Charla con Ana García Bergua/Premio Sor Juana 2013
Eve Gil
Ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013, el cual le fue entregado en emotiva ceremonia durante la Feria del Libro de Guadalajara, Ana García Bergua, una de las más queridas y reconocidas autoras mexicanas, conquista dicho galardón con su mejor novela hasta la fecha, que ya es mucho decir: La bomba de San José (Era-UNAM, México, 2012) que se caracteriza, como la totalidad de su obra, por su extraordinario sentido del humor que nos recuerda el de Jorge Ibargüengoitia (cuya influencia no niega en lo absoluto), aunque aquí lo lleva hasta el paroxismo.
Hija del muy entrañable crítico de cine Emilio García Riera (1931-2002), Ana ya había abordado previamente el ámbito cinematográfico mexicano en su novelístico, como en la inolvidable Púrpura, aunque en La bomba de San José es el eje de toda la trama, ambientada en un México que estrenaba una Zona Rosa, cuya publicidad era redactada por poetas y el cine experimental estaba en su apogeo.
“La idea de regresar a los años sesenta me venía rondando desde hacía bastante tiempo —explica Ana, nacida en la ciudad de México en 1960— como un intento de recuperar algunas cosas de mi infancia, especialmente un ambiente festivo al cual pertenecieron mis padres. Por supuesto, como en otras novelas me ganó la invención, y al rato ya tenía todos estos personajes y sus conflictos. Quería que fueran, en parte, el espíritu de su época, o que el espíritu de los sesenta entrara como un ventarrón y les cambiara la vida”.
La trama
La bomba de San José se caracteriza, entre otras cosas, por contar con varios personajes, pero los protagonistas son Hugo Valdés, escritor metido a publicista, y su dulce e ingenua esposa Maite, quienes se reparten la narración de los pormenores, y hay una tercera que es algo así como la manzana de la discordia, a la que conocemos a través de las miradas de Hugo y Maite: la enigmática actriz Selma Bordiú, mejor conocida como “La bomba de San José” —por ser originaria de Costa Rica— y quien parece tener peligrosas alianzas con mafiosos y políticos, lo cual no inhibe las ínfulas de caballero andante de Hugo que convence a Maite de resguardar a la actriz, metida en graves problema, en el hogar que comparten con su pequeño hijo y una locuaz sirvienta.
Le comento a Ana que hay varios casos de actrices famosas de esa época, hoy retiradas de la farándula y respetadas madres de familia, y si se inspiró en alguna en particular para crear a este estrambótico personaje.
“Es la suma de muchas de ellas —responde—. Y también una especie de construcción mental sobre la idea de la mujer deseada. Selma es el deseo simbólico de poseer a alguien. Es más un deseo que se escapa siempre, y Velasco —uno de los amantes de Selma, pariente incómodo del presidente de la república del momento y anhela incursionar como director de cine— se pone a «coleccionar Selmas», un poco como manifestación de esa locura y como delirio de película mexicana: una cosa entre siniestra y chabacana”.
Aunque casi todas las novelas de Ana se caracterizan por tener un protagonista varón, aunque sensible, en este caso es Maite quien se roba la escena, aunque la comparta con su infiel esposo Hugo, y se trata de una de las voces literarias más entrañables y congruentes de las que tengo noticia. Maite se mueve entre la inocencia, la picardía y la malicia, y aún en esos momentos en que parece hartarse de su papel como sumisa ama de casa y empieza a hacer una serie de locuras memorables, no deja de sonar inocente. Es algo así como el ave que cruza un pantano con la gracia necesaria para no mancharse.
El Cuévano de Ibargüengoitia
“Me lancé a escribir —dice Ana— con la pregunta de qué pasaría si un señor llegara a su casa con una actriz de las características de Selma y lo que haría una esposa así. El hecho de que lo aceptara era un comienzo difícil de creer, pero se me hizo más interesante para plantear la farsa. A través de la ingenuidad de Maite yo pretendía retratar las transformaciones en las costumbres de la época y las posibilidades que trajeron a las mujeres. Ella, por la profesión del esposo, vive atrapada entre las nuevas costumbres medio promiscuas del medio artístico y su propia educación convencional. Al final, el que resulta «burlado», atrapado en sus propias compulsiones, es Hugo. El personaje de Maite lo hice pensando en mi mamá —¡aunque no era para nada así!— y en las amas de casa de esa generación”.
Pero del mismo modo como es tangible el personaje de Maite, le digo a la autora, lo es Hugo, aunque sea la perfecta contraparte: un personaje odioso con matices de gran comicidad. Debe haber sido más difícil entrar en sus zapatos que en los de ella…
“Traté de meterme —dice Ana— en la lógica de unos modos de sentir y de vivir que, como tú señalas, no han cambiado tanto, y que en la época se cambiaron para seguir igual en muchos casos; muchos hombres aprovecharon la liberación sexual para seguir siendo como eran, otros pocos sí se cuestionaron su propio papel”.
En La bomba de San José vuelve a salir a relucir Tonalato como referencia. El mismo pueblo de origen de Artemio, el inolvidable protagonista de Púrpura que también hace sus pininos en el cine, aunque en la llamada época de oro del cine mexicano. Maite es su paisana. ¿Por qué el ficticio Tonalato se ha transformado en la “patria” de los más entrañables personajes de Ana García Bergua?
“Es mi personal homenaje al Cuévano de Ibargüengoitia —acepta Ana— y una provincia mexicana idílica y a la vez asfixiante, de la que todo mundo huye para irse a la capital”.
Para finalizar, Ana señala que cada uno de los personajes de esta novela, a cual más alucinante, fue apareciendo como en un musical.
“O al menos —dice— así lo sentí, como parte de una época. El político es una referencia a esa parte siniestra del PRI, que ahora vuelve a gobernarnos. Todos estos personajes tienen algo que nos recuerda a alguien, por lo que el lector cree que me refiero a personas concretas, aunque no lo son. Me gusta jugar con esa vaguedad: ayuda a crear el espíritu de la época”.
