Ricardo Muñoz Munguía

La mirada se enfoca en un punto: en la sociedad. El lenguaje es de un estilo irreverente. Dos aspectos de los que se basa el autor de Fiesta en la madriguera, novela donde el México pletórico de llegas formadas por la corrupción y el narcotráfico, son un escenario al que se suben personajes de un perfil que delinea el dolor de este país: matones, políticos…, que nos llevan por el rumbo de la injusticia que está trazada por la sangre, por los cadáveres que pierden toda importancia, que se vuelven cifras. En sí, una madriguera de un país que juega entre la podredumbre de la sociedad.
Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, México, 1973), también es autor de otra novela, que apunta nuevamente a la sociedad pero que recorre desde otro ángulo a personajes que, contrario a Fiesta en la madriguera, se desenvuelven en la escasez, un lugar normal. Si viviéramos en un lugar normal Anagrama (Narrativas hispánicas), de desde su arranque dibuja los trazos de la irreverencia del lenguaje, lo que atrapa al lector. Las mentadas de madre es la primera cucharada de esta ma­ravillosa obra narrativa, y el autor lo reconoce: “Ya sé que no es una manera adecuada de empezar, pero mi historia y la historia de mi familia están llenas de insultos”. Se trata, entonces, de utilizar el libre enfoque del trato que existe en nuestra sociedad mexicana, en este caso de una familia ubicada en Lagos de Moreno, en los años ochenta, bajo la mirada del Oreo (Orestes), como le llamaba su madre, el segundo mayor en una fila de siete hermanos (Aristóteles, Orestes, Arquíloco, Calímaco, Electra y “los gemelos de mentira” Cástor y Pólux), una mirada “pueblerina del mundo, o sistema filosófico municipal”. La familia de Orestes —un niño recitador, poeta, que se deja ver desvalorado—, integrada por el papá, un profesor de Civismo en preparatoria y la mamá, dedicada a tener a sus hijos con la abundancia de quesadillas e impregnarles el temor de la escasez, y el resto de sus hermanos, se ven envueltos en la desaparición de “los gemelos de mentira”.
La novela de Juan Pablo Villalobos trazada en primera persona, por el niño Orestes, entre sus virtudes está la de crear, o contagiar, la atmósfera de una visión infantil. Es así que nos enteramos de los extraterrestres y presenciamos una aventura. Por otro lado, el sentido de pérdida es una sensación punzante ya sea por las personas, ya sea por el patrimonio; en sí, otro rasgo para sostenernos hasta el final de las páginas.
No podemos soslayar el humor que enmarca la obra de Villalobos, pues el que utiliza es de una precisión sumamente delineada. Con ese atractivo humor, si nos permitimos un receso en el libro, volvemos a él con ese sabor fresco de la risa. Y volvemos al escenario donde abundan las vacas y las quesadillas, las inquietudes provocadas por las clases sociales…, lo que los hace suponer que no están en un lugar normal, como el caso de los tíos del protagonista: “los cuales vivían en el centro, como la gente normal”, y no en el “cerro”. Son escenarios de las derrotas de los abuelos, de los padres, quienes vivieron la guerra entre el clero y el gobierno.