Juan Antonio Rosado

Hoy, lo sagrado se ha hecho más subjetivo y la fiesta, como diría Georges Bataille, no es un verdadero retorno a la inmanencia, sino la conciliación amistosa de diferencias, de individualidades. Esto se debe a que el hombre ha perdido e incluso rechazado la “intimidad indistinta”, la pertenencia esencial al mundo. Un ejemplo es Don Juan. Para Bataille, Don Juan Tenorio es una “encarnación personal de la fiesta, de la orgía feliz, que niega y derriba divinamente los obstáculos”. Es justo esa “orgía feliz” en la que vive la gran mayoría de los personajes de Juan García Ponce (1932-2003, sin restringir o limitar toda manifestación sexual, llámese o no “donjuanismo” o “promiscuidad”. No obstante, es la intimidad el verdadero terreno de lo sagrado en la narrativa de García Ponce, y dentro de esa intimidad emerge otra manifestación de lo sagrado: la expresión de la libre y espontánea sexualidad transformada en erotismo, sin deliberadas pretensiones de reproducción.
Las protagonistas de la obra de García Ponce huyen de la “seguridad” y se separan del mundo establecido, cotidiano, “normal”, lleno de prohibiciones —el mundo “profano” de los seres discontinuos— a fin de abrirse y penetrar en el mundo de lo sagrado, en el vértigo dionisiaco que aparece en el exceso de sexualidad del erotismo, en la orgía, que es el aspecto sagrado del erotismo, donde cada participante niega la individualidad de los demás. En Crónica de la intervención, su obra maestra, María Inés estaba encasillada en el orden matrimonial: los mismos “desórdenes” consustanciales a la actividad sexual se hallaban organizados en la vida conyugal, pero la mujer, al abrirse, se lanza al desorden de la orgía. Al volverse otra, con toda la ambigüedad y conciliación de contrarios que esta experiencia conlleva (y aunque sea sólo por unos instantes), ella abandona lo profano para entrar en lo sagrado, en el espíritu e incluso en lo divino, lo cual es también —en García Ponce— el terreno de la representación artística: la religión de García Ponce es el arte, pero el arte es representación, al igual que el erotismo y cualquier otro ritual. El erotismo en la literatura se vuelve entonces arte y elemento indispensable de un universo sagrado. A través de la contemplación, la escritura se transforma en revelación progresiva del “engaño colorido”. Este “engaño” no es, sin embargo, algo sobrenatural, sino manifestación, sentimiento o toma de conciencia. Para Octavio Paz, si el acto poético se halla en la zona de lo sagrado y tanto poesía como religión son revelación y brotan de la misma fuente, la palabra poética “se pasa de la autoridad divina. La imagen se sustenta en sí misma, sin que le sea necesario recurrir ni a la demostración racional ni a la instancia de un poder sobrenatural: es la revelación de sí mismo que el hombre se hace de sí mismo”.
En Crónica de la intervención, al descubrirnos el simulacro, García Ponce se centra en una función metaliteraria que revela los mecanismos de la escritura. Pero —y aquí damos un paso— lo que nos revela el arte en sí posee implicaciones religiosas y místicas, de modo que el terreno de lo metaliterario se torna también metafísico. Esta es una de las complejidades de la escritura de García Ponce, que la alejan totalmente de erotismo frívolo o superficial, de las tramas minimalistas de la pornografía o de cualquier novelita ligera, de esas que tan de moda están actualmente.