Charla con Guillermo Arreola/Autor de Traición a domicilio
Eve Gil
Aunque existen artistas interdisciplinarios que han logrado hacer convivir naturalmente sus facetas creativas, hay otros que llegan a sentirse presionados por su entorno para definirse en un solo campo. Es el caso de Guillermo Arreola (Tijuana, 1969), quien finalmente, tras un fuerte conflicto interno, decidió que puede, perfectamente, compaginar pintura y literatura; más aún: volverlas simbióticas. “Se necesita uno asumir como doble o triple. No hay que ponerse tanto obstáculo.”
Un alto en el camino
Reconocido artista plástico, había publicado, ocho años atrás, una novela titulada La venganza de los pájaros que obtuvo excelentes comentarios por parte de la crítica, lo cual no impidió que su autor se volcara de nuevo en la pintura e hiciera de lado la escritura hasta 2013 en que publica Traición a domicilio (Joaquín Mortiz), que reúne varios relatos e incluye aquella exitosa novela que muchos dieron por debut y despedida.
“Tenía necesidad —dice— de hacer un alto, entré a una crisis como pintor, pero también como escritor y tenía una necesidad muy fuerte de completar y redefinir, para mí mismo, mi postura ante ambas disciplinas. Creo que por muchos años las hice convivir de manera poco amistosa, siempre estaba tratando de dilucidar cuál de las dos era más importante, y de pronto me doy cuenta que son parte de lo mismo, que no tienen por qué estar enemistadas. Me ha sido muy sano poner distancia y observar y hacer una organización mental y física. Un artista tiene que ser generoso para con su arte pero sin dejar de ser crítico. Esto requiere muchísima preparación, aunque yo soy autodidacta.”
Respecto a su primera —que no última— novela, Arreola, a quien entrevistamos en su momento cuando La venganza de los pájaros era una novedad publicada por el Fondo de Cultura Económica, con una preciosa portada que reproducía uno de sus cuadros, y de la que, dije entonces, se trataba de una novela-mural, dice:
“Esta novela la escribí justo cuando estaba plenamente convencido de que debía elegir entre pintura y literatura, y en ese momento todo parecía indicar que optaría por lo primero. Todo lo que yo había hecho hasta entonces había sido, como diría el título de una novela de Héctor Manjarrez, por «la maldita pintura». Hay en efecto, una intención plástica. Intenté contenerme, pero el pintor está allí, como lo está en un par de cuentos. La presencia de la pintura está también a través de personas muy localizables, Teresa del Conde, Francisco Toledo, hay una mención a Raquel Tibol, y me interesaba incorporarlos como actuantes. Es una forma de agradecimiento a gente que, considero, ha dado muchísimo a la pintura.”
Arreola, sin embargo, dejó de publicar, pero nunca de escribir, y su escritura se parece mucho a su pintura: ambas flirtean con el surrealismo y son, al mismo tiempo, hiperrealistas, y en su discurso literario salen a relucir pasajes abruptos e inquietantes que remiten a pinceladas.
Una parte autobiográfica
Tanto en una como en otra está muy presente la infancia, pero no la infancia como momento autobiográfico sino como nostalgia del adulto respecto a esa etapa de la vida en que nada es imposible.
“He tratado de identificar esta parte autobiográfica, no vivencial, lo cual es una necesidad en todo creador —dice, cuando le comento que el protagonista de La venganza de los pájaros es pintor incipiente, un niño que traduce su personal visión del mundo en dibujos—. El principio creativo, en crudo, es ser quién realmente se es a través de lo que se pinta, de lo que se escribe, de lo que se baila. Las cosas que parecieran de origen autobiográfico, al pasar por el tamiz creativo, se convierte en otra cosa. Me siento desvinculado de lo estrictamente autobiográfico. Claro, puede haber elementos, pero igualmente se transforman. Aquí, lo autobiográfico está más cercano a la sensibilidad. Por eso es maravilloso que ocurran las crisis, que te dan posibilidad de decidir.”
“Hay otra parte —agrega— definitivamente autobiográfica en realidad con la vida alterna que vas creando, imaginativamente, y aunque yo no haya vivido algunas cosas que narro, me hubiera gustado hacerlo, y ahí es donde interviene lo autobiográfico con respecto a un mundo intangible. Me interesan muchísimo las vivencias creadas, esa parte de ilusionista. Somos también lo que imaginamos, es como tener una memoria prestada. Los recuerdos están mutando continuamente, ¡sobre todo si son compartidos!”
Los personajes femeninos desfilan en tropel por los relatos de Guillermo Arreola, y él parece muy cómodo en ese mundo impenetrable para la mayoría de los hombres, y no pocas mujeres escritoras que se sienten obligadas a renegar de esa faceta:
“Abordar ciertas cosas a través de la mirada femenina es más impactante. Si hubiera recurrido a hombres, no dolerían tanto, creo yo. Tiene que ver también con una necesidad de empatía, en un sentido casi de fusión. Todos los artistas han intentado ponerse en los zapatos del sexo contrario alguna vez. Lo he imaginado. Imaginas, luego sientes. O sientes e imaginas. Y llevar esa libertad de imaginar, es dártela de sentir también, y de ese ejercicio surge esta obsesión. Sin embargo, no adquirí conciencia de la predominancia de género hasta que tuve el libro terminado. Actualmente trabajo en la vida de Miguel Rodríguez Lozano, y no sabes la tirria que me ha provocado el personaje de Nahui Ollin, que fue su esposa, pues la sociedad le acomodó muchos chingadazos y tuvo un final horrible.”
Varios de sus personajes femeninos confrontan la mirada masculina, pero Arreola no se limita a codificar esa mirada: centra la motivación del relato en la reacción de la mujer ante la misma:
“Al mismo tiempo que la mujer parece estar siempre en el centro, no se le puede ver en esta y muchas culturas. Al ponerla en el centro, de alguna manera, la alejan. La forma en que se valora lo que siente el corazón de una mujer, es falso. Vale más lo que imagina uno que siente una mujer, que su derecho a actuar. Cómo es su cuerpo frente a una cultura, por ejemplo, la de Estados Unidos. Todo esto lo atribuyo a una libertad mía relacionada con una necesidad de comentar cosas relacionadas con otros ámbitos.”
Para concluir, el pintor y escritor agrega que no solo ha logrado reconciliar esas dos necesidades expresivas, sino que ha incorporado otra más:
“No lo pude evitar y me metí al teatro, en la parte de producción. La obra se titula Drenaje: parte de un paisaje. Este proyecto nació en el contexto de mi trabajo pictórico, y decidimos llevarlo a cabo sin ninguna petición de apoyo institucional porque la pulsión creativa no la puedes frenar para que funcionarios revisen la documentación. Además, me atrajo la posibilidad de incorporar el planteamiento teatral a la forma pictórica. Son dos mujeres y trata sobre la relación entre mujeres y el arte y nos salió muy bien.”
