Entrevista a Naief Yehya/Autor de Pornocultura

 

Eve Gil

Naief Yehya (ciudad de México, 1963), graduado como ingeniero industrial en la UNAM, ha ejercido más bien como narrador, ensayista y crítico de cine, y aunque ha destacado en cada una de estas facetas, ha aportado más en esta última. Para empezar, eligió un campo de acción que pocos se atreverían a tocar desde una perspectiva académica: la pornografía.

Desmitificar la pornografía

Con sus luminosos ensayos, Yehya ha contribuido a desmontarla y convertirla en un objeto atractivo para la crítica, artística y socialmente hablando. Con su más reciente libro, sin duda el mejor y más vital de su producción sobre el tema, Pornocultura, el espectro de la violencia sexualizada en los medios (Tusquets, Ensayo, México, 2013), va mucho más allá y nos abre la puerta a un mundo subterráneo donde solo los muy locos, los muy valientes o los artistas de lo extremo pueden pisar sin irse de bruces.

“Uno de los grandes intereses que encuentro en la pornografía —explica el también autor de Guerra y propaganda y El cuerpo transformado— es esta necesidad de dejar de verla como un monstruo bajo la cama, así que mi pretensión es desmitificarla, tratar de entender cómo relacionarnos con ese material y combatir el pánico moral, y una manera de lograrlo es descifrar sus códigos, sus iconos, sus estructuras etc, así que escribí una especie radiografía de este género cinematográfico, y aquel libro cerraba con un capítulo dedicado a la pornografía en la red”.

Yehya confiesa que la idea de escribir este ensayo que, entre otras cosas, puede llegar a resultar muy crudo para gente en extremo sensible, surgió tras leer otro de título La muerte como espectáculo, de Michela Marzano, que abordaba el mismo tema, si bien su autora se dejó dominar por lo que él califica como “pánico moral”.

“No debería hablar mal de libros de mi propia editorial… toca el mismo tema que yo, pero bajo la premisa de que «sé que esto existe, pero jamás lo veré». ¡Esto es justamente lo que nunca hay que hacer!, así que le propuse a mi editora hacer exactamente lo que esta autora no hizo, es decir: ver, conocer, sopesar y analizar todo ese material, sin lanzar juicios morales. Para realizar una crítica de este material hay que verlo, aunque he de reconocer que en muchos casos hubiera preferido no hacerlo (risas). No, no siento culpa, ni me considero, por haberlo visto, «parte de esto», pero puedo decir: sí, sí existe, y es así”.

Pero Yehya no se queda en el terreno de la crítica y el análisis, sino que realiza una genealogía respecto al cine que vincula sexo y violencia, al “cine clandestino”, remontándose incluso al cine mudo, y realiza un recorrido por subgéneros del porno que la mayoría de la gente desconoce.

Muchos disfraces

“La pornografía tiene muchos disfraces, y uno de ellos es «exhibir» la devastación moral, en lo que consistía el llamado «cine de explotación». Con un pretexto educativo hacían un espectáculo de la degradación y la podredumbre humana, y naturalmente lograba grandes ganancias económicas. Y no es que el género haya desaparecido, simplemente se ha convertido en otras cosas, cambia de piel, sobrevive a través de exitosas series televisivas como CSI, por ejemplo”.

Dentro de este género, comento a Yehya, había una película de los setenta que pretendía exhibir la violencia sexual de la que eran objeto las mujeres, y una espectacular venganza por parte de la heroína contra sus violadores, entre ellos un policía, y la cinta se comercializaba como “feminista”. Recientemente se realizó un remake que incluso conserva su inquietante título: Escupiré sobre tu tumba (que en México pasó como Dulce venganza).

“Hubo un momento, en la década de los setentas, en que los pornógrafos pasan de ser clandestinos a albergar aspiraciones artísticas, como serían las célebres Garganta profunda o El diablo en la señora Jones, de Gerald Damiano. Tardarían un poco en descubrir que el consumidor habitual del género no ayudaría gran cosa a que esto fuera posible, y mientras tanto, subgéneros como las roughies, película fundamentadas en la violencia donde se recurren a cosas poco afrodisíacas como los enemas, por ejemplo, iniciaron su declive”.

Entre las cintas que analiza Yehya en su libro destacan algunas que no son precisamente unos bodrios; que son, de hecho, productos artísticos, caso de la ultra polémica Una película serbia (2010), entre cuyas características cuenta la de sugerir pornografía infantil y mencionar un “nuevo género” denominado newborn porn (no nos pregunten por qué), lo que originó que su director, muy joven por cierto, Srdjan Spaasojevic, fuera a dar a la cárcel, hasta que demostró que los niños no habían sido lastimados, ni presenciado las escenas violentas. Dicha película, que por cierto cuenta en su elenco con auténticas estrellas del cine serbio, presenta, en efecto, escenas pornográficas, pero no es para nada una película pornográfica. De hecho se le considera una película de arte y ha sido exhibida en importantes festivales, Cannes entre ellos. Se le ha denominado la Naranja mecánica del siglo XXI.

“En el fondo —señala Yehya— se trata de una interesantísima reflexión sobre la guerra, realizada, actuada y escrita por actores serbios que la vivieron en carne propia. La guerra refleja, en muchos niveles, lo que sucede a nivel planetario. Luego de doce años de guerra, las críticas que uno de los personajes habla de su propio país, podría aplicarse al mundo entero. No es para nada una película masturbatoria, sino profundamente política”.

El cine snuff es un mito

Para finalizar, Yehya es categórico al afirmar que el cine snuff [películas de crímenes reales] no existe, o al menos no circula en la red, aunque existen películas como la ya legendaria saga japonesa The guinea pig, tan realista, que han hecho sentir a sus espectadores que están presenciando crímenes reales:

“No encontré estas películas tratando de localizar reales películas snuff, de hecho el término ya se emplea indiscriminadamente en portales que se anuncian como “snuff” cualquier representación gráfica de violencia sexual extrema. El snuff como tal es un mito”.

“En la Cineteca [Nacional] —concluye— me hicieron el favor de piratearme dos películas porno de los años 60 que son homenajes al Goyo Cárdenas, pero no recrean precisamente lo que se supone que él hacía. Se pensó que alguien se excitaría viendo una película que iniciara con un acto sexual y terminara con el estrangulamiento —actuado— de la actriz. Está también el género gonzo, donde se humilla a las actrices con extrema brutalidad y misoginia. Hay una enorme violencia y curiosidad ante esta sociedad entre el sexo y la muerte, quizá hay un pequeño cableado de nuestro cerebro que asocia la pequeña muerte (el orgasmo), con la muerte per se”.