Son obra de su director

José Elías Romero Apis

La existencia de pactos políticos obliga a la sabia coordinación de las fuerzas a las que integran. De allí la importancia, en la real política, de conciliar el alcance de las ideas con la potestad de los hombres. Es cierto que se gobierna con los hombres y ello obliga, o debiera obligar, a todos los partidos a realizar los mayores esfuerzos para lograr una seria selección de sus mejores militantes, para postularlos a las mayores responsabilidades de gobierno.

Pero también es cierto que no se gobierna sólo con hombres sino, esencialmente, con ideas. Y que la complejidad de las grandes sociedades modernas obliga a gobernar con miles de hombres, enclavados en los diversos poderes de las diferentes esferas de gobierno, cuyas ideas individuales, aun siendo valiosas, constituirían una debacle si no se contara con la idea de partido, más tarde validada por el voto electoral como ideario de gobierno y, en la eventualidad del consenso nacional, hasta en razón de Estado.

Algún día le hice una pregunta al director y fundador de la orquesta sinfónica de mi estado natal. Enrique Bátiz me confirmó que, efectivamente, los directores de orquesta no señalan, con su batuta, las notas que se están ejecutando sino las que se van a ejecutar en lo inmediato. Ello es de la mayor importancia para la coordinación y la armonía del conjunto. Además, requiere del toque personal de la inspiración, la pasión, el sentimiento, el estilo y todo aquello que imprime el sello individual que cada artista confiere al arte.

Por eso la interpretación orquestal tiene que ser la obra de su director. Un solo carácter que, al ser acatado por todos, permita identificar cada estilo y cada mensaje de una misma composición y hasta de una misma orquesta, según sea que la esté dirigiendo en esos momentos Von Karajan, Haitink, Baremboim, Osawa, Bernstein, Beecham o Bátiz.

Así es, también, la obra política y su dirección, muy especialmente la presidencial. El jefe de un gobierno es el único que puede anticiparse a lo que vendrá y, de esa manera, prevenir a sus ejecutores para que acierten en el tiempo, la cadencia, el modo, el tono y el ensamble de la actuación de los integrantes de un equipo político. Pero, además de la previsión, la ejecución política requiere del toque personal de la inspiración, la pasión, el sentimiento, el estilo y todo aquello que imprime el sello individual que cada estadista le confiere a su política, bien sea que se trate de Roosevelt, De Gaulle, Nixon, Churchill, Mao Tse Tung, Nasser o Calles.

La orquesta política descoordinada y desprevenida puede convertir el mejor de los proyectos políticos en un monumento de lo estúpido y de lo inútil. La más inteligente de las proclamas políticas se volvería insoportable si cada ejecutante actuara a su manera o a su criterio. En eso reside la mayor virtud de los verdaderos directores de equipo.

 

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