Juan Antonio Rosado
Interpretar es encontrar el sentido indirecto, no literal, de cualquier fenómeno, sea onírico, científico, sensorial, material o artístico. Si el sueño, la ciencia o la literatura son representaciones, la realidad —como sostienen filosofías como el Vedanta— es también representación. Dicha idea, retomada por Schopenhauer, implica un mundo interpretable. Sin embargo, así como hay artistas que no dominan su técnica y fingen hacerlo, y artistas que no sólo la dominan, sino que son capaces de ir más allá al plantear nuevas propuestas, así hay malos y buenos lectores de la realidad, buenos y malos intérpretes. Hay quienes, al leer, introducen elementos extratextuales, sobreinterpretando el objeto y creando diagnósticos falsos, pero también hay quienes se ciñen al texto, a sus elementos, y hallan —con ojo clínico— asociaciones, símbolos, paralelismos, analogías y otros ingredientes que pudieron haber pasado desapercibidos por el autor: nadie es dueño exclusivo de lo que escribe. La realidad es como un libro. ¿Narración con final inesperado?
Así concibe el mundo Mario Calderón, intérprete de los ámbitos externo e interno. Él sabe que una realidad interna requiere una externa para vivir, pero también que no hay gratuidad en el encuentro, y que las cosas significan algo: no son meros significantes. Su método hermenéutico no se rige por el “azar”: involucra el sicoanálisis, la física, la antropología y las ciencias del lenguaje. Su marco teórico es sólido y el intérprete se rige por la observación del entorno. Lo que llamamos “realidad” posee una estructura (es un tejido), como la tienen los textos literarios, interpretables a partir de la semiótica, por ejemplo, de Iuri Lotman. Calderón aprovecha para criticar la noción occidental de signo.
El autor también se sustenta en el paradigma del “lenguaje”. La reflexión sobre el sentido es esencial, pero este concepto debe aplicarse, no al humano en su discontinuidad, sino como parte de un entorno, y al entorno mismo. No hay personaje sin escenario. No somos autónomos. Nuestros proyectos tienen que ver con lo que nos rodea. Así como es imposible comprender las partes sin el todo, no puede entenderse el todo sin sus partes. El ensayista, al asumir que la realidad posee una estructura, y que ésta funciona como obra literaria —dicho sea de paso, es también al revés: la obra literaria funciona como una realidad limitada por el lenguaje—, lo hace con mirada interdisciplinaria. Teoría literaria, ciencias del lenguaje, semiótica y lingüística se interrelacionan con filosofía, historia, antropología y sicología (Freud y Jung). La física dialoga con las demás.
La propuesta parece lógica. Si los campesinos leen el entorno para determinar si lloverá o no, es posible leer el entorno con otros fines y desde otros ángulos. El conocimiento del futuro ha sido estigmatizado por la Iglesia y por la ciencia; por esta última, a causa de la abundante charlatanería. Calderón viaja por conceptos, vive en selvas de pensamientos sistemáticos y asistemáticos, racionalistas e irracionalistas, a fin de intuir la unidad, o mejor, el tejido de la unidad y sus inabarcables hilos y costuras, colores y texturas, que no son sino los signos de que está hecha.
¿Es posible conocer el medio social de alguien al descifrar su entorno individual? El pensamiento analógico es hilo conductor y clave. Mario se cuida de enunciar frases categóricas sobre el futuro y se atiene a lo comprobado. Retoma el concepto junguiano de sincronicidad o coincidencia significativa que, para él, es la visibilidad de la coincidencia de la expresión o manifestación de un suceso simultáneo del consciente personal o colectivo y del inconsciente de la naturaleza o del mundo. La sincronicidad rompe la cadena causa-efecto y privilegia la semejanza de significados.
Sabiendo que al fin todo es interpretación e interpretable, incluida la disposición de objetos y dibujos que —en apariencia, aleatoriamente— se forman en superficies, el autor realiza un recuento de la historia de la adivinación, es decir, un recuento
—con lo que sabemos— del modo en que los antiguos leían el mundo. “Toda superstición —afirma— contempla elementos o pervivencia de todo un sistema de significación que se perdió y llega hasta nosotros […] como un hecho aislado”.
El título del libro suscita interrogantes. Para todos es evidente que las estructuras literarias se derivan de la realidad, materia prima de donde los escritores extraemos los temas para comunicárselos artísticamente al público. Pero hasta hoy no se había planteado de modo explícito que la estructura de la realidad puede derivarse o intuirse a partir de la literatura. ¿Idealismo? ¿Manipulación desde el orden del discurso concebido en la mente de un autor y que desea representarse la realidad a partir de éste? ¿Utopía sistematizada que intenta instalarse en el ámbito de lo real? Para Calderón, la realidad y el entorno particular poseen una estructura que desconocemos, pero que se corresponde con la narrativa. Si el texto literario se caracteriza por su polisemia, lo mismo ocurre con ese gran libro llamado mundo. Ambos se ubican en el terreno de lo connotativo, y para interpretarlos es necesario buscar lo que subyace tras las apariencias. Para leer el mundo pueden aplicarse los lenguajes denotativo, connotativo, pictórico o pictográfico y el de la proyección personal.
Para sustentar su visión, al autor no le basta una disciplina. Todo está involucrado. Utiliza también las teorías de Bohm (el orden implicado), de Mandelbrot (los objetos fractales) y de Sheldrake (la memoria colectiva o de la naturaleza), y cita a Paul Davies, quien considera el espacio-tiempo, así como a Stephen Hawking, para quien los hechos no ocurren de forma arbitraria, pues “reflejan un cierto orden subyacente”. El ensayista hila elementos coincidentes en distintas posturas teóricas y concluye que “el azar no existe. Detrás de la causalidad existe una lógica”. Mario aborda el problema del futuro y afirma: hay un porvenir semideterminado. La voluntad, las acciones anteriores y las circunstancias determinan el futuro. Coincide, aunque no la mencione, con la teoría del karma, palabra sánscrita que significa “acción”, pero también los efectos de las acciones. Somos producto de nuestras acciones, y nuestras acciones presentes determinan nuestro futuro. Cada quien es autor de su historia.
El mundo es, para Calderón —al igual que para Galileo— un libro, pero para el primero es un libro de ficción (El gran teatro del mundo, como decía Calderón de la Barca). Coincide con el Vedanta: el mundo es representación. Además, la esencia del mundo es el sistema de analogías, aunque Mario va más allá: deduce que la realidad posee una estructura dinámica perfecta, si bien es imposible conocer ese orden de modo cabal. Incluso hoy, “en el corazón del caos habita el orden”.
Para Calderón, “en cada sitio donde se ubique una persona, se encuentra la información de su pasado, de su presente y de su futuro”. Esto, según él, coincide con la teoría del orden implicado: todo está plegado dentro de todo. Si detrás de alguien está su pasado, y muy detrás hay un desconocido, frente a él está su futuro o una parte de éste; entonces ambas personas no se hallan en el mismo lugar por azar (lo mismo decía Ernesto Sabato: “no hay casualidades”). Si dos personas se hallan frente a frente y a distancia considerable, en cada una se posiciona una parte de su futuro. ¿Cómo leer la situación? Los lenguajes simbólico y pictórico corresponden al inconsciente y “tal vez a la realidad plegada”. La sincronicidad es manifestación del inconsciente.
El método de Calderón no es infalible: él lo advierte. En su experiencia hay casos que se salieron o no se acomodaron a la interpretación. Asimismo, un gran número de situaciones de la realidad individual y colectiva pudieron haber sido experimentados por cualquier persona, dada su condición humana y las características del mundo. Mario presenta casos en que puso en práctica su método. El texto es iluminador: una red de conocimientos tejida con aportaciones de distintas disciplinas para comprender nuestra condición y la del mundo en que vivimos.
Mario Calderón, La estructura de la realidad
derivada de la literatura. Lectura e interpretación de los signos del entorno individual que permite
adivinar de manera racional. Eternos Malabares, México, 2013; 167 pp.
El libro se presentará el jueves 13 de marzo de 2014 a las 19:00 horas en el Museo del Estanquillo.
