Esilda Anayansi

Mirar a Paz es abrir un sendero en el camino que conduce la espiritualidad hacia lo más profundo y desconocido. Llegar a la frontera de la racionalidad y dejarla coexistir junto al sentimiento más puro, connatural. Buscar sus palabras en el mundo real es descubrir e intentar conocer al poeta, pues encarna el sentido mismo de su lenguaje, que integra la voz elocuente con la que nos llama.
Su práctica creativa funda el caudal místico de la mexicanidad; al mismo tiempo que produce el pensamiento reflexivo de la existencia nos conduce como identidades individuales a su espacio atemporal, rítmico, experimental, y en ese desmedido afán por fugarse del tiempo y la incomunicación nos pierde entre el laberinto de ensoñación que fabrica el destino, lugar donde imágenes pacianas conviven y recubren de deseo nuestras conciencias. Figuras surrealistas, inmortalmente bellas, adornando, esotéricas, la soledad imperante del hombre.
A cien años del nacimiento de nuestro intelectual multifacético, siempre empírico, su legado traspasa las aportaciones literarias, va más allá del arte y la cultura. Es el puente poético, del que trata en algunos de sus ensayos, que engalana las formas de lo real después de acudir o retornar con constante necesidad a sus letras. Incorpora y alienta la conciencia de lucha social que nos compromete a muchos, cada vez con mayor ahínco. Sobrevive porque se volvió incuestionable su esfuerzo y satisfacción al recoger la poesía como forma de vida, como su precedente y forjador.
Desafiante acérrimo de las normas sociales, artísticas, políticas y morales, creó, con ideología integrante y crítica, una nueva filosofía, contemporánea, preparada para explicar los fenómenos concernientes a la cultura y sociedad modernas desde una perspectiva humana y poética. “El lenguaje poético revela la condición paradójica del hombre, su ‘otredad’ y así lo lleva a realizar lo que es”.
Origen y tiempo definen parte de su obra, esa obra unificadora que nos describe y a la cual pertenecemos o nos pertenece por ser el renacimiento de nuestra identidad nacional, esa obra transfiguradora que dialoga sobre nosotros. Su poesía espacial, dueña de todos los tiempos, nos invita a creer en el amor, saber que es real y que existe en el mundo cotidiano. “El amor no es eternidad; tampoco es el tiempo de los calendarios o los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo”.
Abrazar el sentimiento provocado por el amor es una constante fundamental, y matriz del pensamiento humano, para lograr la comunión. El estado que revelará el alma en su fase más honesta y donde cohabitan vida y muerte conformando la dualidad absoluta, responsable en el entendimiento de la creación humana e integrante de ésta como totalidad.
Mirar a Paz es cerrar el ciclo de búsqueda perenne de nosotros mismos. Es adentrar la mirada al plano más profundo de la espiritualidad, conocer la poesía y entenderla como intensa alegoría de nuestra realidad, de lo que somos y creemos. Es entregarnos con libertad al tiempo del amor, a ese instante eterno que nos permite acceder al conocimiento místico. Fluir por el laberinto temático de la vida para escapar del destino, reunirse con el amor, las pasiones y la muerte.
Su lenguaje configura la manera de entender el pensamiento humano de nuestro siglo. Aprender a conocer y valerse de ello para distinguir cada elemento de la existencia, las estructuras profundas que compartimos. La estética multidisciplinaria de Paz, recolectora de rasgos comunes y dispares pertenecientes no sólo al arte, generada en sus obras, en sus letras que ya son clásicas, conduce cíclicamente a un comienzo, de la creación, de la existencia emocional, de herencia poética.
Octavio Paz, testigo como muchos de la inestabilidad nacional de su siglo, difundió el único universo armónico, no caótico, basado en la ideología humanista. Conexión sensata de cuerpo, alma y mente que seguirá mereciendo el continuo estudio, análisis y práctica de su ideología a cien años del nacimiento y diesciseis de la pérdida corpórea del poeta.