Gabriela Cerna

El título de la película de Raúl Fuentes, Todo el mundo tiene a alguien menos yo, se adapta también para el que se tiene a sí mismo y, consciente o inconsciente, no permite que nadie más llegue a su mundo, o sólo a escasas personas sí. Una paradoja que desubica al que se cree que la demás gente está “bien” en su medio por quienes la rodean pero que quizá no ve porque no quiere o porque de verdad no se da cuenta de que sus exigencias hacen a un lado al otro, lo que provoca la temible soledad.
El filme en blanco y negro de Raúl Fuentes le da los tintes de la pasión a su guión. Una mujer editora, de más de treinta años de edad, además de lo que significa su trabajo, es una lectora que le da suma importancia a su lectura. La literatura es lo que principalmente atrae a la personaje principal llamada Alejandra, la que tiene un mundo que se antoja “especial” porque lo intenta imponer pero el destino le tiene otra postura. De una relación que pronto se afianza, sólo al principio, con María, una adolescente aburguesada, Alejandra se verá envuelta en el mundo de María, el que se le hace tormentoso por tan insulso pero se atreve a medio soportarlo porque se ha enamorado, mas sus exigencias vuelven a la carga, pero sólo para desbaratarla.
La soledad es una presencia que persigue a Alejandra porque, a pesar de tener aventuras amorosas con otras mujeres, su exigencia para ir moldeando una relación la obliga a quedarse sola. Sin embargo, la pasión juega el más terrible juego pues es capaz de voltear las tan arraigadas formas que en todo momento parece defender la protagonista en sus relaciones amorosas, y un ejemplo es que mientras que, por enojada, está separada de María, se involucra con otra mujer que después de la tormenta sobre las sábanas le pide su número telefónico pero Alejandra se va, lo que la hace ver como una mujer que no quiere tener a nadie pero ella se siente que todo el mundo tiene a alguien, menos ella.