Extinguido, el patriotismo

Marco Antonio Aguilar Cortés

Vivimos en un mundo y en un país convulsionados. La masividad de los humanos es un efecto de ese trastorno, pero también es una de sus causas. Todo se retroalimenta y, actualmente, esta operación se hace con una velocidad tremenda.

Nuestra generación es victimaria, al mismo tiempo que resulta víctima, de ese descomunal fenómeno; así, la especie humana parece torpe y suicida.

Todo se muestra listo para explotar.

Ecológicamente contaminamos los hielos de los polos y de las elevadas montañas; deforestamos los bosques; envenenamos las aguas de los lagos, arroyos, ríos, mares y océanos; infectamos nuestros suelos de eficaz manera; y nuestra propia atmósfera la intoxicamos.

Aumentamos la violencia en el mundo: en los hogares, las escuelas, calles, ciudades, en cada país y entre naciones.

Tenemos emponzoñadas nuestras almas. Los comerciantes de armas tienen un mercado para amasar grandes fortunas. El uso de la fuerza despiadada trasuda en los poderosos medios de comunicación masiva; hasta los videos y películas infantiles resuman violencia.

Latente está la guerra en Iraq, Siria, Ucrania, Palestina, Venezuela, en donde los poderosos del mundo deciden, virtud a sus miedos e intereses.

Pocos países tienen el monopolio de armas nucleares, pero la fuerza destructiva de esos artefactos terminaría con la vida en nuestro planeta.

Todo parece a punto de explotar y, sin embargo, no detona. Algo detiene el estallido: el temor a la muerte, a esa eternidad sin esperanza; y el amor a la vida, con su simpleza encantadora.

A partir de ahí todos podemos hacer cambios: en nuestra persona y en nuestro desarrollo como especie; en nuestros países, en la economía, cultura, política, educación, religión y demás fenómenos sociales.

Serían esos cambios verdaderas revoluciones; revoluciones sin destrucción ni muerte; con base en la inteligencia humana consciente de su fugacidad, pero firme en su espíritu responsable.

No nos quedemos con la amargura de esperar el advenimiento de esos cambios. Nuestra generación debe vivir la experiencia de una revolución así.

Apaguemos las convulsiones neutralizando nuestra masividad. Reduzcamos todo al nivel humano. Manejemos sensatamente nuestras velocidades.

Produzcamos con base en nuestra enraizada cultura, y a la tecnología, una reforma educativa eficaz y rápida. Cerebros y manos para producir calidad y abundancia, con una organización que distribuya equitativamente lo producido.

Mientras los países poderosos no extingan totalmente su patriotismo, no permitamos que acaben con nuestro profundo sentido de patria.

No admitamos que la globalización haga de las suyas, en perjuicio de todos los recursos de México.

Toda trasformación origina cambios, y todo cambio lastima intereses. Estos intereses lastimados luchan contra toda trasformación, salvo cuando observan que la sociedad está unida, dispuesta a arroyar todo lo que se le oponga.