Juan Antonio Rosado
En México, a pesar de la victoria liberal en 1867, a pesar de las conquistas de las revoluciones que por desgracia desembocaron primero en la dictadura de Carranza y luego en la mancuerna Obregón-Calles (1920), los frenos al poder han sido casi siempre simbólicos. Así como le ocurre a la izquierda, que sólo ha producido grandes hombres, pero nunca movimientos auténticos, los frenos al poder han permanecido más en el plano teórico que en el práctico, lo mismo que el prurito liberal por la educación de las masas, lo mismo que la divulgación del libre examen y otros muchos ideales que
—de llevarse verdaderamente a la práctica— producirían una democracia real. ¿Por qué?
Una democracia de verdad —con todos sus errores y limitaciones— no puede darse sin gente educada, culta, alejada de las supersticiones y de los fanatismos, sean políticos o religiosos. Si los frenos al poder han sido más simbólicos que reales no sólo ha sido a causa del apoyo militar, sino también por el miedo de la población. Como sabemos, el miedo es el arma de control más eficaz. Las religiones (y no sólo las compañías de seguros) se fundamentan en el miedo y viven de él. El miedo produce el conservadurismo en las costumbres, en las ideas y en las actitudes ante la vida. En algunos pocos, será el escepticismo, pero en la mayoría es el miedo.
Cuando se habla de frenos al poder no sólo se alude a la división de este último para que lo que fue el “gran Tlatoani” —llámese Iturbide, Santa Anna, Porfirio Díaz, Carranza, Obregón o Calles— no haga siempre de las suyas. Al hablar de frenos al poder me refiero a cualquier tipo de poder y a la violencia que necesariamente conlleva, ya sea de modo tácito o explícito. Los poderes tradicionales —político, militar, eclesiástico y económico— implican cierta violencia para mantenerse. En los países civilizados, esa violencia se reduce a la polémica, al razonamiento, al diálogo, a la discusión; en otros, actúa el poder militar o las amenazas de la Iglesia. En la actualidad, hay otros poderes, incluso más eficaces que los anteriores. El mayor es el de los medios masivos de comunicación, que en México se traduce en televisión y radio, ya que aún la mayoría no accede a Internet, en el que hay ya interacción. Pero ningún poder actúa solo. Para que no haya frenos, requiere el apoyo de otros poderes. Hoy, los poderes mediáticos están al servicio de un modelo económico vigoroso gracias a los mismos poderes mediáticos. La buena convivencia entre medios masivos y poder económico es ya prácticamente indisoluble. Ha aniquilado los valores nacionalistas y liberales en el buen sentido del término; ha ayudado a suprimir los frenos al poder eclesiástico, que se ha convertido una vez más en cómplice.
De este modo, con los excesos del poder y la indiferencia hacia la educación de las masas, sólo nos espera una nueva multiplicación de parias e infrahombres (o subhombres, como decía Jorge Icaza), semianalfabetos o analfabetos funcionales, ignorantes, supersticiosos que viven en un miedo perpetuo del que los poderes se nutren para cobrar mayor fuerza.
