Con “Me encanta Dios”, Jaime Sabines, ilustre poeta chiapaneco, decidió decir adiós de la única manera que supo vivir, a través de las letras.

Hoy, en el marco de su aniversario luctuoso número XV, su obra se mantiene vigente, al grado que aún en diversas librerías de la ciudad, sus libros y recopilaciones son buscados, especialmente por jóvenes, lo que lo convierten en un escritor de “culto”. Nacido en 1926 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, la figura de Jaime Sabines se levanta como un exponente de difícil clasificación, alejado de las tendencias y los grupos intelectuales; creador solitario y desesperanzado, aunque siempre con un tono de humor festivo, cuyo camino se mantuvo al margen de los movimientos que le fueron contemporáneos, y quizá, es esta falta de “época”, lo que le ha permitido mantenerse vigente.

Hay en su poesía una amargura que se plasma en obras de un violento prosaísmo, expresado en un lenguaje cotidiano, vulgar casi, marcado por la concepción trágica del amor y por las angustias de la soledad. Su estilo, de una espontaneidad furiosa y gran brillantez, confiere a su poesía un poder de comunicación que se acerca, muchas veces, a lo conversacional, sin desdeñar el recurso a un humor directo y contundente.

Su obra se mantiene vigente, con poemas como “Los amorosos”, “Espero curarme de ti”, “Tarumba”, “Mal tiempo”, “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, entre muchos otros. Sus últimos años estuvieron marcados por una larga lucha contra el cáncer, al que sucumbió en 1993, dejando huérfano a las generaciones venideras.