Enrique Rajchenberg
La memoria histórica es parte del conflicto social. En torno a su producción se suscitan combates encarnizados que tienen por objeto la invisibilización de los contendientes, la distorsión de sus acciones, la selección fragmentaria y amañada de su práctica discursiva y, por supuesto, el ocultamiento de los hechos vergonzantes de quien escribe la historia que siempre es obra de los vencedores. Decía el escritor francés Ernest Renan respecto a la construcción mítica de la nación, de la que la manufactura de la historia nacional es un dispositivo esencial, que ésta oscila entre el recuerdo y el olvido, el recuerdo de lo que enaltece al victorioso, el olvido de todo aquello que puede resultarle bochornoso y también de aquel pasado que evoca la pelea entre los que se trata de fraternizar imaginariamente, pero también falazmente.
La reconstrucción del pasado despojada del apremio de soldar lo antagónico, sin la pretensión de disculpar a los actores de dramas antiguos, ésta es obra de los historiadores y es lo que emprendió Francisco Pineda desde hace más de una década en torno al zapatismo de principios de siglo XX. Francisco no se ocupa de develar las falacias de la historia oficial, sino de la historiografía académica dominante que es cercana a la primera, pero que mantiene o procura conservar una suerte de pequeña distancia crítica respecto a ella. En suma, el autor pone en evidencia la íntima relación que existe entre la elaboración de la memoria histórica y las relaciones de poder, lo cual hace inocultable la dimensión política del discurso historiográfico.
Investigar el zapatismo es indudablemente descubrir uno de los movimientos sociales más comprometidos con el cambio social de la historia del México moderno y contemporáneo, pero también es dar cuenta de cómo el grupo que devino Estado tras la revolución de 1910 logró ese propósito. En otras palabras, el carrancismo no queda bien parado tras la lectura de este libro.
Hay tres grandes mitos visitados, revisitados y objeto de culto de la historiografía. El primero concierne a una suerte de determinismo de la victoria de Carranza sobre el zapatismo y el villismo, principalmente sobre el primero. A diferencia del autonombrado Primer Jefe, los campesinos surianos no poseían una noción de nación. Su enraizado localismo que no les permitía ver más allá de la cruz de su parroquia hizo que irremediablemente perdieran la contienda. Más aún, como todo buen campesino parroquial, por definición, los zapatistas nunca se atrevieron a incursionar más allá de su matria, es decir, de su patria chica, y si lo hacían regresaban ni bien el ciclo agrícola lo reclamaba. Pineda demuestra exactamente lo contrario, pero hay algo más. Se trata de lo que él descubrió no sólo del intrincado tejido de vínculos entre el zapatismo y los sectores urbanos, sino el afanoso trabajo de difusión del movimiento en el extranjero, proyecto que, entre otros, concebía la traducción a varios idiomas del Plan de Ayala. La historiografía nunca entendió que puede haber diversas concepciones de nación y no sólo aquella que establece la sinonimia entre poder centralizado, vale decir, el Estado y la nación.
La iniciativa de vincularse con el sector trabajador urbano no fue unilateral, o sea, del zapatismo exclusivamente, sino que fue impulsada por las propias organizaciones sindicales. La experiencia social y política durante la ocupación zapatista de la ciudad de México durante 1915 está relatada maravillosamente por Francisco Pineda. Maestras, electricistas y muchos más se adhirieron al Ejército Libertador. La ciudad fue sacudida por marchas, mítines y compromisos de lucha de los proletarios metropolitanos. Todo ello en un contexto de escasez dramática de víveres –por algo 1915 fue llamado el año del hambre- que provocó motines de subsistencia.
Dos submitos históricos deben ser cuestionados a la luz de lo que nos relata Francisco. Uno, el que refiere el estereotipo de las mujeres durante la Revolución consagradas únicamente a calentar tortillas para sus hombres. El protagonismo femenino durante la ocupación de la ciudad de México demuestra otra cosa y es la irrupción de las mujeres, del 5º. estado en la política. Dos, el mito de la distancia cultural y política entre los trabajadores urbanos y los zapatistas. Autores tan acreditados como Alan Knight repiten que aquellos, imbuidos de un profundo anticlericalismo, sintieron poca simpatía por quienes desfilaron por las calles de la ciudad portando un estandarte de la virgen de Guadalupe.
Indudablemente, Venustiano Carranza también tendió una red de relaciones en el extranjero, aunque como lo demuestra Francisco, lo hizo con los gobiernos de las potencias mundiales y los vértices del poder económico. Éste es el segundo mito que el libro derriba, el referido a la postura carrancista frente a los intereses imperiales. El aprovisionamiento de pertrechos bélicos al constitucionalismo por Estados Unidos fue la contrapartida de la aceptación del coahuilense a las exigencias del vecino del norte. El inventario de las remesas de armas desembarcadas en el puerto de Veracruz en 1915 aparece finamente descrito en el libro. No recuerdo ninguna otra obra de historia que lo hiciera, con excepción de la investigación muy olvidada de John M. Hart respecto al arsenal “abandonado” por la marina estadunidense en noviembre de 1914 después de haber ocupado el puerto de Veracruz durante más de medio año y que Carranza empleó a su favor en los meses ulteriores para combatir a los ejércitos populares.
Deseo enfatizar aún más esta dimensión del trabajo de Francisco porque frecuentemente el estudio de la participación de Estados Unidos en la revolución de 1910 se restringe al campo de las negociaciones diplomáticas y a las representaciones en el imaginario norteamericano a raíz de la guerra en México. Todas ellas son miradas cargadas de un profundo racismo hacia lo que sucede al sur del río Bravo. Eso es muy cierto, pero no sólo había desprecio, ninguneo y discriminación, que sigue habiéndolo respecto a los mexicanos, sino injerencia directa y además militar. Como concluye Pineda, fue uno de los dispositivos que permitieron la derrota del zapatismo.
El tercer relato mítico es aquel que concierne a los maderistas incrustados en el villismo como genuinamente democráticos. La carta de Felipe Angeles a Maytorena es reveladora: “Tendremos especial cuidado de no asociarnos, es decir, no admitir en nuestro grupo a la plebe, porque una dolorosa experiencia nos ha enseñado que aunque debemos pelear o trabajar por el adelanto de la clase baja, no debemos admitirla en nuestras filas, porque seremos cómplices o culpables de sus desmanes” (p.47). Estamos ante la concepción iluminista de la política que concibe la dirección de la sociedad exclusivamente por las mentes ilustradas.
Ejército Libertador.1915 es un libro sobre el zapatismo, pero abre preguntas nuevas sobre el villismo y sobre el Villa que creíamos o por lo menos yo creía resueltas con la extraordinaria biografía escrita por Friedrich Katz. Me refiero al fracaso de la alianza entre el villismo y el zapatismo que de haberse consumado hubiera dado un vuelco a la historia del siglo XX mexicano. Queda claro a través de la lectura del libro reseñado el trabajo de zapa de Eulalio Gutiérrez, de Roque González Garza y otros más para que esa alianza que pareció a punto de cristalizar en diciembre de 1914 en Xochimilco nunca se produjera. ¿Pero acaso Villa era tan angelicalmente inocente que no se percató del franco sabotaje de sus colaboradores más cercanos? ¿O bien el propio Villa fue cómplice de ese entuerto que dejó al ejército suriano sin armamento en el momento crucial del enfrentamiento con el constitucionalismo?
Una pregunta más: ¿qué sucede entre 1914 y 1915? Más precisamente entre las jornadas aparentemente fraternales de las fuerzas villistas y zapatistas en la Convención de Aguascalientes y las zancadillas del primer semestre de 1915? No puedo dejar de recordar la sesión del 27 de octubre de 1914. Habla el C. González Garza: “Manifiesto, a nombre de mi representado –Francisco Villa-, que en principio el Plan de Ayala es de la División del Norte”. Habla el C. Felipe Angeles: “Voy a satisfacer los deseos del señor Obregón –el sonorense había preguntado si hablaba a título personal o en nombre de todo el movimiento norteño-. Por mi parte, hago la aclaración de que el señor coronel González Garza ha dicho que ha hablado a nombre de su representado; pero si hay alguna duda sobre el particular, declaro personalmente que me adhiero a los principios del Plan de Ayala”. Pocos minutos después proclamaba otro delegado. “El Plan de Ayala no es de la División del Norte ni de la División del Sur; es de la República entera”.
Estamos refiriéndonos a un libro que no solamente reinterpreta la historia a partir de una documentación poco o nada explorada hasta ahora o bien torcidamente analizada, sino que suscita nuevas preguntas, y esto sólo se puede decir de los buenos libros. Ejército Libertador. 1915, es uno de estos libros.
Francisco Pineda. Ejército Libertador:1915. México, Ed. ERA, 2013.
