Juan Antonio Rosado
¿Por qué existe la poesía? ¿Por qué ciertas personas han tenido la necesidad de contemplar el mundo con otros ojos para recrearlo, reinventarlo, intentar detener esa fuerza inexorable que nos devora segundo a segundo, llamada “realidad”? La poesía, tónico efímero contra la muerte, como todo arte, como toda creación cultural, puede cantar, reprochar, alabar, producir cualquier sensación a partir de lo que poetiza, que es nuestro universo entero, pero siempre —como toda literatura— es utopía, un no-lugar donde asumimos como “verdad” lo que no lo es en la realidad, porque ésta es inasible, y el tiempo, inexistente; porque el hombre se ha negado al auténtico presente continuo y cíclico de la naturaleza; porque se niega a ser el mundo para ser en el mundo; porque pretende desdibujarlo para redibujarlo con la poesía, ese síntoma eterno de la eterna insatisfacción, de la eterna frustración de una sensibilidad que se sabe para la muerte. Por ello, el poeta sueña con otros mundos, y por ello el poeta romántico es atraído por lo que la limitada razón no podrá nunca desentrañar.
Hay poetas que adoptan el mundo onírico sobre la realidad sin negarla como materia prima de los sueños, que han pretendido la penumbra sobre la claridad, pues el mundo que imaginan es imagen de la orfandad o del exilio. Para Miguel Ángel Asturias, el estado del poeta no es ni la claridad de la luz ni la oscuridad, sino lo que él llama un estado “clarivigilante”: la clarivigilia como intensa penumbra en que no se está ni despierto ni dormido. ¿No es éste el mundo que sueñan los poetas, incluso cuando narran y pretenden ser denotativos al alejarse de la retórica? La acción, sin embargo, acompaña a la Palabra porque todo mito creado por los poetas conduce a la acción, sin importar que ésta se opere en la voluntad, en la conciencia o en la contingente realidad. El mundo que imaginamos, nuestras utopías, se fundamentan en la “inspiración”, pero sus logros más importantes se encuentran en la labor poética. Sólo así abandonamos el imperio de las emociones para controlarlas y así representarlas. Schiller imaginó el estado de juego en que dominará el gusto sobre la razón y la máquina. Sólo la palabra tiene el poder de conjugar todas las fuerzas para imaginar un mundo marcado por la estética de la dignidad y la dignidad de la estética. El mundo del poeta es la armonía entre palabra y silencio, luz y oscuridad.
