A propósito del libro de Héctor Anaya
Blanca Lolbee
En Confieso que he vivido, Pablo Neruda con esa poesía tan suya, y ese dominio tan amoroso de nuestra lengua escribió: “Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”
Y sí, aquella fue sin duda una gran herencia, pero tuvo su pérdida; los pueblos originarios de esta parte del mundo tenían sus propias lenguas, sus formas de comunicarse, sus costumbres y sus creencias; bajo las nuevas circunstancias tuvieron que cambiar no sólo sus palabras sino su religión, algunas costumbres e incluso, su visión del mundo igual que la de los que llegaron.
Esa es una historia que conocemos de sobra, es al mismo tiempo algo que se ha repetido en incontables ocasiones en los muchos años de existencia de este ya viejo planeta.
Siglos después de aquellos hechos, de aquel encuentro de dos culturas que dio origen a una nueva; Amado Nervo, otro gran poeta, hablaba de nuestra lengua en un estudio que se llama “El castellano en México, filosofía comparativa”. El nayarita mencionaba dos grandes corrientes de extranjerismos que estaban penetrando el habla de nuestros predecesores: el inglés y el francés. En el primer caso, decía Nervo, afectaba fundamentalmente a los hombres de negocios que encontraban en aquella lengua “vocablos, giros, modismos, que designan cosas, acciones y operaciones para las cuales no hay palabras en castellano”. En el caso del francés, decía que influía solamente en los intelectuales y escribía: “ha modificado considerablemente el léxico y el estilo de la gente nueva, pero no ha perjudicado más que a los ignorantes, que adoptaban una recién venida palabra francesa sin conocer su equivalente castellana” “en cuanto a los otros -decía el poeta- les ha aprovechado dándoles medios de expresión sólo donde no los había, y volviendo más maleables y ágiles su estilo y su pensamiento”.
Estas dos corrientes, sin embargo, afectaban a una muy reducida parte de los mexicanos y dejaban que el resto, la gran mayoría, siguieran expresándose con aquellos vocablos tan ricos y generosos que tenía desde entonces el castellano de México, que era a la sazón, resultado de la combinación del castellano de los conquistadores y las ricas lenguas indígenas con las que se mezclaron.
Hoy es nuestro querido Héctor Anaya quien se ocupa de hacer notar los cambios, no siempre benéficos, que está sufriendo nuestro idioma y para ello se enfrascó en una investigación que le llevó muchos años y dio como producto El patrimonio intangible. Hábitos, costumbres y expresiones populares.
La lengua es un ente vivo, y como tal cambia constantemente, es multiforme porque obedece a localismos y modismos regionales, y cambia constantemente porque está sometida, entre otras cosas, a los temperamentos de quienes la hablamos. Ninguna lengua es siempre la misma, todos los días sufre cambios porque como digo, es un ente vivo, vital en el mejor y más amplio sentido del término.
Pero también y por las mismas razones, es susceptible de sufrir cambios que en lugar de enriquecerla la empobrecen y lo que es peor, empobrecen a quienes la hablan.
Los ejemplos anteriores me sirven para demostrar que en nuestra lengua la constante ha sido el cambio. El propio Amado Nervo cita preocupado una serie de palabras que el siglo XIX estaban comenzando a caer en el desuso y de las cuales algunas sobreviven incluso hasta nuestros días pero de manera limitada como achacoso, catear o cobertor.
Hoy Héctor manifiesta una justificada preocupación por los cambios que está sufriendo nuestro idioma. Si bien es cierto que el cambio es una constante, como he mencionado antes, también es verdad que en la medida en que por mera pose se adoptan anglicismos, galicismos, slogans o nuevas palabras para definir cosas que tienen nombre en nuestro idioma, es más difícil el entendimiento entre generaciones. (Al paso que vamos terminaremos no entendiéndonos en absoluto).
Y es allí donde se debilita el lazo que sostiene tradiciones y costumbres que son a su vez elemento de unidad e identidad de los habitantes de un país.
Pero no es sólo eso, sino que, conforme adoptamos esos vocablos o expresiones, renunciamos a las que nosotros tenemos y dejamos de usarlas para negarnos de esa manera la posibilidad de una comunicación eficaz, clara, rica. Por el otro lado, perdemos la riqueza de conocimiento que tienen nuestros dichos mexicanos o nuestras hermosas palabras que guardan en muchos casos viejas y bellas tradiciones, insisto: símbolo de unidad e identidad.
Cuando en la lectura de El patrimonio intangible… el lector llega a esa parte del libro de Héctor donde nos cuenta hermosas historias sobre la relación entre Hábitos, costumbres y expresiones populares, además de disfrutar de la belleza de los relatos, aprenderá muchísimo… yo me fui de inmediato a la del anillo de bodas.
Esas historias, por cierto, nos permiten un mayor enamoramiento de nuestro idioma, cuando conocemos el origen de aquellas tradiciones o costumbres que durante muchos años le han dado sentido a nuestras celebraciones las amamos más y comprendemos la importancia de mantenerlas hermanadas con nuestro bello idioma, con las hermosas palabras del español.
En cuanto a las modificaciones o alteraciones que está sufriendo nuestro idioma en este país, entiendo la preocupación de Héctor, la comparto en cuanto a que nos hará más difícil la comunicación entre unos y otros; la comparto en la medida en que empobrece nuestro idioma y dejamos de usar bellas palabras para reducir y empobrecer nuestro castellano de México; la comparto en lo que se refiere a la nula sabiduría que aportan los dichos modificados y mezclados con elementos de la modernidad que no aportan absolutamente nada; la comparto en la medida en que al perder nuestros dichos y expresiones populares perdemos también identidad y olvidamos nuestras tradiciones.
Sin embargo acepto los cambios indispensables, aquellos que vienen de la necesidad de dar nombre a nuevas cosas que no lo tienen en nuestra lengua. Pero como a Héctor, me preocupan aquellos que lejos de mejorar la comunicación de unos con otros la limitan y ocasionalmente la vuelven imposible. Aquí, me uno a la defensa que Héctor hace de nuestro idioma como lo hablamos aquí en México, con sus hermosos matices regionales.
Acepto también que es un proceso natural que nuestras tradiciones sean modificadas, como lo fueron durante la conquista, el virreinato y los distintos periodos por lo que ha transitado este muy joven país, pero quisiera que fueran un reflejo de lo que somos hoy y no una burda imitación de aquellos con los que aspiramos a compararnos.
Aún nos falta mucho por ver, sólo espero que a partir de ya, cada uno de nosotros seamos capaces de tomar una iniciativa propia y muy sencilla: hablar bien y enseñar a los más jóvenes a hacerlo también, bien porque si aprenden mal, sabemos que “árbol que crece torcido, jamás su rama endereza”. Y como “a grandes males grandes remedios”, lo mejor es que desde chicos todos aprendamos a hablar correctamente porque “lo que bien se aprende jamás se olvida” y así, si hablan bien desde pequeños podrán decir ufanos “como me la pinten brinco, y al son que me toquen bailo”, lo que significa que si saben hablar bien su lengua materna seguramente podrán aprender a hablar bien una segunda y no llevar los errores de una a otra y demostrar que en este caso “el que a dos amos sirve con alguno queda mal”, y en la eventualidad de no darse a entender claramente les puede pasar lo que “a la perra de tía Cleta que la primera vez que ladró le rompieron la jeta”.
Por el otro lado, una persona que medio habla un idioma y no respeta el propio será “aprendiz de todo y oficial de nada” no podrá superarse porque como “Dios los cría y ellos se juntan” será el claro ejemplo de que “el que nace pa´maceta no pasa del corredor”. Héctor no hace una “tormenta en un vaso de agua”, el escribió El patrimonio intangible porque sabe que “no se puede tapar el sol con un dedo” y que “obras son amores y no buenas razones”.
Por lo pronto yo, como comunicadora, como alguien que usa todos los días el micrófono y a quien escuchan más de uno (supongo y espero) tengo un serio compromiso con el uso de nuestro idioma. He asumido ese compromiso a cabalidad y cada día hago mi mejor esfuerzo por hablar correctamente. A veces en el quehacer diario nos topamos con errores de todo tipo en las notas que nuestros redactores nos proporcionan, nos vemos en esos casos en la necesidad y en la obligación de corregir y hacerlo bien, en ocasiones se puede, otras no; sin embargo, el compromiso es: hablar bien. Así de sencillo y así de complicado.
Debo mencionar que de vez en vez, en ese diario desempeño de nuestra labor cometemos errores de los que no nos damos cuenta hasta que alguien nos los hace notar. Y claro, los errores suceden porque aprendemos a hablar por imitación.
Les cuento que un día, sin más ni más, comencé a utilizar la expresión “al final del día”. Con toda oportunidad Héctor me llamó y me hizo a ver que en español eso no significa otra cosa que hacia el anochecer, ése es el final del día. Hoy ya no utilizo la desafortunada expresión, a menos que esté muy distraída y no pueda evitar el contagio de tan extendida costumbre.
Como comunicadora insisto, me duele mucho escuchar expresiones inadecuadas en los micrófonos de radio y televisión, de colegas que eventualmente no tienen el compromiso y amor por la lengua que Héctor si tiene.
Creo que el libro de Héctor que hoy nos convoca tiene un gran valor; para mí será de consulta, es un libro, en el que se manifiesta un gran amor por las palabras, por el idioma y por tanto por el país. Por lo pronto, yo ya le tengo su lugar en mi librero, estará con otros como La fascinante historia de las palabras, los diccionarios de la real academia de la lengua española, el Diccionario del español de México y otros que uso con frecuencia, porque todos los días tenemos algo nuevo que aprender de este rico, musical y hermoso idioma.
Quiero terminar citando ahora lo que Ramón del Valle-Inclán escribió en La lámpara Maravillosa y que explica en pocas palabras la importancia de hablar bien: “Son las palabras espejos mágicos donde se evocan todas las imágenes del mundo. Matrices cristalinas, en ellas se aprisiona el recuerdo de lo que otros vieron y nosotros ya no podemos ver, por nuestra limitación mortal, aun cuando todas las imágenes y todos los verbos sean eternidades en el seno de la luz”
Yo afirmo: dicen que somos lo que comemos, yo digo también somos lo que somos, por lo que hablamos y cómo lo decimos.
