Una mala pasada de la historia

René Avilés Fabila

La visita de Enrique Peña Nieto a Cuba hizo que diversos medios recorrieran de manera imperfecta la compleja historia de las relaciones entre esa nación y la nuestra. Hablamos de relaciones en verdad fraternas. Cuando Victoriano Huerta, manipulado por el siniestro embajador norteamericano Henry Lane Wilson, asesinó a Francisco I. Madero, el embajador cubano, Manuel Márquez Sterling, trató de salvar la vida del revolucionario. Al no conseguirlo escribió un libro memorable y hoy poco recordado: Los últimos días del presidente Madero.

La Revolución Cubana, cuyo paso al socialismo marxista fue veloz, puso distancia con toda América, dominada por estados Unidos y sólo México se negó a romper relaciones con el gobierno de Fidel Castro. Para ello, el presidente Adolfo López Mateos se apoyó en los principios diplomáticos de México: no intervención y autodeterminación de los pueblos.

El resto es historia muy sabida y mal interpretada. Con Gustavo Díaz Ordaz la amistad descendió a un punto muy bajo, su feroz anticomunismo y su escaso talento de estadista, lo hicieron cometer atrocidades. Con Luis Echeverría y José López Portillo la buena relación fue retomada y se dieron los primeros encuentros entre Fidel y presidentes mexicanos. Algo semejante ocurrió con Carlos Salinas de Gortari, al tiempo que llevaba a México al neolibrealismo, estrechaba relaciones con una Cuba abandonada a su mala suerte por el derrumbe del mundo socialista.

Ya con la extrema derecha en el poder, el PAN, la vieja y buena amistad llegó a punto de la ruptura. El “comes y te vas” no sólo mostraba la estupidez de Vicente Fox, sino que echaba por tierra la vieja y eficaz diplomacia mexicana, forjada en décadas de luchas anticoloniales. Con Felipe Calderón las relaciones no podían mejorar, estaba tan formado en el anticomunismo como su antecesor.

Peña Nieto fue a Cuba con dos argumentos, de hecho los mismos que manejó su paisano López Mateos, con las diferencias del caso. De un lado llevaba acaso un buen deseo de amistad con el pueblo cubano y su viejo dirigente Fidel Castro; del otro, llevaba una canasta con las bellezas del neoliberalismo, de ese capitalismo salvaje que ha triunfado sobre el socialismo.

Cuba no tiene mucho de dónde seleccionar. Será, como China, un país donde se traten de mezclar algunos aspectos del comunismo, tal vez los peores, y las bondades, todas falsas, del capitalismo. Sin embargo, de los males el menor, Peña Nieto tuvo un gesto interesante al acercarse no sólo a Cuba sino al que fue un líder notable por muchas décadas y supo enfrentar el poder del imperio. Por desgracia, no fue afortunado, la historia le jugó una mala pasada y ahora sólo se trata de salvar lo mejor para Cuba del naufragio.

 

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