Carmen Galindo

 Roman Jakobson postula que la literatura tiene un movimiento pendular: ora imita los modelos literarios, ora intenta mimetizarse con el habla de la calle. Entre los primeros están los que se inspiran en otros libros, paradigmáticamente el Ulises de Joyce que sigue las huellas de la Odisea de Homero o el propio Quijote que imita, entre otras, las novelas pastoriles o parodia las de caballerías. Los segundos abarcan prácticamente toda la literatura del siglo XX: El llano en llamas de Rulfo o En el camino de Kerouac, por citar dos notables y disímiles ejemplos.

Pienso que también podría decirse que ciertos escritores se dejan ganar por la acumulación de figuras retoricas, los casos van de Góngora a Lezama Lima o Carpentier. Se les llama barrocos o, por su cercanía con nuestro tiempo, neobarrocos. Se sabe que padecen un horror al vacío. Muy pocos, a lo mejor Ernesto Cardenal, en especial cuando imita a Marcial o Albert Camus se despojan de todo adorno, nos entregan versos o prosas que, el lector distraído, podría confundir con una ausencia de estilo. La peste de Camus es el mayor ejemplo, el non plus ultra (no hay más allá) de esta forma de escribir. Lo que Roland Barthes describe como el grado cero de la escritura.

En esta novela, Camus imita, y lo dice, otro género literario, la crónica. Pero su prosa es descriptiva, imparcial, casi indiferente. Es tan fría, que a cualquiera se le ocurriría compararla con un bisturí. Está construida al alto vacío. Si digo que es una prosa helada, no se crea que es en detrimento de este estilo. Sólo estoy indicando que es una prosa cuidada, vigilada, castigada al máximo. No es fácil escribir así y como dije se corre el riesgo de que el lector pase por encima de las palabras sin advertir su belleza, sin el menor asombro.

En esta prosa desapasionada en que todo está calculado, Albert Camus cuenta cómo la peste se va apoderando de la ciudad de Orán. Al principio nadie se da cuenta. Una rata muerta produce un gesto de asco, y luego, cuando el número de animales muertos debería causar zozobra, los habitantes de Orán lo han incorporado a lo habitual. Cuando la peste lo ha invadido todo, es demasiado tarde. Unos, muchos, han muerto. Otros más están en cuarentena. Las familias quedan divididas arbitrariamente por la enfermedad o, por mejor decir, por el miedo al contagio.

Muchas interpretaciones se han dado de esta macabra alegoría. La primera que entendí, la más obvia y la más atroz también es con la que me quedo. Escrita en 1947, Camus está hablando de la guerra, de la segunda guerra mundial. Cuando Francia, como otros países de Europa, se dieron cuenta, los nazis estaban ya ahí. Como se ve, Camus cuenta una de las experiencias más terribles en la historia de la humanidad en una prosa sin estridencias, en sordina.

Albert Camus y Jean-Paul Sartre

Como se sabe, existió un enfrentamiento entre estos dos escritores, los  más célebres en su momento en Francia, por no decir en el mundo. Al parecer, la disputa comenzó porque en Los tiempos modernos, la revista de Sartre, el crítico Francis Jeanson, al referirse al Mito de Sísifo, acusaba a Camus de ser un pensador burgués. Camus no desmiente a Jeanson, sino se lanza en contra de Sartre por no condenar a Stalin. Los referentes filosóficos de Camus, como es sabido, son Nietzsche y el anarquismo, filosofías, ambas, rechazadas por Sartre. Por otro lado, Sartre siempre se declaró un comunista independiente y denunció todas las acciones de la Unión Soviética e incluso las de Cuba con las que no estaba de acuerdo. Sin embargo, estuvo al lado del movimiento estudiantil de Francia (e incluso apoyó al de México), así como a los vietnamitas y finalmente con El amigo del pueblo se declaró maoísta.

En realidad, el verdadero conflicto surge cuando Camus, nacido en Argelia, pretende una tregua entre los combatientes argelinos y el dominio francés, mientras Sartre y Simone de Beauvoir toman abiertamente la defensa de la independencia de Argelia y denuncian las torturas e injusticias cometidas ahí por los franceses. Estas actitudes conducen a que Sartre y De Beauvoir sean rechazados por sus compatriotas conservadores y que a Camus lo increpen públicamente los argelinos hasta hacerlo decir que su madre podría ser víctima de los revolucionarios argelinos y él prefería a su madre.

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Albert Camus: el grado cero de la escritura

Carmen Galindo

Roman Jakobson postula que la literatura tiene un movimiento pendular: ora imita los modelos literarios, ora intenta mimetizarse con el habla de la calle. Entre los primeros están los que se inspiran en otros libros, paradigmáticamente el Ulises de Joyce que sigue las huellas de la Odisea de Homero o el propio Quijote que imita, entre otras, las novelas pastoriles o parodia las de caballerías. Los segundos abarcan prácticamente toda la literatura del siglo XX: El llano en llamas de Rulfo o En el camino de Kerouac, por citar dos notables y disímiles ejemplos.

Pienso que también podría decirse que ciertos escritores se dejan ganar por la acumulación de figuras retoricas, los casos van de Góngora a Lezama Lima o Carpentier. Se les llama barrocos o, por su cercanía con nuestro tiempo, neobarrocos. Se sabe que padecen un horror al vacío. Muy pocos, a lo mejor Ernesto Cardenal, en especial cuando imita a Marcial o Albert Camus se despojan de todo adorno, nos entregan versos o prosas que, el lector distraído, podría confundir con una ausencia de estilo. La peste de Camus es el mayor ejemplo, el non plus ultra (no hay más allá) de esta forma de escribir. Lo que Roland Barthes describe como el grado cero de la escritura.

En esta novela, Camus imita, y lo dice, otro género literario, la crónica. Pero su prosa es descriptiva, imparcial, casi indiferente. Es tan fría, que a cualquiera se le ocurriría compararla con un bisturí. Está construida al alto vacío. Si digo que es una prosa helada, no se crea que es en detrimento de este estilo. Sólo estoy indicando que es una prosa cuidada, vigilada, castigada al máximo. No es fácil escribir así y como dije se corre el riesgo de que el lector pase por encima de las palabras sin advertir su belleza, sin el menor asombro.

En esta prosa desapasionada en que todo está calculado, Albert Camus cuenta cómo la peste se va apoderando de la ciudad de Orán. Al principio nadie se da cuenta. Una rata muerta produce un gesto de asco, y luego, cuando el número de animales muertos debería causar zozobra, los habitantes de Orán lo han incorporado a lo habitual. Cuando la peste lo ha invadido todo, es demasiado tarde. Unos, muchos, han muerto. Otros más están en cuarentena. Las familias quedan divididas arbitrariamente por la enfermedad o, por mejor decir, por el miedo al contagio.

Muchas interpretaciones se han dado de esta macabra alegoría. La primera que entendí, la más obvia y la más atroz también es con la que me quedo. Escrita en 1947, Camus está hablando de la guerra, de la segunda guerra mundial. Cuando Francia, como otros países de Europa, se dieron cuenta, los nazis estaban ya ahí. Como se ve, Camus cuenta una de las experiencias más terribles en la historia de la humanidad en una prosa sin estridencias, en sordina.

Albert Camus y Jean-Paul Sartre

Como se sabe, existió un enfrentamiento entre estos dos escritores, los  más célebres en su momento en Francia, por no decir en el mundo. Al parecer, la disputa comenzó porque en Los tiempos modernos, la revista de Sartre, el crítico Francis Jeanson, al referirse al Mito de Sísifo, acusaba a Camus de ser un pensador burgués. Camus no desmiente a Jeanson, sino se lanza en contra de Sartre por no condenar a Stalin. Los referentes filosóficos de Camus, como es sabido, son Nietzsche y el anarquismo, filosofías, ambas, rechazadas por Sartre. Por otro lado, Sartre siempre se declaró un comunista independiente y denunció todas las acciones de la Unión Soviética e incluso las de Cuba con las que no estaba de acuerdo. Sin embargo, estuvo al lado del movimiento estudiantil de Francia (e incluso apoyó al de México), así como a los vietnamitas y finalmente con El amigo del pueblo se declaró maoísta.

En realidad, el verdadero conflicto surge cuando Camus, nacido en Argelia, pretende una tregua entre los combatientes argelinos y el dominio francés, mientras Sartre y Simone de Beauvoir toman abiertamente la defensa de la independencia de Argelia y denuncian las torturas e injusticias cometidas ahí por los franceses. Estas actitudes conducen a que Sartre y De Beauvoir sean rechazados por sus compatriotas conservadores y que a Camus lo increpen públicamente los argelinos hasta hacerlo decir que su madre podría ser víctima de los revolucionarios argelinos y él prefería a su madre.