Beatriz Rivas

Nuestra relación con los otros, y con el mundo, es a través (y partir) de la palabra. Al nombrar, validamos la existencia de una mesa, de aquella silla, de estos hombres y nos hacemos partícipes de su entorno. Amor-Odio-Indiferencia-Empatía-Solidaridad-Desolación. Palabras que le dan un significado a lo que hacemos y sentimos. El nombrar nos da poder y, también, a veces nos lo quita. Tenemos la enorme necesidad de bautizar todo lo que vemos, cada cosa nueva, ese invento, algún término que antes no existía. Definiciones indispensables y queribles. De ahí la importancia de diccionarios, enciclopedias, wikipedias y demás inventos que clasifican, en cierto orden, cada cosa de la existencia. Nos gusta saber dónde comienza y termina algo. Cuáles son sus límites. ¿Necesidad de apropiarnos, al nombrar? ¿De sentir que formamos parte de lo que nos rodea?
Una necesidad que se remonta, según los que saben del tema, a Mesopotamia. Documentos cuneiformes, encontrados en la Biblioteca de Asurbanipal, supuestamente relacionan palabras sumerias. Así que podríamos afirmar que en Nínive nacieron los primeros diccionarios. A partir de entonces, muchos y titánicos esfuerzos por definir términos han visto la luz. Libros (ahora también electrónicos) que nos explican las normas de los idiomas, los orígenes de las distintas palabras, su significado y ortografía. Son obras de consulta (que lamentablemente el grueso de la gente consulta poco) acomodadas en orden alfabético… al menos, eso es lo común. Echarse un clavado a un diccionario puede resultar divertidísimo. Háganlo, por la pura curiosidad, en un acto meramente lúdico.
Ahora tenemos en México dos propuestas que nos harán sentir la exigencia urgente de comenzar a redactar nuestro propio diccionario, porque lo que es innegable es que cada uno, a partir de nuestras particulares experiencias de vida, nos acercamos a las palabras y las abrazamos de muy distinta manera. El Abecedario (Alfaguara), novela de Federico Reyes Heroles, y Diccionario del Caos (Taurus), del multi/polifacético Fernando Rivera Calderón llegaron a mis manos (deliciosos regalos) y me han obligado a volver a plantear muchos de los conceptos con los que he vivido desde que entré, hace muchos años, a este divertido planeta de los términos y sus diversos significados.
Rivera Calderón evidentemente nos obsequia un libro–carnaval, que rompe esquemas y que reconfigura por completo un mundo caótico en el que, tal vez sin darnos cuenta, nos encontramos viviendo. Sin respetar un orden aparente (no comienza con la a ni termina con la z), el músico, compositor, periodista y ahora autor de su primer libro, nos dice que la Mentira “es una verdad que expira” o que un Accidente es “un acto premeditado del destino”. A la Esposa la define como “la mejor compañía para quien gusta de sentirse solo” (¡Auch!) y al Amor como “eso que yo siento por ti y que tú sientes por él” (Doble ¡auch!). Cuando Lloramos, según Fer, estamos “usurpando las funciones del cielo”, y al sentir Empatía es porque estamos cometiendo “piratería emocional”. El Adulto es un “niño en ruinas” y lo Invisible, “todo eso que siempre ha estado ahí”. Difícil no identificarse con varias de las definiciones de este escritor aventurero y trasgresor, mucho más útiles y atinadas, digo yo, que las de María Moliner o aquellas que encontramos en nuestro viejo Larousse ilustrado.
Y hablando de ilustraciones, el diseño del libro (genial y juguetón, por cierto) corrió a cargo de Alejandro Magallanes: páginas que se desdoblan, tipografía esquizofrénica y dibujos divertidos y didácticos (¡Ay!, junté tres palabras con d de Deseo = “hacerte reo de un trofeo”). En el prefacio de Jorge F. Hernández, escritor y amigo desde cuya seriedad siempre nos toma el pelo, nos deja muy en claro que considera este libro-objeto como algo genial y como un camino indispensable para “conocer el verdadero peso y paso de las palabras”. Sí, las palabras huelen, son de distintos colores, ocupan un espacio y pesan. Algunas… pesan demasiado; pregúntenle a Muerte o a Olvido. Pero otras, cuando llegan a nuestros ojos u oídos, cantarinas y traviesas, todo lo aligeran, igual que una risa-río que “adopta la forma del vaso que la contiene y a veces es música”.
El mismo autor dice que escribió su diccionario para ser entendido por los demás o, más bien, para tratar de desentender al mundo. Y que, huyendo de la tiranía alfabética, define las palabras a partir de “cómo le fue en la feria”. Para él, el Caos es una de las maneras del orden divino, la forma como quedaron dispuestas las cosas.
Los términos que nos presenta Rivera Calderón son caóticamente armónicas y nos hacen pasar del asombro a la risa, del desencanto a la indignación y de la carcajada al dolor ante la crudeza que se esconde detrás de ciertas letras. Es un diccionario lúcido que llegará a convertirse en ese libro especial con el que deseamos pasar toda una noche, cachondeando.
El Abecedario de Reyes Heroles es una novela muy bien lograda. Letras que decidieron unirse para crear un personaje en duelo: Samuel Urquiaga aparece ante nosotros cargando un vacío que conmueve (al menos, a mí me ha conmovido). Se ha quedado viudo, y para sobrevivir a la muerte de Marisol, decide escribir su propio diccionario; es esencial para su supervivencia. Ante los recuerdos, que poco a poco se van desdibujando, y una vida cotidiana poblada de soledades, este profesor de filosofía comienza definiendo, a su manera, el Abrazo y, al mismo tiempo, recuerda los abrazos de su mujer muerta. Después va a la C de Calor de los amantes, de Caricia y de Cariño, deteniéndose en la B de Beso, “que es un universo”. A partir de sus definiciones, Samuel se da cuenta de todo lo que ha perdido aunque, al mismo tiempo, encuentra otros significados para las palabras hasta que llega un momento, a lo largo de las páginas, en que el Dolor del personaje se transforma y la Depresión comienza a disminuir.
El autor, de manera bastante eficaz, utiliza dos narradores: uno omnisciente que nos incluye a nosotros, lectores, en el juego y el segundo es el propio Samuel, quien le habla a Marisol desde su departamento lleno de recuerdos. Ahí, presidiendo la sala, está Herr Piano, el instrumento que tocaba su esposa. Y con él, Samuel mantiene largas conversaciones. Se convierte en su mejor amigo. Vale la pena destacar, también, el delicado erotismo: una manera de mirar a las mujeres que se agradece. Un ojo (¿del personaje, del autor?) que halaga.
Desnudez-Placer-Lágrima-Paciencia-Imaginación-Gozo… son términos que nos van mostrando el pasado, el presente y el pensamiento del personaje principal. Su forma de reconstruirse. Gracias a su particular Abecedario, Samuel termina por reconfigurarse y reencontrar la Vida, así, con mayúsculas.
El de Federico Reyes Heroles es un libro imprescindible para quienes, como yo, somos fanáticos del Amor (“Hacerse a la mar con disposición al naufragio”) y deseamos vivir permanentemente enamorados… al menos de las palabras, que son menos inasibles que los hombres. Para lograrlo, ¿qué mejor que inventar un nuevo vocabulario que realmente corresponda con lo que hemos experimentado y con lo que deseamos? Eso es lo que ambos autores nos proponen. Yo, por lo pronto, he comenzado a hacerles caso y he decidido, de entrada, re-definirme. Espero conseguirlo y no naufragar entre palabras.