Edgar Esquivel

En el movimiento se busca la apariencia, en la inmovilidad la esencia. Sin ser una sentencia o un postulado este enunciado, parte del guión del filme Gefängnisbilder (Imágenes de prisiones, 2000) de Von Harun Farocki (1944), devela no sólo la entraña y alcances del fenómeno del cine, sino de toda ficción. A propósito de las composiciones visuales de éste prolífico realizador alemán, hacedor de un cine inconforme que busca entreverar la doble naturaleza que le atañe a esta arte desde sus orígenes (como instrumento de registro y generador de artificios) para así despojarle de sus constancias nocivas e incluso del anuncio reiterado de su decadencia, vale decir, no sin riesgo, que la ilusión y la realidad no han asumido sus respectivos límites ni su identidad preestablecida.
Farocki desafía las cortapisas de la imagen imposible y ambicionada (la que se ve, recuerda y evoca a contracorriente, a pesar o en contra de la memoria, pero sobre todo la que inquieta y altera) y abre brecha para abonar más interrogantes y posibilidades en la disyuntiva añeja que entraña la temporalidad de los sueños y lo vivido (presente y pasado). No deja de ser fortuito, o desesperanzador, que todo se reduzca a un puñado de impresiones derivadas de un ejercicio de observación cuya certeza no sea más que una jornada más de arar en el mar. Lo que se ve en una pantalla o se lee en un libro producen emociones inmediatas que se tornan recuerdos asociados a retratos y figuraciones de una mirada estrictamente personal. Es inevitable que el ver se corresponda con la experiencia y el anhelo o la frustración: punto nodal de comportamientos e idearios. Más abrupta y compleja debe ser la imaginación del invidente para conformar el radar de su espacio: se escucha o se palpa, pero no deja de haber una construcción del mundo, inasible o maleable. En cualquier caso no se erradica la experiencia de los sentidos.
El cine nació como un portento —reflexiona Susan Sontag— en donde “la transmisión a través de la cámara de un hecho cotidiano fue una experiencia prodigiosa”. Los días de ahora parecen ser los de la imagen omnipresente, vorazmente acrítica, desordenada, y ante ello una alternativa para revitalizar el lenguaje cinematográfico (la cinefilia misma, diría Sontag) es optar por propuestas que eviten darle gusto al público, es decir, erradicar las soluciones fáciles y los caminos donde el espectador tiene todo a la mano. Cometido no inocente pues está de por medio la reinterpretación de argumentos y evidencias que desde una pantalla se observan con fascinación olvidable o franco escepticismo. Cerrar los ojos ante las imágenes, luego ante el recuerdo de las imágenes, o cerrarlos ante los hechos y la relación de ellos es el alegato plausible y vigente lanzado desde el cortometraje pacifista de Farocki Nicht löschbares feuer (Fuego inextinguible, 1969). Mostrar la realidad y sus variantes (mezclar documentales, fragmentos de películas, grabaciones de circuitos cerrados, guiones e intenciones) implica herir sensibilidades. ¿Es inevitable la impresión de que a costa de nuestra cómoda posición en una sala oscura y cómplice se justifiquen el horror o el placer ajenos?
George Sadoul, autor de la inagotable Historia del cine mundial, con autoridad afirma que “el cine alemán es inexistente en un 95 por ciento de 1933 a 1965”. Pero hacia 1970 se puede hablar como tal de un nuevo cine alemán, “uno de los más coherentes de toda Europa, compenetrado con nuestra época y con sus problemas políticos, sociales, estéticos”. Pero si es un oficio del siglo XX esa compenetración tenía que ser exigible. “El cine, que hace desfilar ante nuestros ojos veinticuatro (y en otro tiempo, dieciséis) imágenes por segundo, puede darnos la ilusión de movimiento porque las imágenes que se proyectan en nuestra retina no se borran instantáneamente. Esta cualidad (o esta imperfección) de nuestro ojo, la persistencia retineana, transforma un tizón que se agita en una línea de fuego”.
Harun Farocki, compositor visual y protagonista en la apuesta por hacer del cine una manera de ver y retar la existencia misma, abate y reconstruye la ficción, término que alude a un festín de contrasentidos: fingir, simular, inventar, ilusionar, imaginar, retratar. Los hombres nos topamos con bastante regularidad con situaciones que están alejadas de toda explicación racional —la que evade el fanatismo o meandros de fe— y aún la más evidente nos parece sospechosa. El conocimiento preciso y comprobable, lógico, pierde entonces la batalla y se cede el paso, no sin privilegio, a lo fantástico. Sólo hay una conclusión posible, la misma que advirtiera otro cineasta alemán, Alexander Kluge: “la realidad demuestra tener imaginación”.

Von Harun Farocki es parte de la programación de FICUNAM 2014.