Eusebio Ruvalcaba
Hay música que lo levanta a uno del asiento. Vasconcelos hablaba de esta música, que es para escucharse de pie. No toda la música es así. Pero ésta, de la que estamos hablando, te sacude y te cimbra. Es una música telúrica. ¿Qué se hace cuando se empieza a sentir el temblor, cuando se avecina el terremoto? Simplemente, no puedes seguir haciendo lo que estabas haciendo. Todo tu ser parece responder a la misma llamada. En este caso a la llamada de la belleza. Pero no de una belleza cualquiera.
La Quinta sinfonía de Prokofiev exige todo de quien la escucha. Porque no es posible oírla y permanecer impávido. Miles de terminaciones nerviosas se crispan y te hacen sentir que estás vivo, y que ahora tu alma le pertenece a la música. Para eso sirve la música, para extraerte de la realidad vulgar y elevarte. Cuántas veces buscamos en alicientes artificiales esa sensación. Cuántos individuos no se clavan en las telenovelas, en las noticias tramposas de los manipuladores políticos, en crisis que ni siquiera existen, cuánta gente no se deja manipular exactamente como se manipula a los títeres, y para nada, para hundir aún más tu capacidad de sentir y no se diga tu inteligencia. Siempre he dicho que no hay más que un buen libro, o una buena música, para que el espíritu se sacuda y se quite de encima tanta porquería, que en buena medida recuerdan los vendajes con que se enrollaba a las momias. Eso somos nosotros: momias sujetas a la voluntad de los conductores de masas. Hasta que llama a la puerta una sinfonía como la Quinta de Prokofiev.
A algunos puede parecerles difícil de escuchar. Esta música de ahora, se dirán, que no es más que puro ruido. Y yo les diría que están rotundamente equivocados, que atrás de esos en apariencia tamborazos dislocados hay una armonía del hombre de nuestro tiempo, una música cuyo ritmo no es producto del azar sino que va a la par con las angustias del hombre de la calle contemporáneo. En mucho me recuerda ese ritmo, sobre todo el del segundo movimiento, el allegro marcato, mucho me recuerda al ritmo devastador del incendio de todos esos bosques en llamas que se distinguen desde el espacio sideral y que paulatinamente están destruyendo el acervo forestal del planeta. Pero me recuerda más cosas aquel ataque de la orquesta. Como que no hay otro modo para expresar la indignación. Como que Prokofiev dice con la música lo que un hombre común y corriente, como lo soy yo, no es capaz de decir de otro modo. De verdad que escucho la Quinta de Prokofiev y agradezco haber tenido la oportunidad de oírla. Si hubiese nacido un siglo atrás me habría quedado con las ganas —reflexión absurda pero que en este momento redondea la idea que tengo de la obra de marras.
Pero déjenme decirles algo que les va a llamar la atención, si no es que ya lo saben. Dije esto de la Quinta y su contemporaneidad, pero ahora quiero poner el dedo en la anécdota de las quintas. Por alguna razón que sólo Zeus es capaz de explicar, hay un buen bagaje de sinfonías con ese número que han provocado expectación y delirio. Cómo no pensar en la Quinta de Beethoven. Ésa es la número uno, y es en la que estaba pensando Vasconcelos cuando dijo aquello de que hay música que se debe escuchar de pie. Aquella sinfonía provocó un revuelo inusitado, que cubrió a Beethoven de polémica gloriosa. Pero hay cuando menos dos más: la Quinta de Shostakovich y la Quinta de Mahler. Sinfonías éstas por las que sus autores apostaron y en las que volcaron todo su entendimiento y sabiduría.
Démosle la espalda a la mediocridad y escuchemos esta sinfonía, tal como se escucha la voz del padre cuando nos conmina a salir adelante.
Discografía.
Es un portento la versión de Seiji Ozawa al frente de la Filarmónica de Berlín, en Deutsche Grammophon. Y no se queda atrás la de Bernstein con la Filarmónica de Nueva York en Sony Classical.
