Alan Saint Martin

Después de una espera de un poco más de un año, podemos tener ya en nuestras manos la última entrega ¿temporada? de Sho Shan y la Dama Oscura: Doncella roja de la autora Eve Gil, la cual nos narra el viaje que realizan los personajes principales a China, país y localidad que será primordial para entender a través de un videojuego el pasado y que podría cambiar la vida de las hermanas Murasaki y Cho, lugar donde se luchará la batalla final con Izanami. Nos encontraremos con viejos personajes, algunos más entrañables que otros, con una nueva visión, postura hasta el tipo de lenguaje. La autora nos brinda con gusto la siguiente entrevista.
Lo primero que se puede destacar de esta trilogía otaku y mángika es el cambio en los narradores, quién cuenta la historia. Le pregunto a Eve Gil cómo es que decide quién ser el narrador en Doncella roja; porque si bien, en Sho-Shan es Murasaki y en Tinta violeta es Cho, en esta ocasión es Kunikida sama, con una postura bastante peculiar que no se vislumbraba completamente en Tinta violeta. La autora me responde que desde un principio sabía que Murasaki sería la narradora de Sho-shan y Cho lo sería de Tinta violeta, sin embargo le quedaba la duda de quién podía ser el narrador de la tercera. Incluso consideró la posibilidad de recurrir a un narrador omnisciente. Pero casi para terminar Tinta violeta “descubrí que esa voz podría ser la de Kunikida-sama, porque es el personaje más misterioso, el que alberga más secretos, el que finalmente decide romper con todo para trasladarse a China. Definitivamente era el indicado. Además, consideraba que este personaje era similar a los senseis prototípicos de los animes shonen (Dragon Ball, Naruto, Ranma ½)”.
No está demás decir que Eve Gil es una narradora y que Kunikida-sama es hombre. Entonces, nos encontramos ante un travestismo por parte de la autora y el personaje, y que si se retoma algún fragmento de la novela difícilmente se podría decir que hay una mujer detrás de esa voz. Al respecto, le pregunto qué complejidad tuvo al escribir desde un personaje masculino: “Por alguna razón que desconozco, me acoplo muy bien a los narradores masculinos. Kunikida-sama es muy joven, que pertenece a otra cultura, y quizás ese fue el punto en que me hizo sufrir un poco, porque narrar desde el punto de vista de un personaje japonés, perteneciente a determinada generación y con una cierta profesión, te obliga a ponerte en los zapatos de él, y muchas de las cosas que él hace no me gustan en lo absoluto y sin embargo tenía que encontrarle justificación para avanzar en la narración”.
Siguiendo con la conversación, le pregunto si siempre consideró escribir una trilogía, si fue petición de tus lectores, de la editorial porque pareciera que ahorita el éxito es crear trilogías, sagas; unas más intensas que otras. Eve Gil me responde que sí, que tenía en mente escribir tres novelas y que gracias al éxito de la primera entrega le dieron luz verde en la editorial para la escritura de las dos siguientes. También me comenta que en un principio fue a petición de otro editor, que se encontraba en España y estaba muy interesado en iniciar una colección de novelas de terror para jóvenes; por diversos motivos en donde la historia tendría que cambiar a como la autora lo estaba pensando, decidió no acceder y la llevó a la editorial Suma de Letras y con el atinado riesgo de Laura Lara salió.
En las tres novelas nos encontramos ante el tema de la otredad. Primero, en donde una persona que es otaku y por eso es acosada y maltratada, luego la pertenencia en un país distinto como trabajo y ahora porque, de nueva cuenta, las acciones se desarrollan en otra cultura distinta, donde existen normas a partir de la revolución. Le pregunto:
—¿Por qué te interesó ambientarla en China?
—Desde Sho-shan se planteaba el misterioso origen biológico de Murasaki. Las pruebas que ella va recogiendo a lo largo de la historia la ayudan a concluir que su padre biológico era chino, y durante Tinta violeta la vemos obsesionada con la idea de reconstruir el rompecabezas de su pasado que significaba, asimismo, investigar a su propia madre (que era amnésica) y encontrar a su padre. Hay tres razones muy simples por las que la historia se desarrolla de este modo, la primera, es que yo quería explicarle a mi propia hija un conflicto (Tiananmen) que su padre biológico vivió en carne propia y cuya narrativa me perseguía desde que él me la compartió. La segunda es que, si bien el anime y el manga son productos netamente japoneses, los chinos han desarrollado un muy importante mercado en ese sentido, y Dragon Ball, acaso el anime más famoso del mundo, se caracteriza porque sus personajes están tomados de la mitología china. La tercera, no menos importante, es que estoy muy harta del estereotipo del “chino” que me asalta constantemente en la literatura mexicana, y que me parece una perpetuación de la humillación y persecución histórica padecida por los chinos en México a principios del siglo XX.
La narración en Doncella roja es fluida, diría que mucho más rápida que Sho-shan y Tinta violeta, influye la temática. Sin embargo, el lenguaje que maneja es muy distinto a las anteriores. Nuevamente, al ser hombre quien narra la historia, los vocablos son muy particulares, inclusive hay situaciones sexuales y con un lenguaje vulgar, entendiéndose como groserías. Le pregunto si es por el tipo de narrador que decide hacer estos giros. Eve Gil me responde que sí, influye el tipo de narrador, pero además es dinámica de la narración, porque se trata es un videojuego, y tuvo que jugar montones de ellos para reproducir el ritmo narrativo. Su intención —principalmente— era que el lector, afecto a los videojuegos, se sintiera un poco frente a una consola mientras leyera la novela… que de alguna manera sintiera que tomaba decisiones o que podía intervenir en la historia.
Siguiendo ante la idea y desarrollo de un videojuego, además del propio juego por sí mismo, surge la pregunta sobre qué complejidad tuvo al abordar los videojuegos y la relación con el manga, porque no todos los mangas o ánimes son adaptados a una consola. La autora menciona que no fue nada fácil, y tampoco quiso ceñirse a los videojuegos inspirados (o inspiradores) en un manga o anime, sino el videojuego en general. La diferencia entre unos y otro es, según ella, sólo estética o temática.
Hay una escena fuerte y sorprendente para el lector entre uno de los personajes y Cho, que de hecho sirve para el término de un apartado. Con este tipo de escenas, me pregunto si hay un dolor por parte de la autora al lastimar de esa manera a un personaje o, más bien, tocar un tema que causa polémica. Me afirma que ante esto habría dos posibles respuestas. La primera: al escribir siguiendo los lineamentos del manga, se convierte en mangaka y medio porque sólo escribe. El mangaka tradicional, al contrario del autor literario, no se puede dar el lujo de encariñarse con sus personajes, ni de darles concesiones, en concreto, no puede permitir que sus propias emociones entren en juego a la hora de recrear estos mundos. Ahora bien: tenemos que Murasaki y Cho están inspiradas en sus propias hijas. Los mangakas, por lo general, y para tener éxito en su empresa de ser implacables, no suelen tomar personas de la vida real sino que explotan su imaginación al máximo. Eve Gil tenía dos alternativas: desprenderse del simbólico cordón umbilical que la une a ellas, o explorar sus temores más profundos. Optó por lo segundo; fue como exorcizar un viejo demonio.
Por último le pregunto si continuará abordando la temática otaku, el manga y el ánime o si habrá un cambio temático. Eve Gil responde que tiene pensada una novela con esta misma tesitura, pero escrita para adultos; lo que llaman “género seinen”. Además, menciona que será tan estricta con el género, que solicitará a la editorial que la publique y le agregue un cintillo que especifique “Para mayores de 18 años”. Sin embargo, en este momento se encuentra escribiendo una novela seria, correcta y formal para lectores “profundos”, sin “monitos”, ni personajes japoneses, y plantea una situación bastante cruda y con sede en México.