Charla con Carlos Velázquez/Autor de El karma de vivir al norte
Eve Gil
(…) He escuchado detonaciones de armas largas, así que cuando me percaté de que se trataba de una sola arma corta respiré aliviado. Eso no significa que el estruendo no fuera impresionante. Pero experimentas una especie de descanso ancestral cuando algo en tu cerebro te dice que no están rociando el lugar.
El karma de vivir al norte, p. 55
Cuando se deja uno arrastrar por la lectura El karma de vivir al norte (Sexto Piso, México, 2013), se tiene la sensación de estar leyendo una distopia de Cormac McCarthy —o un reportaje de Hunter Thompson— que sucede en un mundo lejano… que con suerte nunca ha ocurrido ni ocurrirá.
Época dorada
El horror comienza en el instante en que se acepta que se tiene un pie dentro de este mundo y que en cualquier momento, como sucede con los habitantes de esta ciudad llamada casualmente Torreón, podría despertar en medio de una pesadilla.
Pero, ¿en qué momento Torreón, nuestro Torreón, se convirtió en esa ciudad-trampa apocalíptica y cruel que Carlos Velázquez retrata en esta serie de estrujantes crónicas?
“Es un poco difícil de precisar —señala el autor, nacido en Torreón en 1978, y aferrado al terruño— porque justo cuando parecíamos estar viviendo uno de los momentos más gloriosos del estado, incluso en el aspecto económico, durante el gobierno de Humberto Moreira quien atrajo la atención del resto del país hacia el país por su carisma, sus bailes y sus lazos con la farándula. Era el líder con que la izquierda siempre soñó (pese a ser priista); incluso retomó algunas ideas de López Obrador como ayudar a la gente más vulnerable con tarjetas de dinero, y todo parecía indicar que Coahuila estaba atravesando por una época dorada”.
Pero mientras todo esto sucedía en la superficie, el monstruo despertaba bajo sus pies, “se estaban cocinando dos cuestiones que terminarían por conducirnos a este estado de violencia: uno es la deuda que contrajo el estado, con todo lo que eso conlleva, porque en este momento, el gobernador Jorge Torres, que entró como interino cuando Humberto se fue a la presidencia del PRI, está siendo perseguido por un desfalco de algo así como 3 mil millones de dólares, y además se introdujo, sobre todo en Torreón, el cártel de los Zetas y eso generó un enfrentamiento con el otro cártel que ya enfrentaba territorio en La Lagua, que es el de Sinaloa. Está también el enfrentamiento entre los Zetas y el gobierno federal. De la noche a la mañana despertamos instalados en este estado de terror”.
“Hubo introducción de armas, los actores de la droga fueron suplantados, no sabemos exactamente por cuánto tiempo se estuvo cocinando esto, pudo haber sido un año, un año y medio, hasta que de repente empezó a hacerse la violencia muy palpable. Muchos tienen como punto de partida aquel atentado contra Carlos Herrera que fue alcalde de Gómez Palacio, en el que pereció su esposa y donde, se presume, perdió miembros de sus manos y tuvo que retirarse a Texas. Pero incluso entonces nadie sospechó los niveles de perfectibilidad que la violencia alcanzaría con el arribo de los Zetas”.
Tercera ciudad más peligrosa
El también autor de un celebrado libro, La Biblia Vaquera, publicado también por Sexto Piso, y ganador con el libro que nos ocupa del Premio Bellas Artes de Testimonio Carlos Montemayor 2012— dice que ese estilo de vida impuesto en Torreón en permanente estado de sitio, rebasa, incluso, lo que ya se ha publicado sobre Ciudad Juárez, y comparto con el autor mi percepción de que, mediáticamente hablando, la atención estuvo mucho más enfocada en Juárez que en Torreón, cosa que no era así a nivel internacional.
“Torreón llegó a situarse —dice el autor— como la tercera ciudad más peligrosa de México y la quinta más peligrosa del mundo, y además ha tenido reportajes bastante exhaustivos en El País, The New York Times, The Guardian y últimamente en Le Monde, porque un estudiante francés que estaba de intercambio pereció en un asalto —hecho que registra en El karma…— y llegó un momento en el que se presume que la violencia rebasó los niveles de Ciudad Juárez. Quizá hay un fenómeno que no se ha rebasado, que es el de las llamadas «muertas de Juárez» pero esto, que era privativo de Ciudad Juárez, empezó a suceder en otros estados de la república, al grado de que en Torreón ya se registra un alto índice de feminicidios, cosa insospechada hace diez años”.
Una de las cosas más señaladas en El karma de vivir al norte es la perpetua disyuntiva de marcharse o quedarse. Y al parecer, contrario al caso de Ciudad Juárez que, según otros libros periodísticos llegó a parecer una ciudad fantasma, la mayoría de los habitantes de Torreón optaron por hacer frente a los embates del terrorismo del narco y del ejército.
Experiencia particular
“Por mucho que uno se adapte —sigue el joven periodista—, por mucho que la violencia se «domestique» y se llegue a un cierto nivel de insensibilidad, definitivamente nadie se puede acostumbrar a esto, y creo que este sistema de resistencia, a mí en lo particular, a reconciliarme con mi ciudad; experimenté un arraigo mucho más profundo que antes de esta experiencia. Me gustaría que mi hija —una niña aún— tuviera la misma capacidad de elección que yo. Finalmente se trata de la tierra donde nació y ella le compete esa decisión. Lo cierto es que una encuesta revelaba claramente que de cada diez laguneros, seis deseaban abandonar el territorio”.
Una de las crónicas más estremecedoras de El karma de vivir al norte narra cómo, al salir del cine junto con su pequeña hija, a una hora poco conveniente, Carlos Velázquez aborda un taxi, cuyo conductor tenía sangre entre las uñas y resultó ser uno de tantos sicarios que asalta taxistas para posteriormente hacer de las suyas con los pasajeros.
“Lo que viví con mi hija y el taxista —evoca el autor— no fue la primera ni la única situación que viví, hubo otras que ocurrieron cuando el libro ya estaba en prensa. Me cambió la vida porque justo cuando pensábamos que ya habíamos aprendido a sobrevivir en esta ciudad, me di cuenta que, a pesar de tener 35 años, soy indefenso y, lo peor, incapaz de cuidar lo que más quiero. Recuerdo un dato que me conmovió mucho: en una de tantas balaceras que se produjo en el centro de la ciudad, en 2008 o 2009, murió una niña de unos seis años, junto con su abuela, y fue durante las compras navideñas”.
Pregunto a Carlos Velázquez si la escritura de estos textos de alguna manera contribuyó a mantener su salud mental y a sobrevivir emocionalmente, y responde que “cuando se está inmerso en un contexto como este, es difícil encontrar la salvación o la redención, y aunque la literatura es muy poderosa hubo momentos de crisis en que no me bastaba con el hecho de consignar las cosas. Lo que es definitivo es que me ayudó a comprender mucho mejor lo que estaba sucediendo”.
La violencia en Torreón ha disminuido, pero no se ha ido. Carlos Velázque muestra su smartphone donde aparecen noticias poco alentadoras respecto al lugar donde está resuelto a permanecer.
“Tres o cuatro —finaliza— ejecutados al día. Los estallidos de violencia se siguen produciendo con menor intensidad, pero el problema no deja de ser grave, y continuará mientras Torreón siga siendo un punto codiciado por los principales cárteles de droga”.
