Eusebio Ruvalcaba
No sé si alguno de ustedes vio una película que lleva por nombre el de Beethoven: dios inmortal. Desde luego es un nombre muy tramposo. En inglés se llama Copyng Beethoven, que hace alusión al hecho de que la música de aquel entonces se copiaba a mano (ahora se copia en computadora) y había gente especializada en hacerlo; es decir, el compositor escribía su partitura, en la que estaban contenidas todas las partes de la orquesta, y a partir de ahí cada parte se copiaba por separado. Bueno, Agnieszka Holland, la directora polaca de la película, arma delante de nosotros los elementos encontrados que le darán sentido a su cinta, porque todos estos elementos serán contrapuestos entre sí y cada uno crecerá a costa del otro. A saber: 1) Beethoven vs su copista, Anna Holtz, que a la vez quiere ser compositora, y que decide aprovechar hasta las últimas consecuencias la oportunidad de estar cerca del genio, para ver qué aprende; 2) Anna Holtz ante una difícil dicotomía, si tomamos en cuenta sobre todo los 23 años que tiene entre oreja y oreja: su amor por la música, resuelta en la persona de Beethoven, o, el lado opuesto de la cuerda: su novio, un vulgar y pusilánime estudiante de ingeniería cuya única ocupación consiste en tender puentes, no en caer a los pies de la mujer que supuestamente ama; 3) finura vs rudeza: mientras que Anna Holtz bien puede encarnar las buenas maneras y la delicadeza, Beethoven, quién no lo sabe, representa la tosquedad, los exabruptos, todo lo inusitado, lo extremoso y lo imprevisible (para él no había coto alguno, orinaba donde quería, se bañaba donde se le pegaba su regalada gana, hacía todo lo que le dictaba su ímpetu creador); Sinfonía Coral vs Gran Fuga del Cuarteto 13: astutamente, en el sentido musical, como sólo puede hacerlo una persona que ame la música por encima de cualquier otro arte, la cineasta Agnieszka Holland en este punto puso a competir a dos de las obras más altas del espectro beethoveniano: la monumental música orquestal de la Sinfonía Coral, toda ella una masa instrumental capaz de remolcar una montaña, y la intimidad de un cuarteto de cuerdas, que es la dotación para la que está escrita la Gran Fuga; la música más íntima y recogida, discreta e introspectiva para expresar el interior desesperado de un hombre. 16 cuerdas que se dan abasto para que el alma de un ser humano recorra todas las tensiones posibles de un alma atravesada por el amor, pero también por la tortura de dar a conocer su pensamiento, la complejidad de un pensamiento incomplaciente, hecho a golpes de cincel con el amor por la vida como martillo. Hasta ahí la película de esta cineasta polaca. No sin antes precisar la belleza luminosa de Anna Holtz, que llega a la buhardilla del genio —donde las ratas se disputan el pan— para poner orden hasta donde su tiempo se lo permite. Que llega ante los ojos del gran hombre —el genio sin recato alguno, sin ambages ni cortapisas— tal como una mariposa distraída se parara en la nariz de un gato. ¿Qué va a ser de ella? Pues nada, que aquí, como en el Adagio molto e cantabile, tercer movimiento de la sinfonía, el amor por la vida se sublima a través de la consagración que proporciona el agua (Anna Holtz baña a Beethoven en un acto amoroso que supera lo indecible). Todo esto viene a colación porque la música de Beethoven en lo general, y la Sinfonía Coral en lo particular siguen ejerciendo una suerte de arrobamiento lúdico en el público, y melancólico, me atrevería a decir, en las mujeres; algo tiene este genio, algo tiene esta obra, que hechiza por completo a quien se encuentre a 10 mil kilómetros a la redonda. Para concluir, ¿les cuento un chisme?: se me ocurrió ver esta película con una mujer que jamás había accedido a complacer mis caprichos, aun los más pueriles. Cuando salimos del cine, me dijo: ahora te comprendo, soy tuya, llévame donde quieras. Discografía. No puede haber versiones equívocas de la Novena Sinfonía de Beethoven. Pero hay que tener a la mano la de Karl Böhm al frente de la Filarmónica de Viena con Jessye Norman, Brigitte Fassbaender, Plácido Domingo y Walter Berry. Y como ahora hay tiempo de mencionar cuando menos otra versión de la Coral, hay que citar la de la Filarmónica de Berlín bajo la batuta de Herbert von Karajan, con Gundula Janowitz, Hilde Rössel-Majdan, Waldemar Kmentt y Walter Berry.
