Patricia Gutiérrez-Otero
Entre las lecturas de estos días retomé varios clásicos de la literatura. Bola de sebo de Guy de Maupassant, finales del siglo XIX francés, es un cuento magistral que me hizo pensar, trasladando ese tiempo al México contemporáneo, lo poco que ha cambiado la hipocresía y cobardía de gran parte de las élites.
La trama del cuento es sencilla; su prosa exquisita. Tras la ocupación por los alemanes de un pequeño pueblo francés, diez personas decidieron salir con un salvoconducto del general prusiano para ir a El Havre. En el coche viajaban personajes representativos de las clases sociales: un mercader de vinos y su mujer; un próspero industrial con su esposa; un conde y una condesa de rancio abolengo; dos monjas; un republicano que decía más de lo que hacía; y una joven mujer de la vida galante, regordeta, hermosa y generosa quien dejaba el pueblo ya que al no soportar ver humillado a su país por la ocupación extranjera intentó matar a un soldado enemigo. Durante el viaje la joven moza, llamada “Bola de sebo” por su gordura, generosamente compartió con todos su comida cuando el hambre apretó con fuerza. Los viajeros que la despreciaban, arrasaron, sin embargo, con sus vituallas y fraternizaron con ella. En el albergue al que llegaron, el oficial prusiano decidió no dejarlos partir hasta que Bola de sebo le concediera sus favores, a lo que ella se negó rotundamente a causa de su dignidad patriótica. Los demás comenzaron a odiarla por ello y tramaron cómo convencerla. Exaltaron continuamente a través de ejemplos el valor del sacrificio en aras de un bien más grande. La joven cedió. El camino se reanudó. Todos la desdeñaron. El hambre se hizo sentir de nuevo. La comida abundó para todos, salvo para la joven meretriz, ignorada por los demás, y a quien no se le ofreció ni un bocado: “Ninguno la miró ni se preocupó de su presencia; sentíase la infeliz sumergida en el desprecio de la turba honrada que la obligó a sacrificarse y después la rechazó como un objeto inservible y asqueroso”. Sus lágrimas, retenidas, rodaron; pero, su porte permaneció más digno que nunca. Su patriotismo y su sentido de la dignidad superaban con creces el de todos y cada uno de los que viajaban en ese carruaje.
¿Cómo no pensar en lo que pasa en nuestro país? En este espacio quiero rendir honor y amor al Movimiento Zapatista de Liberación Nacional que cumple veinte años de su levantamiento tras quinientos de que los indígenas vivan aplastados. Hombres y mujeres que dijeron “hasta aquí de pisotearnos” y que hasta el día de hoy siguen con el rostro tapado, pero en alto. Contra la incomprensión y la indiferencia de gran parte de la sociedad mexicana; el desdeño de las autoridades del pacto de San Andrés Larráinzar; el acoso de bajo nivel, pero permanente del ejército y paramilitares, han construido y siguen construyendo comunidad desde valores indígenas, aceptando lo que quieren del mundo moderno. Son una Bola de sebo no regordeta, pero sí hermosa, generosa, digna, a veces utilizada y renegada, pero que se mantiene, a veces entre lágrimas, erguida. Todos tenemos mucho que agradecerles y, aún más, que aprender de ellos.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.
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