Milena Solot
La soledad es vista como el despojo de todo lo que hemos creído ser, así como de la nostalgia por lo perdido. Octavio Paz, en un fragmento de su poema “La caída”, purifica esta idea: “El espejo que soy me deshabita:/ un caer en mí mismo inacabable/ al horror de no ser me precipita”. Estos versos también pueden servir como “lema” de pachucos, en el país de los espejos.
Nosotros, los mexicanos que vivimos en México, no gozamos de espejos que nos reflejen a nuestra imagen y semejanza, pero nos sentimos también “arrancados de la realidad”, como dice Paz.
Cuando nos sabemos solos se revela nuestra existencia como algo único: sabernos solos es volcarnos en esa imagen de nuestro rostro que se refleja como en el agua del río que se va: intentamos aprehender esa imagen, pero no es posible, cada instante se escapa. Solos nos abrimos “nos rajamos” ante el tiempo que no perdona. Paz nos invita a pensar que perdemos mucho más que el tiempo: perdemos el alma que, al nacer, yace intacta. Ese abandono nos hace sufrir como fugitivos ante el tiempo que ya se fue.
Paz afirma que el pachuco niega sus raíces y es rechazado por la sociedad en la que vive. No ha cambiado gravemente: el pachucho continúa habitando la región del sur de Estados Unidos, se sigue reuniendo en pandillas; si bien ya no usan zoot suits con reet pleats, ahora viste como carcelario: continúa con un atavío que lo distingue del resto. Paz dice: “El pachuco es la presa que se adorna para llamar la atención de sus cazadores. La persecución lo redime y rompe su soledad: su salvación depende del acceso a esa misma sociedad que pretende negar”. La provocación acá, está al desnudo: “me visto como carcelario en la dizque libertad de la calle”.
El pachuco niega sus tradiciones en Estados Unidos, nosotros las negamos aquí. No queda claro si lo rechaza por ser pachuco o si el pachuco se formó como tal al saberse rechazado. Lo cierto es que Estados Unidos sí es una sociedad que busca que todos se fundan en la misma realidad, y Paz afirma que es un país en el que todo ha sido hecho a imagen y semejanza del hombre. El pachuco, al mirarse en estos espejos, se reconoce solo, y “no afirma nada, no defiende nada, excepto su exasperada voluntad de no-ser”, dice Paz.
Sin importar qué fue primero, el huevo o la gallina, el pachuco tiene una ventaja de la que quizá goce todo aquél que viaja a otro país, que se reconoce como mexicano y que se enfrenta con los espejos: tiene la opción de cuestionar su identidad. Privilegio del que no todos gozamos. Al enfrentarse con esto, descubre un aspecto mucho más profundo de su soledad. Está “rajado”, como dice Paz, y al notar una apertura tan profunda se llena con el disfraz y la rebeldía.
En México, los mexicanos nos enfrentamos con la noción de que somos mexicanos… en diversas ocasiones… pero son contadas. En general, vivimos evitando esta “rajada” y, al hacerlo, producimos una herida mucho más profunda: por un lado “celebramos” las tradiciones, pero queremos pertenecer “al primer mundo”. Muchas veces, los mexicanos que vivieron en Estados Unidos, y que regresan, ya no son reconocidos como “mexicanos”, les llamamos ahora “americanos”. Las innumerables casas de pueblo en el campo que claramente ilustran el estilo gringo, las construyen los “gringos que ya regresaron”.
