Eve Gil

…la verdad es que yo había ido a alguna parte sola. Mi cuerpo era la manera de decir a la gente que había llegado a ese lugar…
El clóset de la ginebra, p. 283

Parece mentira que Leslie Jamison (Washinton, D.C, 1983) tuviera sólo veintiséis años al momento de publicar su primera novela, El clóset de la ginebra, en 2010. Una gran novela que bien pudo ser escrita por alguien con edad para ser su abuelo… o, en su defecto, una autora de su misma edad, pero de otro tiempo. A lo que me refiero, además del poético y a la vez realista tratamiento de sus personajes y al exquisito trabajo con el lenguaje, es concretamente a la sabiduría vivencial de la autora que hurga sin remilgos ni ascos en las entrañas de los más complejos caracteres.
Los personajes de El clóset de la ginebra (Sexto piso, México, 2013) son esencialmente buenos (lo cual no quiere decir “perfectos”), pero cada uno, sin excepción, parece rodeado de una caparazón que se va resquebrajando conforme avanza la trama, dos narraciones paralelas. Stella, la protagonista, es una joven interesada en el arte pero sin gran talento que no vacila en hacerse cargo de su abuela Lucy, que ya exhibe una senilidad próxima al patetismo pero que, a través de la compasiva visión de la nieta, resulta conmovedora. Lucy empieza a mencionar, obsesivamente, a una segunda hija llamada Matilda, a quien Stella cree imaginaria pues hasta donde sabe, su madre es hija única. Ante la insistencia de Lucy en ver a Matilda, Stella indaga con Dora, su madre, quien le revela el secreto mejor guardado de su familia: la tía Matilda existe, pero nadie conoce su paradero desde que huyó del hogar siendo una adolescente.
Tras la súbita muerte de la abuela Lucy, Stella se impone la misión de buscar a Matilda, a quien Dora se refiere como “Tilly”, partiendo de los últimos y escasos datos que se tienen de ella. No demorará demasiado en encontrarla. La enigmática Tilly, que cobrara una dimensión casi legendaria a través de los relatos de añoranza de abuela Lucy, resulta ser una matrona abotagada por su afición al alcohol, que habita una vieja casa rodante y se sostiene haciendo limpieza en casas y oficinas. El recibimiento inicial no será bueno, lo cual no inhibe a Stella, quien comprende que no puede ser de otra manera tras lo que parecía una ruptura definitiva con su familia, pero Tilly, que en el fondo de su maltratado cuerpo es un ser ansioso de amor, de darlo y recibirlo, cede rápido al encanto de Stella, que tanto se le parece en más de un aspecto, particularmente en su enorme capacidad de empatía.
La vida de Stella no ha sido nada fácil, aunque no tanto como la de la ya no tan mítica tía, que se vio orillada a prostituirse cuando rebasaba apenas la adolescencia para sobrevivir. Y aunque no es inusual que una prostituta neófita quede embarazada, Tilly tiene, a raíz de este “accidente”, el primer golpe de suerte de su vida: el cliente que cree haberla embarazado, un rico fabricante sesentón de sirenas de ambulancias, le ofrece hacerse cargo del bebé, sin que eso signifique que ella no pueda verlo y convivir con él. Así, entonces, Stella descubre la existencia de su primo Abe, un banquero que si bien nunca ha abandonado a su madre a su suerte, no parece dispuesto a hacerle la vida más fácil hasta que no tome con firmeza la decisión de dejar de beber.
Tras convivir varias semanas con la sobrina, que deja su glamurosa vida en Nueva York para mudarse con su tía al pueblo de Lovelock y compartir con ella su miseria y su vida azarosa —acaso por cargar las culpas de la abuela Lucy, de su madre, y las de ella misma, que vive arrepentida de haber abortado al hijo de un amante casado—, y eventualmente hasta sus borracheras, Stella convence a Tilly de rehacerse como mujer, empezando por aceptar las condiciones de su hijo. Abe, un tipo solitario y melancólico que parece vivir exclusivamente para su trabajo, pese a no tener grandes ambiciones de tipo material, no sólo acepta en su casa a Tilly sino que le pide a su desconocida prima, Stella, que se quede para ayudarlo con las eventualidades que conlleva un proceso de desintoxicación.
Leslie Jamison presenta situaciones inocuas y cotidianas que parecieran tener una compuerta que ella abre suavemente para que broten el dolor, la vergüenza, el vómito, la nostalgia, los irreversibles errores de juventud… incluso la putrefacción propia de los seres enfermos, que se descomponen junto con la comida que dejan olvidada. La detallada descripción de la anorexia adolescente de Stella, aunado a su aborto, se mezclan con los aspectos sórdidos de la juventud mucho más lejana de Tilly, y termina por emparentar a las protagonistas, más allá del aspecto sanguíneo. Toda la novela es como un gran abrazo cálido que abarca al lector. El closet de la ginebra, más que personajes, nos regala seres de carne y hueso que terminan por convertirse en parte de nuestra cotidianidad, encanto que el género novelístico, en la actualidad, parece a punto de perder.