Eve Gil
Fenómenos y circunstancias que creemos contemporáneos, producto de un sistema político/económico que puede ser cualquier cosa menos humanista, se remontan a tiempos inmemoriales… antes, quizá, de que Platón advirtiera contra los “peligros” de la imaginación en el arte. Los caciques culturales, los críticos autoritarios o “modistos” (Serna dixit), los académicos fascistoides y los oportunistas zalameros, podrían ser enlistados entre las profesiones más antiguas del mundo, y no es albur, y como lo documenta Enrique Serna en su ensayo Genealogía de la soberbia intelectual (Taurus, México, 2013), tiene su origen en el control férreo de los diversos cultos religiosos o esotéricos sobre sus acólitos y el afán de custodios, muchas veces autoungidos, de la Palabra Sagrada que debía ser entendida según la interpretación y/o conveniencia de los pontífices, para controlar a las masas. Actualmente, por ejemplo, la poesía empieza a volverse tan críptica como el lenguaje académico, y cita a Philip Larkin en la página 188: “(…) El lector ya no parece estar presente como antes en la mente del poeta (…) Gracias a una astuta confabulación entre el poeta, el crítico literario y el académico (tres clases indiferenciables en la actualidad), no es exagerado afirmar que el poeta ha conquistado la feliz posición en la cual puede elogiar su propia poesía en la prensa y explicarla en el salón universitario, sin necesitar la aprobación del lector, que ha sido hábilmente embaucado para renunciar a su principal derecho de consumidor: decir que algo no le gusta”.
A través de los siglos, la cosa no ha cambiado, o cambiado casi nada. En algunas épocas, el medio académico-intelectual asimiló el hermetismo propio de las sectas religiosas, mientras que en otras, ha reproducido el boato de las cortes monárquicas. Aunque Serna no lo especifica en su libro, donde sin embargo dedica abundantes páginas a explicar la evolución —¿o involución?— de la cultura literaria en México, personalmente considero que la situación actual en nuestro país combina un poco de ambas: las cofradías no están reñidas con la Corte, de hecho, las circunstancias han propiciado que aquellas se afilien a ésta, donde sin embargo se efectúa una jerarquización de las mismas. Esta circunstancia origina un distanciamiento entre los creadores literarios y el gran público, un empleo utilitario de la crítica literaria dirigida a festinar a los poderosos y no a orientar a los lectores, y, la peor de las lacras: un reparto voraz e indiscriminado de apoyos económicos para la creación artística, los cuales provienen del vapuleado erario: “Cuando un crítico pone en duda el valor literario de una vaca sagrada con pensión vitalicia, no sólo demerita una obra: denuncia un fraude a la nación” (p. 162). Los laureles, en efecto, no los ciñen los autores más seguidos y amados por más lectores (contribuyentes), sino los más expertos en relaciones públicas… aunque carezcan de lectores.
En el mismo tenor, Serna reproduce una crítica del doctor Samuel Johnson (1709-1784): “Abundan los personajes cuyas obras son hoy perfectamente desconocidas y que, sin embargo, fueron consagrados por sus contemporáneos (…)”.
Pero Genealogía de la soberbia intelectual es mucho más que una denuncia; más, mucho más que un análisis sociológico de la tergiversación de lo que debió ser la noble finalidad de la cultura —transmitir arte, educación, conocimiento y sensibilidad— y de los personajes que contribuyeron a lo bueno y a lo malo de este constructo social; más aun que una revisión histórica de la historia íntima de la literatura y una aplicación psicoanalítica de los egos desmesurados que pretenden imponer cánones, modas y estilos, sin tomar en cuenta al receptor por naturaleza de estos experimentos: el lector. Ese personaje difuso y sin rostro que, por momentos, adquiere una presencia física a lo largo de este ensayo. Serna hace referencia a “la bestia”, aludiendo a las muchedumbres que acudían a aclamar o a abuchear, lo mismo da, las obras de Lope de Vega, y que no se diferencian en mucho a su equivalente actual, esos consumidores de televisión y libros ligeros a quienes los actuales intelectuales miran por encima del hombro, y aunque no puede decirse que Lope de Vega se encuentra en las antípodas de éstos —había un cierto desdén de fondo hacia las masas para quienes escribía— es un hecho que se ha abierto una brecha a punto de volverse insalvable entre los escritores y sus potenciales lectores, y Serna dedica buen trecho de su libro a explicar por qué, y en qué punto de la historia empezó este quiebre, que por momentos, en los mejores, llega a ser una relación amor-odio. Los críticos a quienes Serna denomina “modistos” son precisamente aquellos que pretenden regir los gustos del público, como harían Oscar de la Renta o Valentino dictando tendencias para el verano, y los críticos, al menos los mexicanos (los oficiales, los más renegones por excelencia), han decidido que la “gran literatura” es un acto onanista, un diálogo de sordos, un experimento lingüístico… reniegan incluso de los géneros (algo francamente absurdo, estoy de acuerdo) y cada vez salen más libros que no son novela, ensayo, relato ni nada. Si por ellos fuera, la literatura sería una dictadura y no un acto de creación voluntaria e individual.
No es la primera vez que Enrique Serna manifiesta su indignación por estas circunstancias, especialmente delicadas (y criminales) en un país tan escaso de lectores como el nuestro. Su magistral novela El miedo a los animales es una espléndida sátira, disfrazada hábilmente de novela negra, que ilustra cómo se reparten privilegios los intelectuales allegados al poder, y la cual le acarreó la enemistad de aquellos a quienes les quedó el saco. Al mismo tiempo, nos conquistó a montones de lectores que hasta la fecha no nos perdemos uno solo de sus títulos. Serna puede darse el lujo de hablar de estas cosas sin que nadie lo juzgue amargado, o lo despoje de su sólido prestigio, pero lo más loable es que esa misma indignación lo ha llevado ahora a hurgar en el pasado, en la historia universal de la cultura, en cómo funciona la cultura oficial en el extranjero, si es que tal cosa existe. El resultado: un soberbio ensayo —“soberbio” en su acepción positiva— que no escatima en información pero tampoco en verdades incómodas.
