Juan Antonio Rosado
No hay nada mejor para controlar que la lengua, en la medida en que ésta encierra una visión del mundo, un modo de percibir el espacio y el tiempo, pero también una tradición cultural que puede multiplicarse por cada disciplina o área del conocimiento. Una lengua, en consecuencia, puede implicar una tradición mítico-religiosa, literaria, jurídica, económica, política, artística, etcétera, que por supuesto es susceptible de modificarse, mas siempre en la proporción en que también la lengua, de algún modo, se modifique, aunque sea sutil, paulatinamente.
Ejemplos de lo anterior sobran. Cuando los visigodos penetraron en Hispania, los hispánicos, ya romanizados, tomaron muchos vocablos de la nueva lengua germánica, pero se resistieron a cambiar su latín por aquella. Continuaron hablando la lengua latina, y fue tal la resistencia lingüística, que los mismos visigodos, a pesar de ser los conquistadores, adoptaron el latín en su versión dialectal hispánica, por supuesto. La resistencia contra la conquista árabe en la península fue, en una gran medida, una resistencia lingüística. Las lenguas romances que se produjeron en las distintas regiones de Hispania —incluido el castellano— adoptaron muchas palabras árabes, mas esta lengua semítica no desplazó a los romances.
Siglos después, Antonio de Nebrija se dio cuenta de que la lengua es un gran instrumento de control y por ello, en 1492, antes de que Colón llegara al Nuevo Mundo, publicó la primera gramática del entonces castellano. Así se justificará este autor ante el rey: después de que Vuestra Alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos bárbaros i naciones de peregrinas lenguas, e con el vencimiento aquellos ternían la necesidad de reҫebir las leies quel vencedor pone al vencido, e con ellas nuestra lengua, entonces por esta mi Arte podrían venir en el conocimiento della.
Nebrija se refería a la expansión del reino hacia el norte de África, y curiosamente su gramática nunca será utilizada en América, aunque sí la idea de la lengua como compañera del imperio.
Por ejemplo, a mediados del siglo XVI se percibió como un peligro que las lenguas indígenas se expandieran más. Muchas insurrecciones de indios se produjeron porque ellos se comunicaban entre sí en náhuatl. Paradójicamente, fueron los españoles quienes lograron que se hablara el náhuatl en una extensión territorial mucho mayor a la que esta lengua logró durante el imperio azteca, pero luego esta lengua trabajaría en contra del imperio, de ahí la nueva necesidad de uniformar, actitud que cobrará tintes siniestros en épocas posteriores, y ya descaradamente violentos en los fascismos. No obstante, como ya no puede echarse en reversa la historia, nuestra actitud actual debe consistir, por un lado, en respetar las lenguas indígenas y promover su uso no sólo para fines literarios, sino para salvaguardar las tradiciones, y por otro lado, defender la lengua española como elemento cohesionador de toda la América hispánica: defenderla contra el cada vez más lamentable pochismo de los locutores y “comunicadores” en general.
