María Dolores Bravo Arriaga[1]
—–Primera de dos partes—–

 “La palabra seducción, que tiene resonancias a un tiempo intelectuales y sensuales, da una idea muy clara del género de atracción que despierta la figura de sor Juana Inés de la Cruz.”[2]

Esta misma expresión se puede aplicar al propio Octavio Paz, a esa atracción que su libro Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe suscita. A veces se nos antoja insondable, dionisíaco, pleno de antípodas y, en otras ocasiones, se presenta totalmente armónico, ordenado y con una secuencialidad impecable. Esto no impide sin embargo que, como ocurre con todo gran libro, entre el autor y los lectores haya coincidencias, divergencias, puntos de contacto y puntos de rechazo, sintonías y antagonismos. Como sabemos, Paz fue una especie de gurú en la cultura mexicana durante más de 50 años, y esta supremacía muchas veces incitó a la oposición y a la rebeldía. Todas estas características parecen atraer al lector a un complejo mundo intelectual y discursivo que el autor define como “reino de signos”.

El libro es, pues, como lo sugiere el propio Nobel, un trasunto espléndido de historia cultural, biografía y puntos aledaños que se dan en un contexto determinado como pueden ser los estamentos sociales, las artes que se desarrollaron y algo muy importante: la vida palaciega y el protagonismo que en ella tuvo la genial monja. Esto sin dejar fuera, naturalmente, lo más deslumbrante que tan bien sabe hacer Paz: la crítica literaria.

Ante todo, estamos ante un ensayo fascinante, escrito con una prosa cautivadora sobre este contexto tan amplio entre la poetisa y su mundo; de la obra elegiremos solamente algunos aspectos, aclaramos, sin agotar ninguno de ellos.

Hemos dividido nuestro trabajo acerca de los juicios de Octavio Paz sobre la cultura que rodeó a sor Juana de la siguiente manera: en el primer apartado se resalta el sincretismo cultural de los jesuitas, el fenómeno del criollismo y el culto a la Virgen de Guadalupe. El segundo se centra en algunos análisis críticos que Paz hace sobre diversos aspectos de la literatura virreinal.

 

Sor Juana y su mundo

No le falta razón a Octavio Paz cuando señala que la cultura novohispana fue esencialmente verbal. Es por medio del púlpito, la cátedra y la tertulia, y de instituciones como la Iglesia y la Universidad como se propaga, no solamente el conocimiento, sino asimismo los grandes mensajes ideológicos y políticos que se desean grabar en la mente, tanto consciente como inconsciente, de esa amplia y variopinta sociedad. Se trata de un Estado absolutista en que Monarquía e Iglesia tienen un maridaje armónico, y de ahí que todas las instituciones correspondan a este doble principio de autoridad que recuerda al águila bicéfala de los Habsburgo cuya visión abarca Oriente y Occidente y, simbólicamente, los asuntos civiles y eclesiásticos del Estado español.

 

Los jesuitas

Al referirme al águila emblemática de los Austrias, deseo enfatizar lo que ya señalé. Considero que uno de los aciertos analíticos del autor es la preponderancia que otorga a la Compañía de Jesús como forjadora del mundo cultural y espiritual de la Nueva España del siglo XVII. Al ejercer como práctica histórica-cultural el sincretismo, es decir la fusión estrecha de elementos ideológicos, culturales y religiosos diferentes (y a veces hasta opuestos), los hijos de San Ignacio señalaron que el pasado de otras culturas no es incompatible con el cristianismo.

“El sincretismo de los jesuitas también fue un intento de universalización pero en un ámbito más vasto que en el del Mediterráneo. Los instrumentos de esta universalización fueron las antiguas creencias y prácticas de India, China y México”.[3]

Los miembros de esta Orden, al descubrir la cultura china, sintieron una gran sorpresa pues era “una sociedad que en muchos aspectos era superior a la cristiana y que, no obstante, estaba gobernada por una burocracia de intelectuales ateos y de carácter a un tiempo jerárquico y pacífico”.[4]

Considero que los primeros globalizadores de la historia moderna fueron los jesuitas, esto se ejemplifica con personajes como San Francisco Javier y Catharina de San Juan, más conocida como “la China poblana”. El primero, llamado “el Apóstol de las Indias”, español vasco de origen, emprendió la aventura extraordinaria de sembrar la semilla de la religión católica en los muy remotos orbes del continente asiático. Pero no fue el único, encontramos libros fascinantes y muy curiosos de misioneros jesuitas que llegaron hasta África y descubrieron con asombro, fruición y temor, animales hasta entonces inéditos como el hipopótamo.

También es emblemático el caso de Catharina de San Juan, una joven originaria del Mogor, en la India, que por el tan extendido mercado de esclavos de la época, es trasladada a la Nueva España. Esta joven que experimenta vicisitudes extraordinarias y novelescas (de bebé flota en un río, al igual que Moisés); se aparecen a sus padres tres magos en clara analogía con los Santos Reyes que a su vez representan a los tres continentes conocidos: Asia, África y Europa. Respecto a América la iconografía va a ser de gran utilidad para representar al nuevo continente con imágenes de indio o india semidesnudos con flechas y arcos en una obvia referencia a la barbarie contrapuesta a la civilización del continente europeo.

Una personalidad estrechamente vinculada con los jesuitas es, sin duda, Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), puntual contemporáneo de sor Juana (1651-1695). En este polígrafo, que cultivó astronomía, astrología, medicina, matemáticas, poesía, crónica, etc., se observa un profundo nexo con el pensamiento y los ideales de la Compañía de Jesús; estudió en su Colegio del Espíritu Santo de Puebla, del cual fue expulsado, situación que le pesó toda su existencia. Su vínculo espiritual con los jesuitas es profundo, como lo demuestran algunos aspectos de su obra.

Por un lado, a la llegada del virrey Conde de Paredes, Marqués de la Laguna, el sabio novohispano en vez de plegarse a la convención de comparar al nuevo gobernante con un dios, semidiós o héroe de la antigua mitología grecolatina, en un rasgo de completa originalidad compara las cualidades morales y políticas del nuevo mandatario con las de los emperadores aztecas del México prehispánico, en su obra Theatro de virtudes políticas que constituyen a un príncipe: advertidas en los monarcas antiguos del Mexicano Imperio, con cuyas efigies se hermoseó el arco que la muy noble, imperial ciudad de México erigió […] (1680).

Sigüenza, al igual que los jesuitas, logra que la historia prehispánica se proyecte en un ámbito universal como ocurría con Egipto, China e India. Pero quizá lo más importante es la valoración del mundo novohispano, que en su pasado y en el propio siglo XVII, se inserta dentro de toda la cultura ecuménica. Es pues la licitud de la Nueva España dentro de la cultura universal desafiando tiempo y espacio.

La pedagogía jesuita

Un rasgo de modernidad absoluto en su contexto es la importancia que los miembros de la Compañía otorgaron a la educación. Es admirable constatar cómo los integrantes de este instituto religioso abarcaron, por un lado, todos los estamentos sociales, desde los más elevados, hasta los más desposeídos. Por su originalidad, célebre fue su método para la enseñanza y de una modernidad significativa en su tiempo: fusionaba las humanidades y las ciencias, también la memorización pero dándole gran énfasis al razonamiento. No hay que olvidar también que fueron los primeros que incluyeron la enseñanza gratuita, pues seleccionaban a sus estudiantes por su capacidad intelectual y no por su rango social.

Los jóvenes de las clases privilegiadas estudiaron con ellos y su amplia preparación incluyó el famoso teatro jesuita de escuela, tanto en latín como en castellano. Se ofrecían representaciones dramáticas en los festivales escolares a los que asistían los familiares de los alumnos.

Por otro lado, fueron confesores de los padres de sus estudiantes, grandes maestros del púlpito en la predicación y algo que no hay que olvidar: ponían en la práctica constantemente los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, que todavía hasta la fecha siguen llevándose a cabo en la cuaresma. El propio confesor de sor Juana, el célebre jesuita Antonio Núñez de Miranda, lo fue de los Marqueses de Mancera y, probablemente, de los Condes de Baños.

Al mismo tiempo, la amplia, admirable y premeditada estrategia de la educación jesuita se extendió a los estamentos más desfavorecidos, las clases desposeídas de la ciudad y la constante atención a orfanatos y cárceles. Esto sin olvidar la amplísima labor catequística que desplegaron por todo el amplio territorio novohispano; fueron célebres las misiones jesuitas como la del padre Eusebio Kino en el noroeste del actual territorio mexicano.


[1] Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

[2] Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. México, Seix Barral, 1982, p. 12.

[3] Paz, Ibid., p. 56.

[4] Paz, Ibid., p. 58-59.