Ricardo Muñoz Munguía

La mirada poética de Octavio Paz es una forma de hurgar en la luz, en el sonido, en el tiempo, en los sueños…, principalmente. En “Piedra nativa”, como en otros tantos poemas, Paz le da presencia a la luz, no como luminosidad, sino como ese cuerpo que nos rodea: “La luz devasta las alturas/ Manadas de imperios en derrota/ El ojo retrocede cercado de reflejos”. Así pues, no se trata del reflejo luminoso sino de la presencia ya dicha: “Cierra los ojos y oye cantar la luz:/ El mediodía anida en tu tímpano// Cierra los ojos y ábrelos:/ No hay nadie ni siquiera tú mismo/ Lo que no es piedra es luz”. Es luz. En otro poema “La casa de la mirada”, Paz vuelve a señalar lo que debió estar en su ser gran parte de su vida y, sobre todo, aquel abril de 1998: “Caminas dentro de ti mismo y el tenue reflejo serpeante que te conduce/ no es la última mirada de tus ojos al cerrarse ni es el sol tímido golpeando tus párpados:/ es un arroyo secreto, no de agua sino de latidos: llamadas, respuestas, llamadas,/ hilo de claridades entre las altas yerbas y las bestias agazapadas de la conciencia a obscuras”, para finalmente cerrar el poema: “estás en el interior de los reflejos, estás en la casa de la mirada,/ has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo a ti mismo por un puente de latidos:/ el corazón es un ojo”.
Otras presencias aparentan estar esparcidas, mas la flor, los animales o los colores caminan en paralelo para hacer una; los objetos como las máscaras o la piedra, muy recurrente también, abren un panorama; y, en el hombre, no como género, sino con su esencia lo hace renacer de sombras para hacerse presente. Su visión sobre el mexicano
—dejemos de lado los asomos a otras partes del mundo— es una lectura que le viene exacta con Los privilegios de la vista, título que toma Paz de Góngora para un volumen suyo.
Un escritor de lo hondo, que con su palabra le da forma a lo que creemos que no tiene forma, cuerpo a lo que entendemos como invisible, ser al hombre.