8 de marzo, Día Internacional de la Mujer

Manuel Espino

Uno de los peligros sociales y cívicos que enfrenta el Día Internacional de la Mujer es convertirse en una celebración en la que sólo se extiendan felicitaciones y se eleven discursos, desvirtuando su naturaleza genuina: ser un espacio de reflexión y análisis sobre la situación de las mujeres en nuestra república y en el mundo.

Ellas no necesitan palmadas en la espalda o halagos, lo que demandan con plena justicia es que de la palabra se pase a la realidad y de las leyes a los hechos.

Porque si algo se ha demostrado en estos últimos lustros es que abundan las fechas festivas que no tienen impacto, así como leyes y reglamentos que se ejercen con resistencias o ni siquiera eso.

Pongamos como ejemplo las modificaciones que se hicieron con la reforma política, según las cuales será mandatorio para los partidos postular un 50% de mujeres a todos los puestos de elección popular.

A pesar de lo justo de esta medida, el presidente del PAN, Gustavo Madero, ha ejercido resistencia afirmando que “nadie está obligado a lo imposible” y que los mecanismos con los que su partido elige candidatos son un obstáculo para el cumplimiento de esta ley.

En este caso, queda claro que con voluntad y creatividad se pueden crear mecanismos de elección interna que garanticen respeto a los principios democráticos y a la equidad de género, los cuales sólo dentro de una mente abstrusa pueden estar disociados.

Hay avances jurídicos y hay evoluciones discursivas, pero en la cotidianidad se actúa de manera conservadora y machista.

Dichos cambios son positivos, pero como sociedad debemos apuntar mucho más alto: hacia una revolución cultural que afecte hasta las raíces el estar de la mujer en los ámbitos familiares, laborales, escolares y políticos.

Disminuir la brecha de representatividad en los espacios de poder no sólo es necesario, también es urgente: mientras haya muchos más hombres que mujeres en puestos de mando se seguirá lanzando a las nuevas generaciones un mensaje equivocado. Si hemos de educar a nuestros niños y jóvenes en la equidad, no hay mejor camino que predicar con el ejemplo.

Ahora que el país está envuelto en un gran dinamismo político y social gracias a las reformas estructurales que —después de décadas— han revigorizado nuestra patria, el siguiente paso es hacer que el progreso se refleje en los tres grandes rubros de respeto a la mujer señalados por la Organización de las Naciones Unidas:  erradicar la violencia de género; salvaguardar sus derechos humanos, especialmente los derechos reproductivos; y lograr su empoderamiento, creando herramientas educativas e igualdad de oportunidades.

Habrá que cumplir la máxima de “integrar a las mujeres en el mundo público y a los hombres en el privado”. Mientras la equidad se refleje en leyes y discursos pero no en realidades, la democracia y la justicia distarán mucho de ser realidades en la república mexicana.

 

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