Roger Ferbad

Era un hombre taciturno que detestaba la fama y sus consecuencias, como por ejemplo, ser acosado por los periodistas. En una de las pocas, pero afortunadas ocasiones que conversé brevemente con Juan Rulfo, se me ocurrió decirle: maestro, no se preocupe, no pretendo entrevistarlo, sólo quiero una respuesta suya que, sin duda, será muy útil para los aspirantes a escritores.
Y sin darle tiempo a negarse, le pregunté: ¿qué se necesita para poder escribir?
Leer, leer muchos libros, pero sobre todo, leer la vida, dijo el narrador jalisciense. Me despedí agradecido, no necesitaba más, Juan me había confesado la clave de su arte; él era un conocedor del lenguaje de la vida y lo expresaba con su estilo telúrico.
El lenguaje de la vida es semiológico (letras, números, señales, símbolos…) y también es eufónico: la música del mar y de los ríos; el canto de los pájaros; el rumor de las piedras en noches de plenilunio… Otras sonoridades del lenguaje vital son los gritos rebeldes de los que exigen justicia y libertad, y las voces tristes de los que viven en la miseria.
la muerte
Rulfo era un hombre encerrado en sí mismo, pero mantenía siempre los sentidos abiertos. Su mirada, aparentemente serena, era taladrante. Así leía Juan la vida; también la amaba, aun cuando su amor lo compartiese con la muerte.
La muerte es un fenómeno de ausencia, sólo existe lo vital. No obstante, la muerte es imprescindible para que la vida continúe. Juan sabía muy bien esto, pero él quería que la muerte tuviera presencia y expresión en la vida (quizá porque a los ocho años quedó huérfano de padre y madre). Es por eso que en Pedro Páramo Juan convoca a los muertos, los cuales son los verdaderos narradores de la historia, aunque a veces mienten motivados por la ilusión de volver a sentir la vida, como Susana San Juan cuando dice:

Estoy acostada en la misma cama donde murió mi madre hace ya muchos años; sobre el mismo colchón; bajo la misma cobija de lana negra con la cual nos envolvíamos las dos para dormir. Entonces yo dormía a su lado, en un lugarcito que ella me hacía debajo de sus brazos. Creo sentir todavía el golpe pausado de su respiración; las palpitaciones y suspiros con que ella arrullaba mi sueño… creo sentir la pena de su muerte.
Pero esto es falso.
Estoy aquí, boca arriba, pensando en aquel tiempo para olvidar mi soledad. Porque no estoy acostada sólo por un rato. Y ni en la cama de mi madre, sino dentro de un cajón negro como el que se usa para enterrar a los muertos. Porque estoy muerta.

En los cuentos de Rulfo la muerte es también el eje que hace girar la historia: “¡Diles que no me maten!”, “No oyes ladrar los perros”, “Talpa”, “Anacleto Morones”, “El llano en llamas”…

el silencio
El silencio es otro elemento im­portante en la obra rulfiana. No es exactamente carencia de sonido, sino mensaje extraño. En la novela hay varios momentos en que se siente el misterioso mensaje del silencio: “Y aunque no había niños jugando ni palomas ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio”…
Recordemos también un diálogo del relato “Luvina”:

—¿Qué es? —me dijo.
—¿Qué es qué? —yo le pregunté.
—Eso, el ruido ése.
—Es el silencio. Duérmete.

poesía rulfiana
En la desnudez de su lenguaje Juan Rulfo nos obsequia una poesía telúrica que habla del polvo y las piedras calcinadas. Es poesía de la soledad, el viento y las “plantitas tristes”, como en este fragmento de “Luvina”:
Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños, pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer a las dulcamaras, esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra…

homenaje
El 7 de enero de l986 murió Juan Rulfo. Yo quiero rendirle un homenaje póstumo, el cual deseo resulte una profecía: Una noche en una cabaña sobre una colina, un viejo se asomará por la ventana, contemplará la lluvia y le dirá a su robot: Enciende la chimenea, Kit. Esta lluvia tenue inunda mi alma de melancolía y adormece mis sentidos. La noche es ideal para escuchar una historia que tenga sabor a tierra y olor de humo; que sea mágica como los sueños, que añore la vida y cante a la muerte y al amor fugaz.
Y el robot erudito, dueño de una memoria infalible y una voz rica en matices, iniciará la narración de una novela alucinante: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”…