Leticia Quiroz

Influenciado por los poemas tántricos, el simbolismo francés y las religiones orientales, Octavio Paz escribe en 1966 Blanco, un poema de largo aliento que parece conseguir: ese snap-shot en un latido del tiempo, una instantánea de la rosa difícil que los poetas han perseguido a lo largo de la historia. Poema lúdico y plural, se une al conjunto de obras en torno al conocimiento de otros importantes autores latinoamericanos como: Muerte sin fin de José Gorostiza, Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta y Altazor de Huidobro, entre otros.
En 1901 Rubén Darío, poeta modernista escribe: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,/ Botón de pensamiento que busca ser la rosa;/ Se anuncia con un beso que en mis labios se posa/ El abrazo imposible de la Venus de Milo”. Pero este andar no es en vano, sus palabras allanan el camino a poetas sucesores, su soneto perfecto ha recorrido ya un sendero en el que otros encuentran veredas, quizás es por esta razón que recibe el nombre de príncipe de las letras castellanas. Así, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, José Gorostiza y Octavio Paz recorren su poesía, encuentran vetas y emprenden su propia excursión en busca de esa añorada rosa.
La reflexión avanza a ritmo de preguntas, el cuello del gran cisne blanco que interroga a Rubén Darío insiste aún en Gorostiza hasta llegar a Paz, peregrino de su propia voz y discípulo fiel de la poesía, asume esta imposibilidad. Pareciera no compadecerse ni de sí mismo ni del lenguaje, por contrario lo echar a volar, le permite discurrir naturalmente, en consonancia con el cosmos. La blancura del Cisne lo seduce y enceguece, de ese modo le es develada, aunque sea por instantes, la esencia del universo. En Paz el cisne es la realidad y su cuello en espiral vestido con plumas de versos y palabras, lo transporta al más allá.
Recorrer el camino hasta desgastarlo, transparentarlo, es la peregrinación hacia las claridades que nombra y transita Paz, se solidifica en las páginas de Blanco en instantes y aunque a veces se puede percibir fría, afilada como cristal meticuloso, sí logra en su reflejo desvelarnos una esencia, el gen cósmico de la palabra, del que brota la rotunda flor de trasparencia al agua que menciona Gorostiza: “Hablar/ Mientras los otros trabajan/ Es pulir huesos,/ Aguzar/ Silencios/ Hasta la transparencia,/ Hasta la ondulación,/ El cabrilleo,/ Hasta el agua…”.
El poema termina con el silencio después de la palabra. Las distintas voces que se entretejen hasta formar una espiral blanca. Ese símbolo mágico que la usura del tiempo desgasta del que hablaba Borges hasta que, como dice Paz, la trasparencia es todo lo que queda.
A lo largo de estas páginas que Paz entrega como ritual al cosmos y al lenguaje, el blanco se erige como puente entre signos, columnas que sostienen el cuerpo del espacio, más allá, del tiempo, del universo. Las escritura contiene la sustancia imposible del devenir, se convierte en un ritual de apareamiento, donde el pensar es el falo que insemina la palabra y ésta a su vez pare un cuerpo, el instante, el poema.