Juan Antonio Rosado

En La casa de la presencia, Octavio Paz afirma que su primer ensayo es de 1941. Tal vez sea cierto desde un punto de vista estético, pero hay un ensayo publicado diez años antes, en 1931, en la revista Barandal, si bien el poeta confiesa mucho después que aún no tenía claras las ideas. Paz, en efecto, contaba con unos 17 o 18 años, pero ya se perfilaba —como ocurrió también con Alfonso Reyes— al poeta y pensador hispanoamericano y universal. El ensayo en cuestión, titulado “Ética del artista”, pone a discutir dos visiones, dos concepciones distintas del arte: aquella que al conferirle mayor importancia a los contenidos se vuelve arte “de tesis”, de posturas políticas, ideológicas, sociales, y aquel otro, llamado “arte puro”, que sólo se preocupa por el arte en tanto forma. En su artículo, el poeta, desgraciadamente, no llega a una síntesis.
Recordemos que el concepto de “arte por el arte” fue acuñado en la tercera década del siglo XIX por Victor Cousin, y desde entonces tuvo detractores. Nunca ha habido autonomía absoluta ni “pureza” en el arte. En la actualidad, la distinción que se planteaba en la época de Paz, y que, con otras herramientas, seguirá discutiéndose en 1932, en el seno de una feroz polémica, ha dejado de ser dicotómica. En otras palabras, la considero inexistente o inoperante. Es verdad que para que haya arte debe existir una primordial función estética, un trabajo de la forma, del estilo, una técnica cuyos recursos y estrategias se dominan, pero hoy sabemos que el arte no puede permanecer sólo en eso, como un inocuo adorno, callado en su serenidad o en su apacible belleza. Si revisamos la historia del arte universal
—y esto lo advierte ya Paz— hay más casos de “arte de tesis”, es decir, con elementos extraartísticos, que simples obras cuyo asunto sea la obra misma.
Volvamos al ensayo de 1931. Con el “arte puro”, dice Paz, el humano pierde relación con el mundo: “se pierde todo sentido de humanidad trascendente”, y de ahí la indiferencia de muchos artistas por lo que no sea sólo “arte”. Años después, García Lorca, en su última entrevista, ridiculizará y criticará con severidad a los “artepuristas” y a la teoría del “arte por el arte”. El incipiente escritor Octavio Paz concluye algo de actualidad: “Hemos de ser hombres completos, íntegros”. En esa integridad, a mi juicio, radica la inoperancia de la dicotomía “arte puro”/ “arte de tesis” que se proponía antes. Paz incluso colocaba a Picasso y al cubismo en el “arte puro”, pero luego, años después —y esto no lo sabía Paz en 1931— vino lo de Guernica: Picasso pintará un cuadro desgarrador que, a pesar de su cubismo, nos conecta directamente con la realidad, la violencia, lo social, lo político. El arte es mucho más que mera forma, pero sin ella no sería arte, sino panfleto. Paz desarrollará, en distintos planos, un pensamiento conciliador de contrarios y —ya alejado de lo dicotómico— propondrá una serie de pares que se complementan: continuidad/ ruptura, analogía/ ironía, recurrencia/ sorpresa. Su pensamiento dejará de ser dicotómico, como en aquel primer ensayo. Este desarrollo llegará a su cúspide con libros como El arco y la lira, Los hijos del limo o La otra voz, así como con el resto de su obra, en la que —estemos o no de acuerdo con lo que sostiene— nunca se renuncia a temas como la política, la historia o la sociedad, expresados con la sugestión verbal y el ritmo poético que la caracteriza.