Carlos Tejada

En Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke, el narrador expone que la materia prima del poeta no son los sentimientos sino las experiencias. Para el narrador, el sentimiento es una materia estéril, abstracta, que no expone tras de sí ninguna verdad por el simple hecho de que su veracidad es incuestionable. El sentimiento es y sanseacabó. De la misma forma, el gusto por sí solo es insuficiente para justificar si una obra de arte es buena o no. Más que buena o mala, si tiene calidad. Mejor aún, cuánta calidad tiene, pues cualquier obra tiene alguna calidad, en mayor o menor medida.
Son innumerables los artistas y autores que han tratado de descifrar el lenguaje oculto del arte. Entre ellos Octavio Paz, quien en el primer capítulo de Los privilegios de la vista, “El arte de México. Materia y sentido” sugiere una especie de fórmula, una suerte de gramática para que el espectador se relacione con la obra de arte. Este capítulo es el que motiva las ideas precedentes y en el cual creemos encontrar la respuesta a la pregunta que planteamos con tanta dificultad: ¿cómo definir la calidad del arte?
Dice Paz: “Lo que llamamos ‘obra de arte’ […] no es tal vez sino una configuración de signos. Cada espectador combina estos signos de una manera distinta y cada combinación emite un significado diferente. Sin embargo, la pluralidad de significados se resuelve en un sentido único, siempre el mismo. Un sentido que es inseparable de lo sentido”. Aquí, lo que Paz define como obra de arte se parece mucho al acto de leer. La obra es un texto, una “configuración de signos”, que cada espectador combina de manera diferente. Si partimos de que el significado original de la palabra leer era elegir, entonces la afirmación de Paz de que cada espectador combina de manera diferente los signos de la obra nos abre la puerta para decir que el arte se lee. En el arte, los signos son múltiples y variados (es el color, la textura, el movimiento, la entonación, la expresión, la atmósfera, el ritmo… es todo esto y mil un cosas más), pero ello no niega la posibilidad de comparar a los signos con letras que el espectador reconoce, extrae y combina para formar una palabra y, con ello, un significado. Un significado distinto en cada caso, dice Paz, pero que “se resuelve en un sentido único, siempre el mismo”. ¿A qué se refiere este sentido? Para seguir con la comparación en términos de lenguaje, el sentido es un campo semántico, una red de palabras que se teje en torno a un concepto, a una idea, algo así como una fuerza magnética o un sistema solar donde los astros son palabras y el Sol también. Ahora, ¿cómo se define el núcleo de este campo semántico? Paz lo dice con extraordinaria sencillez: “un sentido que es inseparable de lo sentido”. Aquí, el poeta hace aparecer al espectador, lo involucra. La subjetividad del autor encarna en la objetividad de la obra. De forma inversa, la objetividad de la obra se traduce en la subjetividad del espectador. Como las ondas que provoca una piedra que se arroja a un lago, el lago es el espectador, la piedra es la obra y el que la lanza es el artista. Paz define una postura: “la función del arte es abrirnos las puertas que dan al otro lado de la realidad”.
Tres puntos se desprenden del análisis del fragmento de Octavio Paz, que llamaremos legibilidad, polisemia e intensidad. El primero tiene que ver con que la elección de los materiales y la composición del artista sea la adecuada para expresar su intención, de forma que el espectador pueda leerla (no cualquier espectador, sino al que el artista se dirige, ya sea consciente o inconscientemente). La segunda, la de la polisemia, se relaciona con los niveles de lectura que una obra puede ofrecer. En el ejemplo del campo semántico, mientras más rico y claro sea éste, mejor. No hay que olvidar que este campo ya no es creación única del artista, sino del artista y su espectador, algo así como la obra de la obra. En estos términos, el arte es siempre una creación colectiva, en él, el singular se hace plural. El último, el de la intensidad, se traduce en la fuerza de lo sentido, la profundidad del viaje de la piedra y la extensión de las ondas en el lago. Es así como, en la combinación de estos tres niveles, el arte cumple con su función y abre la puerta que da al otro lado de la realidad: en la obra, el colectivo (los espectadores) se reconocen a través del individuo (el artista), y, de forma paralela, el artista (el individuo) se reconoce a partir de los espectadores (el colectivo), ya que, como indica Paz, “el hombre es plural: los hombres”.