Patricia Gutiérrez-Otero
Martin Scorsese ofrece una película que parece mirar y no juzgar —con algunas escenas simplonas con las que algunos ríen—, pero que podríamos considerar crítica del sistema americano basado en ganar dinero, poder, placer a cualquier costo, y en donde cualquiera es comprable y vendible; en el que prevalecen los blancos y antiguos protestantes, pues no hay personajes principales de otras razas (salvo uno secundario que curiosamente es asiático y otro aparentemente judío, actualmente dos de las fuerzas motoras del dinero en Estados Unidos). La película dura tres horas, varias veces uno voltea a ver el reloj, deseando que el tiempo pase más rápido o que el drama se desencadene, aburrido de tanto ver lo mismo: sexo, drogas, parrandas, truculencias bursátiles.
En el prólogo, el personaje principal, Jordan Belfort, es iniciado en el “oficio” de corredor por alguien que ya tiene el camino avanzado y que le recomienda tres puntos que llevan al éxito: que no le importen sus clientes siempre y cuando pueda ganar de ellos, que no deje de lado el uso de la cocaína para estar ágil mentalmente y que se masturbe con frecuencia para reducir la tensión nerviosa. Belfort, protagonizado por Leonardo DiCaprio, quien no actúa mal, pero en cuyo lugar hubiéramos deseado ver a uno de los magníficos actores estadounidenses ahora demasiados grandes para jugar ese papel: Jack Nicholson, Robert de Niro, Al Pacino, quienes con leves toques saben imprimir al personaje el tono exacto y único que le corresponde a él y no a otro, es un tipo astuto y ambicioso. Para él, la mentira manejada astutamente con quien tiene necesidades y a quien también despierta ambiciones es generadora de riqueza, excesiva riqueza. Todo es excesivo. Scorsese parece complacerse en el aburrido exceso, mientras el espectador espera que suceda algo que imprima acción en la trama, porque incluso el montaje parece lento para el tipo de argumento que trata.
La intervención del FBI precipita la acción. Podríamos hablar de ilegales contra legales, pues la película no da pie a hablar de moralidad. Belfort es el tipo de sujeto que parece corresponder al tipo psicópata en quien el sentido del mal y el bien están ausentes, y la gente a su alrededor también. ¿Es así la sociedad que refleja? Lo que la película dice es que se está quebrando la Ley y que se debe pagar por ello, salvo si cooperas con ella. Todos los “valores” de una sociedad parecen romperse: la confianza, elemento esencial para la cohesión social, es el principal, pues el emporio de Belfort, Stratton Oakmont, se construyó sobre la mentira dicha a los clientes. Pero luego también la amistad, pues para salvar el pellejo, se coopera con la Ley, los amigos traicionan, se traiciona a los amigos. La familia: la mujer abandona al caído “Master of the Universe”. Sólo quedan los padres, quienes también fueron cómplices, pero que quizá pertenecen a otra generación. Al final, sin embargo, Scorsese cierra con la exaltación del “cabrón”. El más cabrón de todos, Belfort, al salir de la cárcel, será el mejor vendedor del mundo y recomenzará, quizá.
Además de lo largo y aburrido de la cinta —cinematográficamente no aporta nada— nos quedamos sin saber si la mirada de Scorsese pretende sólo mostrar lo que sucedió con Jordan Belfort, si se solaza con este tipo de vida o si hace una crítica al modelo norteamericano de “tener y poder” que domina en la época actual y al ser amoral que vive en él. Muchos podrán ver una crítica al mundo de la bolsa de valores y al sistema liberal norteamericano, pero otros un ejemplo a seguir en su vida: el del gran cabrón.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.
pgutierrez_otero@hotmail.com
