Juan Antonio Rosado
Agustín de Hipona —conocido por sus simpatizantes como San Agustín— escribió una frase que cualquier lector puede corroborar si se toma la molestia de ojear (sin hache) —sin si quiera leer detenidamente— su libro De la utilidad de creer (capítulo vii, Obras de San Agustín, tomo iv, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1948, p. 855). La frase a la que me refiero le hubiera ahorrado al mundo occidental miles de millones de litros de sangre, masacres, “cruzadas”, la terrible inquisición y otras tantas atrocidades contra paganos y herejes, y que Deschner ha analizado en su Historia criminal del cristianismo. Cita a continuación al doctor Agustín de Hipona: “Declaro que nuestra alma, aprisionada y hundida entre el error y la estulticia, anda buscando el camino de la verdad, si es que la verdad existe. Si en ti no sucede así, perdóname y comunícame tu sabiduría; pero si también en ti descubres lo que acabo de decir, entonces vamos juntos en busca de la verdad”.
Cuando uno repasa las múltiples contradicciones que —desde sus orígenes— han mostrado todas las sectas y religiones que le rinden culto a la figura de Cristo, no puede menos que dudar de una verdad y adoptar la pluralidad y el relativismo cultural como máximas para la mejor convivencia. Así lo entendieron los jainas seis siglos antes de nuestra era: no hay verdad, sino verdades. Así lo demostró también la filósofa Hipatia, directora de la Biblioteca de Alejandría. Se afirma que esta mujer era tolerante hacia las diferentes formas de pensar o creer. Entre sus discípulos, esta filósofa, matemática, astrónoma y escritora, admitió a todo tipo de gente y a personas de todas las religiones de la época. Sin embargo, la intolerancia cristiana acabó con ella. Lo más probable —todo apunta a este hecho— es que el obispo de Alejandría la haya mandado matar. Un grupo de cristianos la desolló con conchas y destruyó su obra completa (también destruyeron una de las obras más importantes del filósofo Porfirio y la gran mayoría de los textos de Safo, entre otros miles de manuscritos, para no contar los códices prehispánicos que Diego de Landa hizo quemar).
El grupo de bandidos que mató a Hipatia, por supuesto, creía en la verdad. Así se inició la intolerancia que caracterizaría —hasta la fecha— a la religión de Saulo de Tarso. Este fue el principio de la ruina del mundo antiguo, con toda su pluralidad y su moral, cuyos máximos valores adoptaría la nueva religión, apropiándoselos sin darles casi nunca crédito a quienes los forjaron.
