a los demás: un mundo meramente material es un mundo corrupto, y es tan destructivo como una vida sólo espiritual o intelectual. Por desgracia, la ignorancia cree que lo espiritual es sinónimo de lo divino, que incluye a un supuesto dios o religión instituida. Sin embargo, una vida atea o agnóstica no es, de ningún modo, obstáculo para tener una conducta intachable, moral y honesta. Al contrario. El religioso —sobre todo el católico o cristiano en general— puede corromper, violar niños, cortar orejas, torturar, robar y matar porque sabe que su misericordioso dios es bondad absoluta y lo perdonará. El Mochaorejas sabe que entrará en el paraíso porque se ha arrepentido de lo que hizo. Y qué curioso que las culturas en que más ateos o agnósticos hay en el mundo (Suecia, Holanda, Dinamarca…) sean las menos corruptas, donde se detecta mayor paz social. El ateo sabe que con la muerte todo se acaba. Juan García Ponce, gran escritor mexicano, llegó a decir que su religión es el arte. Me identifico con esta aseveración y por ello tengo claro que la manifestación espiritual más alta a la que puede llegar el ser humano es la expresión artística, y también tengo claro lo que es el pseudoarte y los pseudoartistas; ya lo he expresado en otros lugares. Así como hay charlatanes religiosos, también los hay en el mundo del arte: gente que tiene que justificar a priori que su obra es “arte”, aunque no lo sea. Considerar el auténtico arte como un vínculo ontológico (religio) nos sirve —si no creemos en un mundo fantasmagórico ni somos supersticiosos— para no percibir el mundo y la vida como hechos absurdos, sin sentido, pero no nos sirve para vivir materialmente. Para esto último, son esenciales los principios morales —ajenos al arte per se. Me refiero a los valores que nos ayudan a construir desde el punto de vista social. Recordemos que “moral” parte de un concepto latino que significa “costumbre” (el ethos). Sin estos principios vitales, ninguna religión, mito o vínculo con algo que nos da sentido sería posible con plenitud.