Charla con Luis Felipe Fabre/Autor de Poemas de terror y de misterio
Eve Gil
Los zombis y los vampiros no eran una moda pasajera, después de todo. Llegaron para quedarse… ¡y han invadido hasta la poesía! Y si ya no se conforman con películas de bajo presupuesto, menos van a permitir que cualquier poeta de quinta los incorpore a sus versos. No debe extrañarnos, por tanto, que hayan elegido precisamente a Luis Felipe Fabre para comerle el cerebro y beber su sangre. Resultado: Poemas de terror y de misterio (Almadía, México, 2013).
“La risa de horror es tan vieja como el horror mismo —señala el poeta y ensayista, nacido en la ciudad de México en 1974 y autor, entre otros, de un espléndido poemario titulado La sodomía en la Nueva España—. De hecho, uno de los poemas de este libro es un comentario a otro de Juan Carlos Bautista que tiene un libro inédito desde años que es buenísimo y parte de la nota roja, muy en la estética de Metinides, el fotógrafo”.
Cine de terror
Pero además, Fabre no niega su gusto —que casi todos compartimos, aunque lo neguemos— por el cine clase b, y va más allá al reconocerse cinéfilo por encima de lector, como dejó hasta cierto punto estipulado en su libro Cabaret Provenza:
“Me encantan el cine de terror y los monstruos desde niño. Supongo que así como para otros lo suyo es un mecanismo de sublimación, lo mío es uno de degradación. Todo parte de una simple pregunta: ¿cómo sostener un decir poético en este momento? Hay tentativas de respuestas. Uno de esos intentos tiene que ver con observar —y saquear— aquello, que a diferencia de la poesía, tiene una gran capacidad de reverberación cultural, incluso si aquello es visto —por los defensores de lo que antiguamente se denominaba como «alta cultura»— como basura: el cine serie b, los best-sellers y, en especial, los mashups tipo «orgullo, prejucio y zombis» o «Androide Karenina» (reescritas respectivamente por Seth Grahame-Smith y Ben H. Winters) donde se intervienen novelas clásicas —prosas espléndidas por las que las editoriales no tienen que pagar derechos— con anacronismos monstruosos y posmodernos: yo aquí intento hacer mis mashups con versos de Sor Juana, por ejemplo”.
“Personalmente —agrega Fabre— no tengo entendido a la cultura como algo jerarquizado: para mí, una canción pop puede ser estéticamente mucho más eficaz que la mayoría de las cosas que suelen presentarse como poemas. Y siempre me ha interesado dialogar con otros lenguajes culturales y artísticos, en especial aquellos a los que se suele despreciar desde las torres de marfil. Tengo en la cabeza, como en un post-it o epígrafe mental, aquello que escribió Rimbaud en La alquimia del verbo: «Me gustaban las pinturas idiotas, los dinteles historiados, decoraciones, telas de saltimbanquis, carteles, estampas populares; la literatura anticuada, latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, libritos para niños, óperas viejas, canciones bobas, ritmos ingenuos…»”.
“Desde entonces —agrega—, al romper el pacto con los valores de la burguesía, la poesía ha tenido eso de espantar al lector. ¡Y lo ha hecho tan bien que ya casi no le quedan lectores!”.
La poesía
Esto lleva a Luis Felipe Fabre a otra reflexión: ¿cuáles lectores? ¿Es posible atraer nuevos lectores a la poesía a través de propuestas como la suya?
“Los pocos lectores de poesía, en su mayoría, tienen una idea de poesía que a mí me da una pereza infame —reconoce, sonriente—. Ese tipo de lector que aún sigue esperando del poema una experiencia de lo sublime, o un tipo de belleza pre-baudelaireana…, pero es justo a esos lectores a los únicos que creo aún se puede aspirar a espantar, espantarlos negándoles aquello que esperan de un poema. Ya me han tachado antes de poeta «frívolo» o de «vacío»… ¡y yo feliz!”
Cuando le planteo al autor mi percepción de que hay un discurso político entre líneas, responde:
“A mí me interesa que el arte y la literatura respondan a su momento y su contexto, pero tampoco es lo único que me interesa. En la poesía mexicana reciente hay poetas haciendo cosas muy interesantes respecto al asunto de la violencia extrema y de la descomposición social que atraviesa el país, cada quien con sus exploraciones y preocupaciones formales muy particulares. Pienso en Dolores Dorantes, en Sara Uribe, y en ciertos poemas y textos de Rodrigo Flores, Alejandro Albarrán, Óscar de Pablo, Cristina Rivera Garza, por sólo mencionar algunos de los que más me interesan. Poemas problemáticos, incómodos, que tienen más preguntas que respuestas. No digo que todos los poetas deban hacer eso ni nada parecido. Pero me parece importante que haya algunos que lo estén haciendo, que estén tratando de elaborar esa realidad atroz a un nivel simbólico”.
“En el caso concreto de Poemas de terror y de misterio —agrega Fabre—, creo que el contexto social y político está como trasfondo: el verdadero horror del que no me atrevo hablar. Entonces hablo de otra cosa, pero con la intención de que lo que digo haga eco en ese trasfondo. Y de lo que hablo son zombis, vampiros, espiritistas, artistas, esfinges, gorgonas. Y lo que causa risa, creo, es la parodia de las formas, de los lenguajes, de las retóricas del cine y la literatura de terror y suspenso pero también de la poesía y del arte. Mientras ese trasfondo social y político está debajo, acechante”.
