Pamela Vicenteño Bravo

En septiembre de 1974 ve la luz una breve pero significativa obra de Octavio Paz: El mono gramático, editada por Seix Barral en Barcelona. Al año siguiente, tan sólo unos meses después, sale la edición mexicana con cinco mil ejemplares a la venta. Casi veinte años más tarde de su emblemático El arco y la lira (1956) donde la creación poética es el motivo central.
En un primer plano, El mono gramático es la descripción de un paseo por una Galta en ruinas y abandonada. Un paseante, una voz —que se va construyendo como poética—, nos conduce por esa otrora ciudad: por sus sucias calles con vestusta pero arraigada vegetación, edificios derruidos, casas deshabitadas, templos quebrantados. El texto y algunas de sus fotografías reafirman la presición del narrador-escritor-creador-poeta. Vemos construcciones y personas que han sufrido el olvido del tiempo, niños mendigos, viejos banianos (que son árboles que son veleros que son tiempo), sacerdotes de frases ininteligibles. Y además monos que se dejan llevar por su naturaleza de monos, que expulgan, se cuelgan, pelean, juegan, se masturban y gritan con naturalidad. Ante esta fastuosa invención resplandecerá la belleza del no tiempo y del no espacio. De este modo, con la irrupción a Galta comienza una profunda reflexión sobre el acto creador, el cual se va ensanchando hacia una reflexión mayor, la creación del lenguaje.
La sentencia “La fijeza es siempre momentánea” abre ese camino, siempre metafórico, para pensar acerca del espacio y el tiempo. Este viaje rompe la estaticidad y se lanza a los confines del lenguaje como creación humana: “Tal vez por eso escribí ‘ir hasta el fin’: para saberlo, para saber qué hay detrás del fin. Una trampa verbal”. A pesar de que el texto se inicia con la descripción de un camino, el motivo poco a poco se va desvaneciendo, y el lugar que se vislumbra es inmaterial, es decir, el espacio en el que se encontrará la voz creadora será un no-lugar, que bien podría equipararse con la temible hoja en blanco. Por eso es necesario aniquilar las construcciones del lenguaje, casi como han sido destruidas las de Galta, y dejar sólo sus cenizas. Después vendrá una nueva génesis, donde el mono máximo Hanumán, ilustre figura en el Ramayana, dejará de ser un simple monograma perdido y se convertirá en creador: “simio imitador, artista de las repeticiones, es el animal aristotélico que copia del natural pero asimismo es la semilla semántica”. Así, Hanumán se presenta como una metáfora del lenguaje y éste una metáfora del aquél, “la realidad más allá del lenguaje no es del todo realidad, realidad que no habla ni dice no es realidad”.
La gran pregunta del libro es si el lenguaje se refiere a una realidad que existe o si la realidad existe por sí misma sin necesidad de un lenguaje que la limite, “ninguna realidad es mía, ninguna (me) nos pertenece, todos habitamos en otra parte, más allá de donde estamos, todos somos una realidad distinta a la palabra yo o a la palabra nosotros”. El lenguaje es todo lo creado y lo no creado, lo vacío y lo lleno, es en sí la abolición de las semejanzas y las diferencias. Fronteras que se disuelven con sólo verlas o nombrarlas, confines que se multiplican y tienen una significación distinta, pero al mismo tiempo la misma.
La escritura y lectura conjuntan la transmutación de las cosas y de los signos. “Al escribir, camino hacia el sentido; al leer lo que escribo, lo borro, disuelvo el camino”. La escritura será la búsqueda del sentido, como el camino a Galta es para la voz paseante un andar perpetuo por un tiempo que transcurre y no transcurre. Y en este punto el creador es el poeta, quien “no es el que nombra las cosas, sino el que disuelve sus nombres, el que descubre que las cosas no tienen nombre y que los nombres con que las llamamos no son suyos […] Gracias al poeta el mundo se queda sin nombres”, porque la poesía es la convergencia de todos los puntos, el principio y fin de las cosas, el viaje a la semilla, al origen.
Finalmente, que El mono gramático sea un poema o un ensayo, o un poema-ensayo, poco importa. Más bien las palabras-lianas que se arraigan y a la vez se disuelven sólo tendrán su función cuando un paseante-lector decida recrear su propia Galta.