Lo grave: México padece ausencia de talento político

Para el mundo, somos inexistentes

 

René Avilés Fabila

México, visto desde el extranjero, desde Europa, por ejemplo, no parece existir; es un enorme país en donde caben dos o tres naciones europeas, con una inmensa población con problemas inauditos y de difícil curación. Los medios apenas hablan de él, la gente sabe que tiene muchas zonas tropicales, restos de grandes civilizaciones prehispánicas, que es muy pobre y no sabe lo que es vivir democráticamente. Muerto Carlos Fuentes, sus intelectuales no cuentan entre los verdaderamente grandes. Por ahora existen dos mexicanos: Diego Rivera y Frida Kahlo.

En estos momentos hay dos exposiciones sobre la pareja y casi cualquiera puede identificarlos como extranjeros importantes y sin duda exóticos, ella en particular. Si en México imaginan que Elena Poniatowska es mundialmente famosa por el premio que sin saberlo las autoridades españolas acaban de regalarle, es una opinión equivocada. Sólo la conocen los amigos que a propuesta de sus colegas mexicanos hicieron, pensando en que era una mujer de gran talento literario cuando en realidad es autora de bestsellers mal escritos y parte de una oposición discutible y ruidosa. Pese a su fama, carece de futuro histórico: no es Elena Garro, tampoco Rosario Castellanos, hoy poco recordadas.

Triste, pero los mexicanos no existimos en Europa, algunos tienen una vaga idea de la tierra del sol, pero hasta allí. Francia, país sin petróleo, es una potencia como Alemania y España. Suponemos que está gobernado por la izquierda. Es un paraíso consumista y al Estado poco le pertenece. A los partidos políticos que antaño tenían grandes diferencias, ahora la globalización los ha uniformado. La presencia de lo más representativo del capitalismo norteamericano le hace perder trozos de su identidad. El Metro es caro pero muy eficaz y nadie se salta los torniquetes a pedido de una oposición suicida.

Cuando uno habla de los problemas mexicanos, los franceses lo miran con extrañeza. Saben los nombres de algunas ciudades, pero no tienen idea quién es Andrés Manuel López Obrador, qué quiere, ni cómo se llama el presidente. Cuando uno intenta explicar el asunto de Pemex y señala que el gobierno está tolerando la inversión extranjera, ven México como un enfermo imaginario, a la manera de Moliere, un hipocondriaco que cree necesitar medicamentos, cuando lo único que padece es ausencia de talento político; eso sí es grave.

En Francia hay multitud de corrientes políticas, todas polemizan, pero dentro de los límites de la dignidad y la educación adecuada.

Ningún parlamentario le mienta la madre a otro en plena sesión de debates, ni los molestos con el sistema cercan recintos parlamentarios ni se desnudan para mostrar que sí tienen huevos. La vulgaridad de lo que mal llamamos izquierda en México es ilimitada. Lenin o Trotski dieron largas peleas a través de brillantes libros, proclamas y una oratoria de peso.

Está visto que la medida de la política mexicana es la expriista Layda Sansores o antes la afamada actriz La Tigresa, por cierto una vez entrevistada por Poniatowska.

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